IniciofaroEn clase de Juan Daniel Fullaondo (I) | José Ramón Hernández CorreaNa...

[:es]En clase de Juan Daniel Fullaondo (I) | José Ramón Hernández Correa[:gl]Na clase de Juan Daniel Fullaondo (I) | José Ramón Hernández Correa[:en]In Juan Daniel Fullaondo´s Class room (I) | José Ramón Hernández Correa[:]

[:es]

Juan Daniel Fullaondo Errazu nació en Bilbao el 4 de marzo de 1936 y murió en Madrid el 26 de junio de 1994, domingo, con cincuenta y ocho años de edad. Ese día yo había salido en la tele por la mañana, y cuando mi amigo Juan Carlos Castillo Ochandiano me llamó por teléfono creí que era para felicitarme por ello y bromear un poco (porque había estado todo el tiempo muy arrinconado y apenas había salido por pantalla). Recuerdo perfectamente lo que me dijo: una frase como de película, que no se dice en la vida real.

-¿Estás sentado? Siéntate.

Pero me estoy desviando. No es eso.

He empezando por escribir los datos objetivos de su nacimiento y de su muerte, pero en esta entrada no voy a dar datos objetivos. Juan Daniel Fullaondo no tiene (aún) entrada en la wikipedia, y yo sería incapaz de redactarla. Sí que me atrevo a hablar de él a través de mis recuerdos.

Dibujo de Luis García Gil

Desde que murió, hace ya dieciocho años, creo que no ha pasado ni un solo día en que no haya pensado en él, siquiera un instante. Un gesto, un recuerdo, una palabra, una broma… Tanto marcó mi vida. Y, sin embargo, llevo ya 193 entradas en este blog y hasta ahora no he sido capaz de dedicarle una. No sé expresar todo lo que siento, y supongo que me enredaré en anécdotas secundarias, pero tengo que hacerlo.

Perdonad que hable de mí más que de él.

Yo era un buen estudiante en las asignaturas teóricas de la carrera de arquitectura, que me iba sacando por curso, pero tropezaba con las gráficas. Sin ninguna formación plástica previa, el Análisis de Formas de primero se me atragantó, y necesité ir a una academia (como alumno repetidor) para poder con él. Eso me desfasó, y llevaba las gráficas (columna vertebral de la carrera y eje de lo que es ser arquitecto) a rastras.

En tercero teníamos Elementos de Composición, la asignatura que por fin preparaba para Proyectos, y un profesor infame de cuyo nombre no quiero acordarme estuvo a punto de convencerme para que dejara la carrera. Viendo mis patosidades me preguntó por mis otras asignaturas, las teóricas, y, como le dije que iban muy bien, me animó a hacer alguna ingeniería y a abandonar mi desaforado intento de ser arquitecto. Me lo dijo con tono comprensivo, casi con cariño. Creí que me lo decía por mi bien, y recuerdo perfectamente cómo se lo conté a mi padre, saltándoseme las lágrimas.

(Décadas después supe que esta charlita era una táctica suya habitual, porque algún compañero, hablando de aquel mismo profesor, me contó que le había dicho lo mismo que a mí).

Yo estaba muy acomplejado. Era muy malo. No sabía cómo afrontar los ejercicios que nos ponían y no hacía más que torpezas tristes y anodinas. Suspendí Elementos. Al año siguiente conseguí salir del trance de mala manera, con otro profesor, a trompicones, con un cinco pelado y muy cutremente. Cuando en cuarto curso tuve que buscar grupo para cursar Proyectos I, un compañero me habló del de Fullaondo.

¡Fullaondo! ¡Ni que estuviera loco! Era fama que en su grupo se hacían locuras y virguerías brillantes. Era el más divertido, pero solo apto para geniecillos explosivos y juguetones. No. Yo era un estudiante gris y concienzudo, y buscaba un profesor de esos que te miran con escalímetro el descansillo de la escalera. No podía ni soñar con la efervescencia de los fullaonditos. Pero mi amigo, que no era nada brillante, había terminado Nivel I con un aprobadillo, pero lo había pasado francamente bien y había aprendido mucho. Así que me animé.

