«Quien controla el pasado, controla el futuro. Quien controla el presente, controla el pasado.”
George Orwell
La irrupción de la Inteligencia Artificial (IA), su inevitable implementación en las actuales tecnologías y sus “vistosos” resultados, invitan a desbordar el imaginario de un mundo perfecto para sumisos perezosos. Dichas tecnologías llevan implícitas la promesa de una vida ideal para unos ciudadanos fatigados, a cambio del todo y hasta lograr su objetivo final, convertirlos en innecesarios. Mientras se construye un cerebro artificial más inteligente que el nuestro, gracias a la ayuda de toda la información y del conocimiento que inocentemente regalamos, los ingenieros inventan artefactos capaces de hacer lo impensable. Con un cerebro y un cuerpo a medida, que no se cansa, que obedece, y producido en masa por las propias máquinas, el sueño de la hiperproductividad de la era industrial será una realidad.

Pero mientras asumimos a toda velocidad y aprendemos, como buenamente podemos, las ventajas de unas tecnologías que superan lo que nunca habíamos podido llegar a imaginar, también es importante encontrar tiempo para reflexionar sobre lo que esconden estas promesas y asumir con consciencia lo inevitable. Empecemos por reconocer nuestros límites, a tomar consciencia de que nuestro conocimiento como humanos no es escalable, y que todo lo que compartimos a través de los diferentes lenguajes creados por los humanos para comunicarnos sirve para transmitir ideas básicas y secuenciales, que pierden resolución con cada transmisión y simplifican la intuición cuando las verbalizamos. Los lenguajes distorsionan la experiencia cuando la compartimos, y que con ellos solo llegamos a transmitir apenas un 1% del pensamiento, desapareciendo todo el resto… No somos conscientes de que nuestros genios mueren con un universo privado lleno de conocimiento no transferido, y a pesar de esto progresamos de forma errática en el conocimiento. Así pues, no nos queda otra que reconocer que no somos capaces de absorber la velocidad y la complejidad que nos rodea, y que rápidamente llegamos a los límites de nuestro hardware biológico.

Estamos perdiendo el liderazgo de una visión de futuro porque apostamos por la comodidad mientras abandonamos la curiosidad. Ya hace tiempo que matamos parte de nuestra curiosidad y creatividad cuando la fábrica necesitó el especialista obediente, así es como la sociedad industrial nos encasilló como piezas de puzle para conseguir hacernos más productivos a cambio del bienestar. Y es este especialista continuamente obsoleto el que ahora pierde claramente la batalla contra la inteligencia artificial.
A diferencia de los humanos, la IA no pierde el conocimiento, este se comparte sin pérdidas de manera que crece a manera exponencial. Pero al mismo tiempo, la IA gira sobre ella misma, combina y repite, reutiliza el pasado porque es incapaz de inventar el futuro. La IA aprende del pasado para proyectar un futuro convertido en un ejercicio de puro reciclaje. Amplifica el mundo existente repitiendo patrones, anticipando conductas, reforzando hábitos, desigualdades y jerarquías prevalecientes, con lo cual recicla la información, pero también la desinformación, los sesgos históricos y sus desigualdades cada vez que clasifica, ordena y refuerza todo lo que encuentra, es decir, todo un pasado que está muy lejos de la neutralidad. Quien domina la IA es quien tiene entonces el monopolio de la imaginación, de un futuro predecible e intencionado, y si no podemos imaginar otra cosa solo nos queda consumir lo que nos proponen.

Nosotros entrenamos a la IA proporcionándole contenidos y datos que ella utiliza para devolvernos contenidos que usamos, compartimos o imitamos, generando así un círculo cerrado que se acelera moldeando la información, el conocimiento y la sensibilidad social, dejando de ser una mera herramienta para llegar a modificar nuestras acciones y nuestra forma de actuar, decidir, pensar y aprender convirtiéndose en coautora de nuestra manera de vivir. Un mundo donde lo probable reemplaza lo posible, en el que los caminos se estrechan para convertirse en únicos e inevitables.

