
El manifiesto del blog Caminar Anarquista, escrito y editado por el fotógrafo Francisco Navamuel, nos recuerda que «Caminar es gratis». Un pensamiento que enlaza con un texto de Enrique Fraguas publicado en El País:
“Andar es un acto aparentemente inútil e improductivo, en términos mercantilistas. No genera gasto ni consumo y da pie, nunca mejor dicho, al pensamiento y a cierta forma de resistencia. (…) caminar se revela como un acto de reflexión y de subversión en un mundo saturado de consumo y dióxido de carbono”.
Pensadores —Charles Baudelaire, Walter Benjamin, Robert Walser—, colectivos —del Situacionismo a Stalker— y artistas —Sophie Calle, Vito Acconci o Richard Long— han convertido convirtieron el acto de caminar en un medio para relacionarse con el territorio más allá de los criterios productivos. El origen de esta línea de pensamiento podría ubicarse en Europa, especialmente en la figura del flâneur, ese caminante urbano dedicado a callejear sin rumbo ni objetivo pero con mirada atenta a lo que se encuentra.
Pero Europa ya no es lo que era: el espacio urbano en sus ciudades se ha regularizado y acomodado tanto que el paseante ha terminado sustituido por el
“VOYEUR de escaparates. Un consumidor ávido por mezclarse entre la multitud y los maniquís”.
El mundo ya no admite el paseo improductivo; si caminamos lo hacemos dirigiéndonos siempre algún lugar donde tengas algo que hacer. Caminar a la deriva es hoy, entonces, en un acto cuestionable, en especial desde estructuras poco amantes de la espontaneidad, quizá propio de vagos.

De entre los paseantes urbanos que no caminan con un fin claro, cabría destacar una figura como la del artista (arquitecto de formación) Francis Alÿs. Negando ser descrito como flâneur, Alÿs ha hecho de la Ciudad de México su principal laboratorio; ha definido sus (anti)paseos como su método de trabajo y acercamiento al espacio a fin de exponerse y chocar con la ciudad y lo que sucede en ella.
Chocar es referido aquí de manera literal; Ciudad de México es un espacio extremadamente duro para desplazarse. De manera especial para aquel visitante que esté acostumbrado a las suaves condiciones de las ciudades europeas, siempre lisas, cómodas, sin fricciones para el consumo del turista de masas
“acostumbrado a la tranquilidad y confort de los bulevares o centros comerciales”.

En la CDMX, la enorme cantidad de obstáculos y estímulos que podemos encontrar a nuestro paso o la incomodidad de la calzada —tanto por su condición material como por la ocupación y apropiación de sus espacios— convierten sus aceras en una aventura, incluso dolorosa, para unos pies advenedizos. Se comprende entonces la fascinación que pudo sentir Francis Alÿs como (anti)paseante europeo ante la espontaneidad de la ciudad.
Podríamos definir aquí a la Ciudad de México como una urbe incomoda; las políticas urbanas han estado enfocadas durante mucho tiempo a favorecer casi en exclusiva el uso del transporte rodado privado. El peatón está tan fuera de lugar que incluso las estadísticas elaboradas por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) de los sistemas de desplazamiento utilizados en la Zona Metropolitana lo hacen desaparecer: 72.1% de los viajes se realizan en transporte público, 20.7% en automóvil particular, 6.2% en taxi, y un magro 1% en bicicleta. La suma de estas cantidades da 100%.
¿Dónde queda el peatón? No existe. ¿Por qué habría que preocuparnos de su figura?

El peatón, desconocido e invisible, debe enfrentarse solo a una ciudad llena de obstáculos: aceras en mal estado, invadidas por coches, llenas de baches y agujeros donde perder un pie; ausencia de semáforos que indiquen al peatón cuando tiene que cruzar; alcantarillas con enormes agujeros sin tapar; pesados maceteros o cabinas telefónicas que crecen por doquier cortándonos el paso, bordillos insalvables o ruinosos pasos de cebra. En una ciudad pensada para el auto, de calzadas enormes y aceras ridículas y circundada, además, por un segundo piso que aplasta edificios bajo él, se evidencia una falta total de diseño que ha apartado por completo al peatón.
Pero, aunque parezca una ciudad anti-peatones, los cuerpos resisten y en la calle se lucha intensamente: los ambulantes llenan el escaso espacio de las aceras, otros venden productos cargados con un megáfono, unas cubetas o piedras ‘reservan’ el espacio de estacionamiento, las personas hacen cola para entrar a los bancos y recibir su sueldo. Los pocos centímetros que haya pueden hacer una grandísima diferencia. Pasear por Ciudad de México se convierte en un estar presente, de hacerse fuerte por reivindicar este deambular, luchando constantemente contra lo que nos obstruye en el camino.
¡Viva la paradoja! El lugar del anti-paseo contiene un espacio urbano de enorme potencial, ahí donde reside el animal público.

Landa Hernández Martínez · arquitecto
Ciudad de México. Abril 2021