La experiencia fue desconcertante. Como primer ejercicio de curso, Fullaondo propuso una casa para Jorge Oteiza (¡de quien yo por entonces jamás había oído hablar, y estaba en cuarto curso!) y se dedicó durante días y días (en clases de tres horas) a hablar de Oteiza y a mostrarnos su obra y su pensamiento. Fue un auténtico curso acelerado.

Fullaondo daba una enorme base teórica, histórica, historiográfica y crítica a todos los ejercicios. Era una enciclopedia viviente. Y era tartamudo. Esta es la típica chorrada que no se publica nunca en las biografías pero que todos los «enterados» saben de sobra. Yo lo menciono porque era una circunstancia más a añadir a lo «raras» que eran sus clases a la primera impresión. Era un tartamudo al que no le daba ningún apuro hablar. Hablaba y hablaba, y creaba una especie de ritmo propio. Otro dato importante es que tenía un gran sentido del humor, y combinaba sin reparo el análisis más sesudo y erudito con el más irónico y bromista (y, como suele pasar con el humor, estas observaciones divertidas eran siempre las más agudas).

Fullaondo no tenía diapositivas (que era lo que había entonces), pero tenía todos los libros del mundo, que traía a clase y mostraba con el «proyector de opacos». Esta era una máquina infernal que tenía una lente horizontal en la base, que se ponía sobre el libro, y la imagen se proyectaba en la pantalla con un juego de espejos tipo periscopio. El proyector de opacos estaba sabiamente pilotado por Juan Pablo de Bidegáin Herrera. Como la lente era pequeña, no abarcaba la mayoría de las ilustraciones de los libros, y Juan Pablo hacía unos travellings virtuosos deslizando el libro por debajo de la lente y al revés (si iba de derecha a izquierda el movimiento se veía de izquierda a derecha). El efecto es que todos «paseábamos» por las fotos, que iba comentando Fullaondo. Ordenaba ir para atrás, subir, bajar… y Juan Pablo bailaba un vals preciso con el libro, que encima solía ser de formato grande e inmanejable.

Y Fullaondo hablaba y hablaba. Suministraba todos los datos propios del erudito, pero hacía comparaciones brillantes. Relacionaba obras, conceptos, personajes… de una manera estimulante y sorprendente. Todo valía, y podía lanzar una idea de Joyce para rematarla con un concepto de Martes y Trece. (No me lo invento: Era exactamente así).

Cualquiera podía intervenir cuando quisiera, y comentar lo que le apeteciera, especialmente para llevar la contraria o lanzar cualquier boutade. Esto Fullaondo lo llevaba muy bien. No solo no despreciaba desde su altura olímpica las observaciones de alumnos muy poco formados y muy ignorantes, sino que celebraba nuestras observaciones y se entusiasmaba con apreciaciones que le parecían geniales. A menudo tomaba nota de cualquiera de esas comparaciones o juegos de ideas y los comentaba durante meses o incluso años, citándolos con la misma importancia que si fueran de arquitectos o críticos consagrados. Esto le daba al alumno una gran seguridad y un sentimiento como de importancia y valor. (A mí me hizo muchísimo bien).

De este modo, la sorpresa inicial por aquellas clases tan densas y atípicas en seguida se convertía en adicción.

Juan Daniel Fullaondo

Después de varias clases «críticas» o «teóricas» tocaba enseñar croquis. Nunca olvidaré el primero que mostré. No sé por qué, el profesor se sentaba en una silla baja y el alumno se debía sentar en un taburete alto, a su derecha y muy por encima de él. Yo desenrollé los croquis más miserables que se pueda imaginar. Después de tantos días de teoría estimulante y de apabullantes tormentas de ideas me descolgué con una casita corriente y moliente, sosa, con sus ventanas de dos hojas con persianas y vierteaguas y todo lo necesario para ser un trivial chalet en una trivial urbanización.

Tenía que ser una casa experimental para uno de los artistas más grandes del mundo, y mis compañeros presentaban casas impresionantes. ¿Dónde iba yo?

Recuerdo perfectamente que mientras le enseñaba esa birria (a él y a todos mis compañeros) me empezó a temblar la pierna derecha. No lo podía evitar. Era capaz de hablar y de explicar mi proyecto, pero no podía parar la pierna.