Y entonces que es de nosotros, ¿para qué serviremos, para qué viviremos, para quién existiremos? Pues para una vida de ocio y ociosa, con todo hecho y sin saber hacer nada… Dedicada a conseguir las promesas de la industria de la felicidad, o mejor dicho, de la industria del placer, porque el placer es la satisfacción de la inmediatez, basada en recibir, y en acumular y comprar cosas tangibles e irracionales. El placer es solitario y adictivo, y puede alcanzarse con infinitas sustancias: está basado en la generación insaciable de dopamina. Nada que ver con la felicidad resultado del trabajo perseverante, intangible, fruto de conectar y dar, que la hace no adictiva e imposible de comprar: productora de serotonina.
¿Desear que las máquinas hagan nuestras tareas, no será quizás reconocer que los humanos hemos perdido la fe en nosotros mismos? Sí, pero quizás a nadie le importe, o sí.
Y si lo damos todo, ¿qué nos queda? Quedamos nosotros y nuestra consciencia, quedamos nosotros como único sentido del todo. No obstante, permanece la certidumbre de que sin nosotros ni para nosotros no hay nada, un empoderamiento que hemos perdido y que permite que “enfermos” nos gobiernen desde la mentira, aprovechándose de la ignorancia construida con años y años de desprecio a la educación.
Nos denominamos Homo sapiens -hombre inteligente- pero aún confundimos inteligencia con sabiduría, es decir, el cómo frente al cuándo y al por qué; la información con la verdad, y lo que se dice frente a lo que es, y todo manipulado por la lucha fratricida por el poder. El hombre poderoso poco tiene que ver con el sabio, poca sabiduría demostramos cuando seguimos el camino hacia el colapso medioambiental y la autodestrucción; poco inteligentes somos cuando construimos una inteligencia artificial que escapa de nuestro propio control y nos lleva a la esclavización. La humanidad es experta en inventar poderes que no puede controlar. Empezamos con la creación de dioses hasta llegar a la nueva diosa de los algoritmos llamada IA, pero sigue siendo lo mismo. La inteligencia te lleva lejos, pero la sabiduría te guía para tomar las decisiones correctas, aunque lo correcto difiere según la cultura, la ideología, las personas, el momento, el lugar, etc. Es entonces cuando nos preguntamos si realmente a más información más cerca de la verdad estamos y con ello más cerca de la posibilidad de hacer un uso más sabio del poder que nos otorgo.1 Pero la inteligencia y la sabiduría no son el puro conocimiento acumulado, que no es otra cosa que la información del presente y, sobre todo, del pasado, que permite acopiar poder.
La humanidad produce y acumula una cantidad ingente de información a una velocidad nunca vista, pero al mismo tiempo es incapaz de dar respuesta a las preguntas que cualquier sabio se hace: quiénes somos, qué es la realidad y cómo debemos vivirla… Cualquier teléfono inteligente contiene más información que la antigua Biblioteca de Alejandría, al mismo tiempo que nos permite comunicarnos con media humanidad, 2 ¿podríamos decir que nos hemos hecho más sabios e inteligentes?
Para ser sabios necesitamos perseguir la verdad. La difícil e indeterminada verdad que está permanentemente enfrentada a la mentira. La verdad, al igual que la felicidad, tiene un costo de producción y es complicada de conseguir, requiere de esfuerzo y soberanía, y muchas veces acaba siendo dolorosa e incómoda. En cambio, la mentira es fácil, simple, se produce rápidamente y a medida, lo que la hace barata y diseñable, para que sea atractiva y cómoda. Esto nos lleva a vivir en una realidad construida a base de mentiras y hecha para engañar, evidencia esta que parece que no queremos reconocer. Controlar la información es controlar la realidad, pero el poder quiere también controlar el discurso y la narrativa. Mentir u ocultar la verdad permite moldear las creencias y esto lleva más fácilmente al poder.
