Arquitecturas despeinadas o cómo hacer el amor y la revolución en el diseño de la ciudad | Cristina García-Rosales

Escultura del artista turco Mehmet Ali Uysal muestra una pinza gigantesca que pellizca la hierba. Fue construido para el Festival de las Cinco Estaciones en el Parque de Chaudfontaine, localizado por las afueras de Lieja, Bélgica | Fotografía: mmarsupilami

Para Mara Chao

Hace poco se recopiló un glosario de términos relacionados con el planeamiento sostenible, dirigido por la arquitecta granadina Elisa Valero y coordinado por los jóvenes arquitectos de Estella (Navarra), Lorenzo Barnó y Agnieszka Stepien. Participé con el término “sostenibilidad afectiva”.  Ahora me he topado con otro término, que ha venido hacia mí como si yo le hubiera llamado. Está basado en la inteligente cháchara de la eterna Mafalda. Su título: “arquitectura despeinada”. Mafalda, siempre certera y desmelenada, dice lo siguiente:

VIVIR DESPEINADA 

Voy he aprendido que hay que dejar que la vida te despeine.  Por eso he decidido disfrutar con mayor intensidad.  El mundo está loco. Definitivamente loco. Lo rico, engorda. Lo lindo sale caro. El sol que ilumina tu rostro, arruga. Y lo realmente bueno de esta vida, despeina. 

Hacer el amor, despeina. Reírte a carcajadas, despeina.  Viajar, volar, correr, meterte en el mar, despeina. Quitarte la ropa, despeina. Besar a la persona que amas, despeina. Jugar, despeina. Cantar hasta que te quedes sin aire, despeina. Bailar hasta que dudes si fue buena idea ponerte tacones altos esa noche, te deja el pelo irreconocible. 

Así que, como siempre, cada vez que nos veamos yo voy a estar con el cabello despeinado. Sin embargo, no tengas duda de que estaré pasando por el momento más feliz de mi vida.  Es ley de vida: siempre va a estar más despeinada la mujer que elija ir en el primer carrito de la montaña rusa, que la que elija no subirse.  Puede ser que me sienta tentada a ser una mujer impecable, peinada y planchadita por dentro y por fuera.  El aviso clasificado de este mundo exige buena presencia: Péinate, ponte, sácate, cómprate, corre, adelgaza, come sano, camina derechita, ponte seria. Y quizá debería seguir las instrucciones pero ¿cúando me van a dar la orden de ser feliz?

Lo único que realmente importa es que al mirarme al espejo, vea a la mujer que quiero ser.

Por eso mi recomendación es: entrégate, come rico, besa, abraza, baila, enamórate, relájate, viaja, salta, acuéstate tarde, levántate temprano, corre, vuela, canta, ponte linda, ponte cómoda, admira el paisaje, disfruta, y sobre todo, ¡deja que la vida te despeine! 

Lo peor que puede pasarte es que, sonriendo frente al espejo, te tengas que volver a peinar.

La Arquitectura despeinada es aquella que se hace desde la pasión. Flexible, con ausencia de fórmulas y con las mínimas normativas. Los códigos técnicos de la edificación son un invento de los fríos y rígidos pueblos del Norte que -en vez de hacer las construcciones más sostenibles o humanas- las encarecen. Son trampas para los incautos. Todos nosotros, por cierto.

La arquitectura despeinada es lúdica, divertida y bella. Uno se divierte diseñando y construyendo. Porque está plagada de caminos, texturas, colores, sabores y olores y usa en general materiales y sistemas raros, algunos desechables. Otros inauditos. También reciclables. O provenientes de la tierra que los amasa y los ofrece gratuitamente.

La arquitectura despeinada no necesariamente está hecha por arquitectos. Para su fabricación cabe toda la ciudadanía interesada: bomberos, equilibristas, domadores de leones (son muy requeridos), artistas en general, cantantes, poetas, cizallistas (que cizallan), telefonistas de a pie, buceadores, salteadores de caminos que reparten entre los más necesitados y un larguísimo etcétera, incluyendo- claro- a los niños y los abuelos.

La arquitectura despeinada es comprometida. Con el medio, con las personas, con la vida. Es despeinada, como decimos, y mafaldiana.

La arquitectura despeinada es libre e igualitaria. Para todos y por todos pensada. Porque la generan pensamientos e ideas, conceptos difíciles de explicar, pero existentes, lo juro. No es especulativa. No es anodina. No es mercantilista.

No es seria ni gris tampoco, ni glamurosa ni hiperlujosa. Es sencilla, bella, armoniosa y dúctil.

La arquitectura despeinada no sale en las revistas carísimas ni en los dominicales lujosos, no necesita presentaciones aerodinámicas ni gana Premios Pritzer. Y si los ganara, no iría a recogerlos. Tampoco necesariamente se visa, aunque se sometería a hacerlo para dar ejemplo a la profesión.

La arquitectura despeinada es transformable, se puede colocar encima de un árbol, pero también queda bien en las terrazas de la Gran Vía tanto superiores como inferiores.

La arquitectura despeinada la hacen los jóvenes de espíritu, los que pululan por la red, los que tienen un compromiso social con los otros, los internautas, los artistas urbanos, los paisajistas de la noche. Todos aquellos, en definitiva, que creen  y aman la ARQUITECTURA CON MAYÚSCULAS al servicio de la sociedad.

Cristina García-Rosales. arquitecta
madrid. marzo 2012

Cristina García-Rosales

Soy arquitecta (1980). Mis proyectos son muy diversos. En 1995 fundo el grupo La Mujer Construye, en el que ocupo la Presidencia. 

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