Cualquier otro me habría despachado en un minuto y habría certificado mi muerte. Él no. Debió de ver que, como asistía a las clases y ponía interés, e incluso intervenía a menudo, no estaba todo perdido ni mi alma completamente carbonizada, y, con un tacto exquisito, me animó a «soltarme el pelo». También me sugirió una tabla de salvación urgente: Me dijo que me fijara en alguna de las casas que habíamos visto en clase y que la copiara. (Nunca se puede copiar exactamente un edificio, y cuando uno pretende hacerlo aprende mucho sobre él y experimenta variantes interesantes).

No sé por qué, pero volví a casa con un alto optimismo y con una sensación de solvencia. Los croquis que había enseñado eran una mierda; eso era evidente. Pero en vez de la vieja conocida sensación de fracaso e impotencia de otros años y con otros profesores, me veía con fuerzas y con capacidad suficiente para hacer algo mucho mejor.

Al final, tras varias intentonas, y cobarde en definitiva para hacer otra cosa, para soltarme el pelo de verdad como él me había pedido, tomé la famosa casa de ladrillo de Mies van der Rohe.

Brick House, 1923, Mies van der Rohe

Adapté el programa a ese esquema y en la segunda sesión de croquis le enseñé mi trabajo. Era una cosa realmente fácil e inmediata, pero él la ponderó mucho, y me dijo que había mejorado notablemente.

Me sentí el rey del mambo, y esto está quedando ya demasiado largo y me da miedo ser cansino.

En seguida sigo con la historia.

José Ramón Hernández Correa · Doctor Arquitecto
Toledo · noviembre 2012

En clase de Juan Daniel Fullaondo (II) | José Ramón Hernández Correa

[:gl]

Juan Daniel Fullaondo Errazu naceu en Bilbao o 4 de marzo de 1936 e morreu en Madrid o 26 de xuño de 1994, domingo, con cincuenta e oito anos de idade. Ese día eu saíra na tele pola mañá, e cando o meu amigo Juan Carlos Castillo Ochandiano chamoume por teléfono crin que era para felicitarme por iso e chancear un pouco (porque estivera todo o tempo moi arrinconado e apenas saíra por pantalla). Recordo perfectamente o que me dixo: unha frase como de película, que non se di na vida real.

-¿Estás sentado? Senta.

Pero estoume desviando. Non é iso.

Hei empezando por escribir os datos obxectivos do seu nacemento e da súa morte, pero nesta entrada non vou dar datos obxectivos. Juan Daniel Fullaondo non ten (aínda) entrada na wikipedia, e eu sería incapaz de redactala. Si que me atrevo a falar del a través dos meus recordos.

Debuxo de Luis García Gil

Desde que morreu, fai xa dezaoito anos, creo que non pasou nin un só día en que non pense nel, sequera un instante. Un xesto, un recordo, unha palabra, unha broma… Tanto marcou a miña vida. E, con todo, levo xa 193 entradas neste blog e ata agora non fun capaz de dedicarlle unha. Non sei expresar todo o que sento, e supoño que me enredarei en anécdotas secundarias, pero teño que facelo. Perdoade que fale de min máis que del.

Perdoade que fale de min máis que del.

Eu era un bo estudante nas materias teóricas da carreira de arquitectura, que me ía sacando por curso, pero tropezaba coas gráficas. Sen ningunha formación plástica previa, a Análise de Formas de primeiro atragoóuseme, e necesitei ir a unha academia (como alumno repetidor) para poder con el. Iso desfasoume, e levaba as gráficas (columna vertebral da carreira e eixe do que é ser arquitecto) a rastro.

En terceiro tiñamos Elementos de Composición, a materia que por fin preparaba para Proxectos, e un profesor infame de cuxo nome non quero acordarme estivo a punto de convencerme para que deixase a carreira. Vendo os meus patosidades preguntoume polas miñas outras materias, as teóricas, e, como lle dixen que ían moi ben, animoume a facer algunha enxeñaría e a abandonar o meu desaforado intento de ser arquitecto. Díxomo con ton comprensivo, case con cariño. Crin que mo dicía polo meu ben, e recordo perfectamente como llo contei ao meu pai, saltándoseme as bágoas.