El poder surge de la cooperación entre personas para alimentar con su abuso a la soberbia, la codicia y la crueldad. Estas poderosas tramas de colaboración permiten construir y mantener las redes que son capaces de inventar y expandir ficciones, fantasías e ilusiones, dando validez a la afirmación de George Orwell de que la ignorancia es fuerza gracias a borrar la verdad, suprimir la libertad y alimentar la ignorancia.3 La idea ingenua de que la información conduce a la verdad, y que esta nos lleva a la sabiduría y que con ella se puede acceder al poder, se complementa con la de que la ignorancia permite tener al pueblo controlado: cuanto menos sabe menos sabio es, y hace más fuerte al poder que la controla.4

Contra la mentira y en un mundo lleno de retos existenciales, conflictos y dificultades de colaboración, tenemos que recordar que los humanos somos capaces de hacer frente a ello, y que somos capaces de amar, ser empáticos, humildes, alegres y compasivos… Que permanece en nosotros la fuerza para crear redes a pequeña y a gran escala, que nos permitan organizarnos eficazmente. Encontrar y compartir una narrativa común que exija en qué mundo queremos vivir y ejercer nuestra capacidad de transformar, cooperando y construyendo las herramientas que nos acerquen a ser dueños de nuestro conocimiento y nuestro tiempo, y permitirnos ser sabios. Para ello necesitamos educación, educación y más educación basada en la creatividad y el pensamiento crítico, para poder avanzar en una sociedad empática e implicada en los ámbitos sociales y emocionales, con respeto y colaboración, con trabajo en equipo y co-creación generosa y no exclusiva, con dignidad y autonomía suficientes para poder proporcionar una mejor calidad de vida y poder revertir la deriva individualista que solo fomenta una competencia egoísta.
La cooperación es el principio sobre el que hemos construido y desarrollado la humanidad. Volver a tocar la tierra, a formar parte de ella, de aquella dura tierra de la que marchamos para meternos en fábricas y ciudades, con la promesa de un bienestar al que nos acercamos después de muchas luchas y que parece que se nos escurre ahora de entre las manos.
Las tecnologías aceleran nuestro mundo, pero nosotros seguimos siendo los mismos, los beneficios de unos pocos se continúan consiguiendo con los sacrificios de todos y los ascensores sociales se han parado para devolvernos a las oscuras salas de máquinas. Las grandes tecnológicas han construido su gran laboratorio tecnológico a costa de convertir en conejillos de indias a millones de personas que usan en su vida cotidiana unas herramientas sin control, en desarrollo y que son poco fiables. Las IA aumentarán la desigualdad entre ricos y pobres, empeorarán la cohesión social, y transformarán el mercado laboral dejando a mucha gente fuera de él.
Las tecnologías digitales a nuestro servicio prometían empoderarnos, pero nos han atontado. Nos invaden los agentes artificiales, llamados inteligentes, capaces de crear historias por sí mismos como nunca había sucedido en la historia, y -de hecho- hacerlo mejor que nuestra mediocridad. Inteligencias que ni sus propios creadores acaban de entender cómo funcionan, pero sí saben para qué y cómo utilizarlas. Nos transmiten miedo para vendernos seguridad, nos venden facilidades para que regalemos la poca libertad que nos queda, y todo a cambio de cualquier promesa de certeza ante un entorno incierto de inseguridad y miedo, generado intencionadamente. Crear necesidades donde antes no existían, crear dependencia cuando éramos independientes y crear intereses económicos de la nada. Promesas de libertad al precio de conseguir que no sepamos hacer nada y necesitarlo todo.
Nos hallamos delante de la condena al esfuerzo y a los esforzados, y la elevación de la desidia, los espabilados y los vagos, en un mundo dividido entre la dictadura de los que exigen la libertad del egoísta y la irresponsabilidad colectiva, y los dictadores que obligan a la sumisión personal para construir una colectividad que destruye la singularidad bajo una amenaza permanente. Solo queda la imposible anarquía de la libertad personal desde la responsabilidad colectiva. Entender la fuerza de la soberanía colectiva desde la responsabilidad personal. Reconocernos en la fuerza de transformación y capacidad colectiva para cambiarlo todo. Una fuerza que haga que un banco desaparezca si sus clientes sacan el dinero, que una marca fracase si nadie compra sus productos, que las fronteras se derrumben si todos las desmontamos, que un político deje de existir si nadie lo escucha, etc. Es fácil, es rápido, es pacífico, es eficaz, y por eso es tan difícil. Es sencillamente consciencia, responsabilidad, empatía y acción, y de ahí su dificultad. No obstante, es posible y por eso es una fuerza que se esconde. Es una herramienta mucho más poderosa que cualquier IA o robot, que el poder del miedo y las promesas incumplidas de los dioses, de los de antes y de los nuevos.
