[:es]
Dos cosas me quedaron grabadas de una lectura adolescente de El Diablo, obra de Giovanni Papini (1881-1956) que le produjo a su autor algunas dificultades con el mundo eclesiástico. La primera, que el mayor éxito del espíritu malo es hacernos creer que no existe; la segunda la portada de esa edición, la cara del Diablo pintada por Miguel Ángel en su Juicio Final, asomando entre llamas y negruras en la esquina inferior derecha de esa Obra Maestra.
Hoy me afilio más bien a la idea formulada por Carl Gustav Jung de que todos tenemos un lado luminoso y uno oscuro. El diablo está allí, en nosotros mismos, podríamos decir en tono simple, no afuera. Ya no lo buscamos en las brumas infernales.
Un diablillo que hace de las suyas en todo ser humano es el de la Vanidad. Que parece muy característico, por cierto, del mundo de los arquitectos. Pocas cosas pueden estimular más la vanidad que ver hacer realidad un edificio que ha nacido de unos esquemas hechos en la intimidad entre el papel (o la computadora) y el autor. Ver que se le destina mucho dinero, que se suman a su realización diversas disciplinas y técnicas y que, finalmente, se entregan a la tarea de construirla decenas, centenas y hasta millares de hombres.
El Poder político participa de esa vanidad. Cuando es autoritario siente debilidad especial por las grandes construcciones, a menos que la vanidad, como en el caso venezolano, consista en repartir dólares rentistas que no provienen de una economía productiva. Los dictadores quieren dejar huella de su paso a través de la arquitectura, pero es también cierto que todo régimen, democrático o no, pone en práctica el principio que ya una vez mencioné en esta página, de que todo programa político se manifiesta en el dominio construido.
Desde el punto de vista del Poder, pues, unos Juegos Olímpicos traen como consecuencia natural hacer edificios que quieren ser vitrina de unos recursos económicos, humanos y tecnológicos. El régimen chino no podía ser ajeno a ese impulso.
Pero no buscó el Estado chino a las personas, los talentos, formados por su Revolución. No los buscó en su propio pueblo que debía estar, luego de sesenta años de exaltación de los valores locales, ampliamente capacitado para hacer la tarea, Lo buscó en la espesura capitalista. Y así borró para siempre de su historia el lenguaje maniqueo “revolucionario” que una vez fue estandarte de su política y que hoy se usa con desparpajo entre nosotros. Nombres provenientes de la madre del “imperio” (Foster, inglés) o de la cuna del capital planetario (Herzog & De Meuron, suizos), de la nación que una vez fue refinado ejemplo del más rancio colonialismo (Koolhaas, holandés), o del enclave británico en Oceanía (PTW Architects, Australia) que, sin duda hicieron muy bien su trabajo en asociación con el sistema de Institutos de Arquitectura que funciona en China. No hay ningún nombre estadounidense, había que salvar determinadas apariencias.
O sea que la vanidad del Estado revolucionario termina dándole un aval irrefutable al Star System, al tráfico del éxito planetario. Y reconoce el fracaso del Estado totalitario que, además, recurrió para estas obras al enorme capital privado chino.
¿Y la vanidad de los arquitectos?
Cualquiera de los nombrados hubiera ganado en prestigio si declina los encargos a partir de la crítica a una situación política que sólo parece sostenerse en el contexto de una nación que por siglos ha sido víctima del vasallaje. Como lo ilustra Kafka en la historia del emperador cuyo mensajero cruza muros y recintos que llevan hacia otros muros y recintos hasta encontrar su muerte o el olvido. Pero esos arquitectos buscan el éxito y no el prestigio. Su interés no está en cultivar una visión integral del mundo y sus contradicciones, o del simple ser humano. Lo contrario, hablan del futuro de las ciudades a partir de Singapur, de Honk Kong o Shanghai, donde tienen contratos. Echamos de menos en ellos el deseo de entender con profundidad la realidad tal como lo intentaron los arquitectos que fundaron la modernidad. Porque si exceptuamos a Koolhaas, que ha hablado mucho, su discurso es filosofía de segunda con ropaje técnico, o postmoderno según convenga. En resumen, en todos ellos la vanidad hace de las suyas, y no aguantan, para decirlo en criollo, dos pedidas. Además, en estos tiempos se piensa que renunciar al espectáculo ofrecido en bandeja de plata es insensatez. Se niega la existencia del diablo, o del diablillo privado. No existe.
Un lector me escribía diciéndome que le importaban los edificios sin preguntar demasiado sobre lo que le dio origen. Tal vez eso puede tener todo el sentido del mundo cuando vemos al edificio lejos en el tiempo o deseamos “opinar” en clave light. Porque todo edificio pertenece a una historia y nos habla de ella, allá nosotros si lo escuchamos. Y además, el arquitecto mismo, en el momento del encargo, enfrentado a un cliente, indaga sobre antecedentes, motivaciones, sobre las condiciones que determinarán su trabajo. Y decide en consecuencia. A menos que se trate de un juego de intereses en el cual el cliente no tiene cara visible sino dinero o Poder y el arquitecto sea en realidad una corporación sin rostro pero con habilidades que son su marca de fábrica. Y avidez de dinero. Eso es lo que está pasando en el mundo de la gran arquitectura globalizada: es un escenario donde la identidad es un estilo, una firma, que se ofrece al mejor postor.