(Décadas despois souben que esta charlita era unha táctica súa habitual, porque algún compañeiro, falando daquel mesmo profesor, me contou que lle dixera o mesmo que a min).

Eu estaba moi cohibido. Era moi malo. Non sabía como afrontar os exercicios que nos poñían e non había máis que torpezas tristes e anódinas. Suspendín Elementos. Ao ano seguinte conseguín saír do transo de mal xeito, con outro profesor, aos tropezóns, cun cinco pelado e moi cutremente. Cando en cuarto curso tiven que buscar grupo para cursar Proxectos I, un compañeiro faloume do de Fullaondo.

¡Fullaondo! Nin que estivese tolo! Era fama que no seu grupo se facían loucuras e virguerías brillantes. Era o máis divertido, pero só apto para geniecillos explosivos e xoguetons. Non. Eu era un estudante gris e concienciudo, e buscaba un profesor deses que te miran con escalímetro o descanso da escaleira. Non podía nin soñar coa efervescencia dos fullaonditos. Pero o meu amigo, que non era nada brillante, rematara Nivel I cun aprobadillo, pero pasárao francamente ben e aprendera moito. Así que me animei.

A experiencia foi desconcertante. Como primeiro exercicio de curso, Fullaondo propuxo unha casa para Jorge Oteiza (¡de quen eu por entón xamais oíra falar, e estaba en cuarto curso!) e dedicouse durante días e días (en clases de tres horas) a falar de Oteiza e a mostrarnos a súa obra e o seu pensamento. Foi un auténtico curso acelerado.

Fullaondo daba unha enorme base teórica, histórica, historiográfica e crítica a todos os exercicios. Era unha enciclopedia vivente. E era tartamudo. Esta é a típica parvada que non se publica nunca nas biografías pero que todos os «informados» saben de sobra. Eu menciónoo porque era unha circunstancia máis a engadir ao «raras que eran as súas clases» á primeira impresión. Era un tartamudo ao que non lle daba ningún apuro falar. Falaba e falaba, e creaba unha especie de ritmo propio. Outro dato importante é que tiña un gran sentido do humor, e combinaba sen reparo a análise máis sesudo e erudito co máis irónico e bromista (e, como adoita pasar co humor, estas observacións divertidas eran sempre as máis agudas).

Fullaondo non tiña diapositivas (que era o que había entón), pero tiña todos os libros do mundo, que traía a clase e mostraba co «proxector de opacos». Esta era unha máquina infernal que tiña unha lente horizontal na base, que se poñía sobre o libro, e a imaxe se proxectaba na pantalla cun xogo de espellos tipo periscopio. O proxector de opacos estaba sabiamente pilotado por Juan Pablo de Bidegáin Herrera. Como a lente era pequena, non abranguía a maioría das ilustracións dos libros, e Juan Pablo facía uns travellings virtuosos deslizando o libro por debaixo da lente e ao revés (se ía de dereita a esquerda o movemento víase de esquerda a dereita). O efecto é que todos «paseabamos» polas fotos, que ía comentando Fullaondo. Ordenaba ir para atrás, subir, baixar… e Juan Pablo bailaba un valse preciso co libro, que enriba adoitaba ser de formato grande e inmanexable.

E Fullaondo falaba e falaba. Subministraba todos os datos propios do erudito, pero facía comparacións brillantes. Relacionaba obras, conceptos, personaxes… dun xeito estimulante e sorprendente. Todo valía, e podía lanzar unha idea de Joyce para rematala cun concepto de Martes e Trece. (Non o invento: Era exactamente así).

Calquera podía intervir cando quixese, e comentar o que lle apetecera, especialmente para levar a contra ou lanzar calquera boutade. Isto Fullaondo levábao moi ben. Non só non desprezaba dende a súa altura olímpica as observacións de alumnos moi pouco formados e moi ignorantes, senón que celebraba as nosas observacións e entusiasmábase con apreciacións que lle parecían xeniais. A miúdo tomaba nota de calquera desas comparacións ou xogos de ideas e comentábaos durante meses ou mesmo anos, citándoos coa mesma importancia que se fosen de arquitectos ou críticos consagrados. Isto dáballe ao alumno unha gran seguridade e un sentimento como de importancia e valor. (A min fíxome moito ben).