Mientras el pueblo no sea capaz de reconocerse y canalizar estas fuerzas colectivas para guiar su propio presente y futuro, estamos inmersos en la carrera fratricida y sin reglas de la IA, en las guerras de la sinrazón de los drones y las carnes de cañón de los de siempre, y en la ferocidad del discurso del odio disfrazado de libertad que aparta de la agenda política muchos temas que son cruciales para la supervivencia de todos, tales como la agenda medioambiental y la justicia social. Una agenda que es vida y en la que nos va la vida. Y por eso no podemos dejar de insistir, e insistir, en nuestro camino que prioriza la vida, y a las personas y su salud, la que no está hecha de nubes digitales tóxicas que encarnan a los sueños prometidos, sino a las de los pies sintiendo la tierra que nos acoge y que sabe ensuciarse y utilizar las manos, para convertirnos en parte del ecosistema al que nunca tendríamos que haber renunciado.
Cuidar y cuidarnos parece el único camino frente al egoísmo, y para ello disponemos de potentes herramientas para medir y mostrar -con mucha exactitud- las heridas que dejamos en el planeta. Las nuevas tecnologías y la inteligencia artificial también nos permiten cuantificar, explicar y mostrar, de manera intangible, la magnitud de nuestra capacidad depredadora y sus consecuencias sobre el medio ambiente. Pero esta información se convierte en el campo de batalla de muchos intereses contrapuestos, que la mayoría de las veces poco tienen que ver con afrontar el propio problema. Al final, somos los ciudadanos los que nos mostramos más preocupados sobre las consecuencias y los daños colaterales de nuestro progreso, porque a la vez somos y seremos los más afectados. Toda esta información y conocimiento nos crea un enorme sentimiento de culpa y resentimiento hacia la falta de conciencia ambiental de nuestro desarrollo. Una inmensa rabia aparece al imaginar cómo podría haber sido este planeta con una visión de futuro respetuosa con el entorno. Solastalgia es el neologismo acuñado por el filósofo ambientalista Glenn Albrecht, que describe esta angustia e impotencia, causada por las informaciones y pruebas que corroboran el deterioro medioambiental del planeta por el impacto antropogénico sobre él.5

La imparable revolución tecnológica que supone la inteligencia artificial tendrá que venir unida a una nueva revolución energética, ya que esta primera requiere también de cantidades ingentes de energía. La demanda mundial de energía para proveer los centros de datos podría triplicarse en una década hasta alcanzar los 1.300 teravatios-hora (TW/h), el mismo consumo eléctrico de Japón, según los analistas de BofA.6 Esto significa hasta 300 millones de toneladas métricas en emisiones de CO₂ para 2035, casi el doble del nivel actual para alimentar su compleja electrónica, que en la mayoría de los casos sigue proviniendo de la quema de combustibles fósiles, lo que produce gases de efecto invernadero. Una pregunta realizada en una conversación con ChatGPT, consume 10 veces la electricidad de una búsqueda de Google, según informe de la Agencia Internacional de la Energía (AIE). Si bien los datos globales son escasos, se estima que en el caso del centro tecnológico de Irlanda, el auge de la IA podría hacer que los centros de datos representen casi el 35% del uso de energía del país para 2026.7
Unas previsiones pesimistas se contrarrestan con la suposición de una optimización del uso energético por parte de estas tecnologías en un futuro, y con la paradoja de que se anuncian que estas mismas IA serán las que encontrarán la forma de acelerar las soluciones climáticas hasta reducir cinco veces esa cantidad en la producción global de CO₂, según Bank of America, a partir de su capacidad de transformar industrias y ser las catalizadoras de la acción climática, el progreso social y el crecimiento económico, y todo a pesar de duplicar sus emisiones de carbono para 2035 con el consumo de más energía, la generación de ingentes residuos electrónicos, y el aumento del consumo de agua (utilizada para la construcción y refrigeración de los centros de datos). A nivel mundial, la infraestructura relacionada con la IA pronto podría consumir seis veces más agua que Dinamarca, un país de 6 millones de habitantes.8 Esto representa otro problema, porque en la actualidad una cuarta parte de la humanidad carece de acceso a agua potable y saneamiento.9 Pero siempre hay la posibilidad de encontrar investigaciones e informes como este titulado “Green and intelligent: the role of in the climate transition”, donde se concluye que con una aplicación eficaz en áreas de gran impacto, la IA tendría la capacidad de provocar reducciones de emisiones de CO2 capaces de compensar el aumento del consumo energético global de sus centros de datos y de la propia IA. Para fabricar un ordenador de 2 kg se requiere 800 kg de materias primas y los centros de datos producen residuos eléctricos y electrónicos, que a menudo contienen sustancias peligrosas, como mercurio y plomo. Además, los microchips que alimentan la IA necesitan elementos de tierras raras, siendo el origen de muchas de las guerras que hay en estos momentos en el planeta, aparte de que a menudo se extraen de forma destructiva para el medio ambiente, tal como se indica en el informe “A global foresight report on planetary health and human wellbeing”. Podríamos buscar infinidad de datos más que ejemplifiquen el impacto de las nuevas tecnologías sobre un planeta herido, ejemplos que pueden llegar a satisfacer a todas las opiniones, que cuestan años de investigaciones y muchas horas de lectura y estudios para ser comunicados, pero que la IA convierte en segundos de búsqueda.