Deste modo, a sorpresa inicial por aquelas clases tan densas e atípicas axiña convertíase en adicción.

Juan Daniel Fullaondo

Despois de varias clases «críticas» ou «teóricas» tocaba ensinar esbozo. Nunca esquecerei o primeiro que mostrei. Non sei por que, o profesor sentábase nunha cadeira baixa e o alumno debíase sentar nun tallo alto, á súa dereita e moi por enriba del. Eu desenrolei os esbozos máis miserables que se poida imaxinar. Despois de tantos días de teoría estimulante e de abraiantes tormentas de ideas descolgueime cunha casiña corrente e moliente, eslamiada, coas súas ventás de dúas follas con persianas e canos e todo o necesario para ser un trivial chalé nunha trivial urbanización.

Tiña que ser unha casa experimental para un dos artistas máis grandes do mundo, e os meus compañeiros presentaban casas impresionantes. ¿Onde ía eu?

Recordo perfectamente que mentres lle ensinaba esa birria (a el e a todos os meus compañeiros) me empezou a tremer a perna dereita. Non o podía evitar. Era capaz de falar e de explicar o meu proxecto, pero non podía parar a perna.

Calquera outro me tería despachado nun minuto e tería certificado a miña morte. El non. Debeu de ver que, como asistía ás clases e poñía interese, e mesmo interviña a miúdo, non estaba todo perdido nin a miña alma completamente carbonizada, e, cun tacto exquisito, animoume a «soltarme o pelo». Tamén me suxeriu unha táboa de salvación urxente: Díxome que me fixase nalgunha das casas que viramos en clase e que a copiase. (Nunca se pode copiar exactamente un edificio, e cando un pretende facelo aprende moito sobre el e experimenta variantes interesantes).

Non sei por que, pero volvín á casa cun alto optimismo e cunha sensación de solvencia. Os esbozos que ensinara eran unha merda; iso era evidente. Pero en vez da vella coñecida sensación de fracaso e impotencia doutros anos e con outros profesores, víame con forzas e con capacidade abondo para facer algo moito mellor.

Ao final, tras varios intentos, e covarde en definitiva para facer outra cousa, para soltarme o pelo de verdade como el me pedira, tomei a famosa casa de ladrillo de Mies van der Rohe.

Brick House, 1923, Mies van der Rohe

Adaptei o programa a ese esquema e na segunda sesión de esbozo ensineille o meu traballo. Era unha cousa realmente doada e inmediata, pero el ponderouna moito, e díxome que mellorara notablemente.

Sentinme o rei do mambo, e isto está a quedar xa demasiado longo e dáme medo ser canso.

Axiña sigo coa historia.

José Ramón Hernández Correa · Doutor Arquitecto

Toledo · novembro 2012

Na clase de Juan Daniel Fullaondo (II) | José Ramón Hernández Correa

[:en]

Juan Daniel Fullaondo Errazu was born in Bilbao on 4 March 1936 and died in Madrid on 26 June 1994, Sunday, with fifty-eight years of age. This day I had gone out in the tele in the morning, and when my fellow Juan Carlos Castillo Ochandiano called me by telephone thought that was to congratulate me thus and kid a bit (because it had been all the time very arrinconado and hardly had gone out by screen). I remember perfectly what said me: a sentence as of film, that does not say  in the real life.

-Are yoy seated? Seat down..

But I am diverting me. It is not this.

I have beginning for writing the objective data of his birth and of his death, but in this entrance do not go to give objective data. Juan Daniel Fullaondo does not have (still) entrance in the wikipedia, and I would be unable to draft it. Yes that I dare to speak of him through my recollections.

Luis García Gil´s sketch

Since it died, it does already eighteen years, think that has not happened neither an alone day in that it have not thought in him, at least an instant. A gesture, a remember, a word, a prank… So much it marked my life. And, however, I carry already 193 entrances in this blog and up to now have not been able to devote him one. I do not know to express all what seat, and suppose that I will complicate me in secondary anecdotes, but have to do it. Forgive that it speak of me more than of him.

Excuse that he speaks about me more than of him.

I was a good student in the theoretical subjects of the career of architecture, which was extracting me for course, but I was stumbling over the graphs. Without any plastic previous formation, the Analysis of Forms of first me choked, and I needed to go to an academy (as relay pupil) to be able with him. It me desfasó, and it was taking the graphs (vertebral column of the career and axis of what is to be an architect) to tracks.

In third we had Elements of Composition, the subject that finally was preparing for Projects, and an infamous teacher of whose name I do not want to remember it was on the verge of becoming convinced in order that it was leaving the career. Seeing my patosidades he asked me about my other subjects, the theoretical ones, and, as I said to him that they were OK, it encouraged me to do some engineering and to leaving my behaved in an outrageous way attempt of being an architect. He said it to me with comprehensive tone, almost fondly. I believed that he was saying it to myself for my good, and I remember perfectly how I told it to my father, me skipping the tears.

( Decades later I knew that this charlita was his habitual tactics, because some companion, speaking about the same teacher, told me that he had said the same thing to him that to me).

I was very gravely embarrassed. It was very bad. It did not know how to confront the exercises that were putting us and was not doing any more than sad and bland infamies. I suspended Elements. On the following year I managed to go out of the situation nastily, with another teacher, to stumbles, with five peeled and very cutremente. When in fourth course I had to look for group to deal Projects I, a companion spoke to me about that of Fullaondo.

Fullaondo! Not that was mad! It was a reputation that in his group madnesses and brilliant decorations were doing to themselves. It was the most enterteining, but alone suitablly for geniecillos explosives and frolickers. Not. I was a gray and conscientious student, and a teacher was looking of this that look with escalímetro at the landing of the stairs. It could not dream of the effervescence of the fullaonditos. But my friend, who was not not brilliant at all, had finished Level I with an aprobadillo, but it had spent it frankly well and had learned very much. So I encouraged.

The experience was disconcerting. As the first exercise of course, Fullaondo proposed a house for Jorge Oteiza (about whom I for then had never heard speaking, and it was in fourth course!) and he devoted himself during days and days (in classes of three hours) to speaking about Oteiza and to his work and his thought showing us. It was an authentic intensive course.

Fullaondo was giving an enormous theoretical, historical base, historiográfica and critical to all the exercises. It was a living encyclopedia. And he was a stutterer. This one is the typical foolishness that is never published in the biographies but that all the «well-informed ones» know of surplus. I mention it because it was one more circumstance to adding to it «rare» that they were his classes to the first impression. He was a stutterer to the one that was not giving him any difficulty to speak. It was speaking and speaking, and was creating a species of own pace. Another important information is that a great sense of the humor made, and it was combining without objection the brainiest and erudite analysis with the most ironic and joker (and, since it is in the habit of happening with the humor, these enterteining observations were always the sharpest).

Fullaondo did not have slides (that it was what existed then), but it had all the books of the world, which it was bringing to class and was showing with the «projector of opaque». This one was an infernal machine that had a horizontal lens in the base, on which it was putting on the book, and the image was projecting on the screen with a game of mirrors type periscope. The projector of opaque was wisely piloted by Juan Pablo de Bidegáin Herrera. As the lens it was small, was not including the majority of the illustrations of the books, and Juan Paul was doing a few virtuous travellings sliding the book below the lens and upside-down (if it was going from right to left side the movement was seen from left side to right). The effect is that we all «were» «walking» along the photos, on which Fullaondo was commenting. It was ordering to go for behind, to rise, to go down … and Juan Paul was dancing a precise waltz with the book, which above was in the habit of being of big and unmanageable format.

And Fullaondo was speaking and speaking. It was giving all the own information of the scholar, but it was doing brilliant comparisons. It was relating works, concepts, prominent figures … in a stimulant and surprising way. Everything was costing, and could throw Joyce ‘s idea to finish off her with a  Martes y Trece concept. (I me do not invent it: It was exactly like that).