Con todo ello, la humanidad continúa intentando explicar y justificar su ambición por el todo, de camino hacia la nada, con nuevas revoluciones depredadoras mientras empieza a padecer de forma palpable una crisis climática sin precedentes. Como si no fuera con ella, intenta revelar el estado actual del planeta desde una neutralidad descriptiva y despersonalizada, sin buscar culpables ni responsables, sin señalar, como si todos por igual fuéramos la causa del colapso al que nos dirigimos. La socialización de la culpabilidad o la propia negación de la evidencia, son unas grandes herramientas para mostrar como inevitable el expolio del planeta, como si este fuera el único camino hacia el deseado e imprescindible “progreso”.
Para entender cómo hemos llegado hasta aquí y encontrar caminos alentadores frente al futuro distópico anunciado, tenemos que alejarnos de la visión antropocéntrica del mundo, apartarnos de la prepotencia del hombre que subestima las fuerzas de la naturaleza, y que considera el planeta como una simple posesión. Si existen esperanzas de revertir esta situación, estas pasan por comprender y aceptar la gravedad del problema, conseguir inspirar reacciones, soluciones y solidaridades capaces de empoderarnos para señalar culpables, pedir responsabilidades y generar revoluciones efectivas que den luz a posibles cambios de rumbo. Para ello, es imprescindible encontrar líderes fuertes y valientes que hagan suyo el reto de hablar de soluciones y pasar a la acción desafiando las inercias productivistas del mundo, y sobre todo de los grandes oligopolios que lo fomentan a la vez que se enriquecen. Pero el tiempo se agota esperando, mientras se nos inculca la apocalíptica idea de que la única salida pasa por convertirnos en protagonistas de una heroica era de resiliencia ante el colapso al que nos enfrentamos. Es en estos momentos cuando aparecen los vendedores de odio que buscan señalar a los más débiles como los culpables del todo. Mientras, nosotros no conseguimos ecualizar la nostalgia de un pasado que no volverá, con la ingenuidad de sólo mirar al futuro.
Lejos estamos de exigir y exigirnos el sentido común del buen hacer, del hacerlo bien, de hacer el bien, de avanzar en el bien común.

“No son las mentiras las que matan la verdad. Son las convicciones”.
Nietzsche
Bibliografía
1. Yuval Noah Harari, Nexus: A Brief History of Information Networks from the Stone Age to AI (Londres: Penguin Random House, 2025).
2. Yuval Noah Harari, Nexus, 2025.
3. George Orwell, 1984 (Londres: Secker & Warburg, 1949; ed. consultada 2022).
4. Yuval Noah Harari, Nexus, 2025.
5. Glenn Albrecht et al., “Solastalgia: The Distress Caused by Environmental Change,” Australasian Psychiatry 15, supl. 1 (2007): S95–S98, https://doi.org/10.1080/10398560701701288.
6. Bank of America, estimaciones citadas en informes energéticos, 2024.
7. International Energy Agency, Electricity 2024: Analysis and Forecast to 2026 (París: IEA, 2024), https://www.iea.org.
8. Pengfei Li et al., “Making AI Less ‘Thirsty’: Uncovering and Addressing the Secret Water Footprint of AI Models,” manuscrito no publicado.
9. “Water,” United Nations, consultado el 28 de diciembre de 2025, https://www.un.org/en/global-issues/water.





Una reflexión interesante sobre pasado y futuro, y sobre un presente de innovaciones artificiales que, de cierta forma, significan una amenaza a la inteligencia natural del hombre, y al acervo de conocimientos y valores de la humanidad.