Anyone could intervene when it wanted, and to comment what he should desire, specially to take the opposite one or to throw any boutade. This Fullaondo was taking it very well. Not only he was not despising from his Olympian height the observations of very little formed and very ignorant pupils, but it was celebrating our observations and was getting enthusiastic with appraisals that seemed to her to be brilliant. Often it was taking note of anyone of these comparisons or games of ideas and was commenting on them for months or enclosedly years, them mentioning with the same importance that if they belonged to architects or consecrated critics. This was giving a great safety and a feeling to the pupil as of importance and value. (It did a lot of good to me).

Thus, the initial surprise for those so dense and atypical classes immediately was turning into addiction.

Juan Daniel Fullaondo

After several «critical» or «theoretical» classes it was having to teach sketch. I will never forget the first one that I showed. Do not be why, the teacher was sitting down in a low chair and the pupil had to sit down in a high stool, to his right and very over him. I desenrollé the most wretched sketches that it could imagine. After so many days of stimulant theory and of resounding storms of ideas I unhooked myself with a current little house and moliente, tasteless, with his windows of two leaves with blinds and vierteaguas and everything necessary to be a trivial chalet in a trivial urbanization.

It had to be an experimental house for one of the biggest artists of the world, and my companions were presenting impressive houses. Where was I going?

I remember perfectly that while it was teaching this rubbish to him (to it and to all my companions) me started trembling the straight leg. It could not avoid it. It was capable of speaking and of explaining my project, but it could not stop the leg.

Any other one would have completed me in a minute and would have certified my death. He not. It must have seen that, since he was present at the classes and it was putting interest, and even it was intervening often, not even my completely carbonized soul was quite lost, and, with an exquisite tact, it encouraged me to » to give up the hair «. Also it suggested me a table of urgent salvation: he said To Me that I should concentrate on someone of the houses that we had seen in class and that it her was copying. (It is never possible to copy exactly a building, and when one tries to do it he learns very much on him and experiences interesting variants).

Do not be why, but I returned to house with a high optimism and with a sensation of solvency. The sketches that it had taught were a shit; it was evident. But instead of the known old woman sensation of failure and impotence of other years and with other teachers, I was meeting with forces and with sufficient aptitude to make something much better.

Ultimately, after several foolhardy attempts, and coward definitively to do another thing, the hair to come untied indeed since him had asked me, I took the famous house of brick of Mies van der Rohe.

Brick House, 1923, Mies van der Rohe

I adapted the program to this scheme and in the second session of sketch I taught my work to him. It was a really easy and immediate thing, but he considered it very much, and said to me that it had improved notably.

I felt the king of the mambo, and this is remaining already too long and I am afraid to be weary.

Immediately I continue with the history.

José Ramón Hernández Correa · Doctor Architect

Toledo · november 2012

In Juan Daniel Fullaondo´s Class room (II) | José Ramón Hernández Correa

[:]

José Ramón Hernández Correa
José Ramón Hernández Correahttp://arquitectamoslocos.blogspot.com.es/
Nací en 1960. Arquitecto por la ETSAM, 1985. Doctor Arquitecto por la Universidad Politécnica de Madrid, 1992. Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno. Ahora estoy algo cansado, pero sigo atento y curioso. Arquitecto, bloguero, saxofonero, escritor... pero todo mal.
ARTÍCULOS RELACIONADOS
ARTÍCULOS DEL AUTOR

1 COMENTARIO

0 0 votos
Article Rating
Suscribirse
Notificarme
guest
1 Comment
Los más recientes
Los más viejos Los más votados
Ve Redes
Ve Redes
13 years ago

«De este modo, la sorpresa inicial por aquellas clases tan densas y atípicas en seguida se convertía en adicción.» José Ramón Hernández Correa

Espónsor

Síguenos

23,683FansMe gusta
5,321SeguidoresSeguir
1,844SeguidoresSeguir
23,782SeguidoresSeguir

Promoción

También:

feedly

Columnistas destacados

Íñigo García Odiaga
87 Publicaciones0 COMENTARIOS
Antonio S. Río Vázquez
57 Publicaciones0 COMENTARIOS
José del Carmen Palacios Aguilar
54 Publicaciones0 COMENTARIOS
Aldo G. Facho Dede
50 Publicaciones0 COMENTARIOS