Y uno se pregunta si esa es la única vía para un mundo globalizado en lo económico y fragmentado en lo cultural. Con tantas desigualdades que convierten a Beijing en una vitrina inalcanzable. Como nos ocurre a los venezolanos cuando miramos hacia nuestros “módulos” de Barrio Adentro, nuestras tristes Escuelas, derruidos hospitales, perversas cárceles y los edificios públicos que nunca se terminan o se terminan mal, como todas las instalaciones deportivas recientes. Y eso luego de diez años pletóricos de dólares y palabras.
Vistas así las cosas, y no desde la posteridad neutral, uno echa de menos algún NO con consecuencias, alguna capacidad para derrotar la vanidad en nombre de los viejos y desgastados principios.
Óscar Tenreiro Degwitz, Arquitecto.
Venezuela, agosto 2008,
Entre lo Cierto y lo Verdadero
[:gl]
Dúas cousas quedáronme gravadas dunha lectura adolescente do Diaño, obra de Giovanni Papini (1881-1956) que lle produciu ao seu autor algunhas dificultades co mundo eclesiástico. A primeira, que o maior éxito do espírito malo é facernos crer que non existe; a segunda a portada desa edición, a cara do Diaño pintada por Miguel Anxo no seu Xuízo Final, asomando entre chamas e negruras na esquina inferior dereita desa Obra Mestra.
Hoxe afíliome máis ben á idea formulada por Carl Gustav Jung de que todos temos un lado luminoso e un escuro. O diaño está alí, en nós mesmos, poderiamos dicir en ton simple, non fóra. Xa non o buscamos nas brumas infernais.
Un diablillo que fai das súas en todo ser humano é o da Vaidade. Que parece moi característico, por certo, do mundo dos arquitectos. Poucas cousas poden estimular máis a vaidade que ver facer realidade un edificio que naceu duns esquemas feitos na intimidade entre o papel (ou a computadora) e o autor. Ver que se lle destina moito diñeiro, que se suman á súa realización diversas disciplinas e técnicas e que, finalmente, entréganse á tarefa de construíla decenas, centenas e ata milleiros de homes.
O Poder político participa desa vaidade. Cando é autoritario sente debilidade especial polas grandes construcións, a menos que a vaidade, como no caso venezolano, consista en repartir dólares rentistas que non proveñen dunha economía produtiva. Os ditadores queren deixar pegada do seu paso a través da arquitectura, pero é tamén certo que todo réxime, democrático ou non, pon en práctica o principio que xa unha vez mencionei nesta páxina, de que todo programa político maniféstase no dominio construído.
Desde o punto de vista do Poder, pois, uns Xogos Olímpicos traen como consecuencia natural facer edificios que queren ser vitrina duns recursos económicos, humanos e tecnolóxicos. O réxime chinés non podía ser alleo a ese impulso.
Pero non buscou o Estado chinés ás persoas, os talentos, formados pola súa Revolución. Non os buscou no seu propio pobo que debía estar, logo de sesenta anos de exaltación dos valores locais, amplamente capacitado para facer a tarefa, Buscouno na espesura capitalista. E así borrou para sempre da súa historia a linguaxe maniqueo “revolucionario” que unha vez foi estandarte da súa política e que hoxe se usa con desenvoltura entre nós. Nomes provenientes da nai do “imperio” (Foster, inglés) ou do berce do capital planetario (Herzog & De Meuron, suízos), da nación que unha vez foi refinado exemplo do máis rancio colonialismo (Koolhaas, holandés), ou do enclave británico en Oceanía (PTW Architects, Australia) que, sen dúbida fixeron moi ben o seu traballo en asociación co sistema de Institutos de Arquitectura que funciona en China. Non hai ningún nome estadounidense, había que salvar determinadas aparencias.
Ou sexa que a vaidade do Estado revolucionario termina dándolle un aval irrefutable ao Star System, ao tráfico do éxito planetario. E recoñece o fracaso do Estado totalitario que, ademais, recorreu para estas obras ao enorme capital privado chinés.
E a vaidade dos arquitectos?
Calquera dos nomeados gañase en prestixio se declina os encargos a partir da crítica a unha situación política que só parece sosterse no contexto dunha nación que por séculos foi vítima da vasalaxe. Como o ilustra Kafka na historia do emperador cuxo mensaxeiro cruza muros e recintos que levan cara a outros muros e recintos ata atopar a súa morte ou o esquecemento. Pero eses arquitectos buscan o éxito e non o prestixio. O seu interese non está en cultivar unha visión integral do mundo e as súas contradicións, ou do simple ser humano. O contrario, falan do futuro das cidades a partir de Singapura, de Honk Kong ou Xangai, onde teñen contratos. Botamos de menos neles o desexo de entender con profundidade a realidade tal como tentárono os arquitectos que fundaron a modernidade. Porque se exceptuamos a Koolhaas, que falou moito, o seu discurso é filosofía de segunda con roupaxe técnica, ou postmoderno segundo conveña. En resumo, en todos eles a vaidade fai das súas, e non aguantan, para dicilo en criollo, dúas pedidas. Ademais, nestes tempos pénsase que renunciar ao espectáculo ofrecido en bandexa de prata é insensatez. Négase a existencia do diaño, ou do diablillo privado. Non existe.
Un lector escribíame dicíndome que lle importaban os edificios sen preguntar demasiado sobre o que lle deu orixe. Talvez iso pode ter todo o sentido do mundo cando vemos ao edificio lonxe no tempo ou desexamos “opinar” en clave lixeiro. Porque todo edificio pertence a unha historia e fálanos dela, alá nós se o escoitamos. E ademais, o arquitecto mesmo, no momento do encargo, enfrontado a un cliente, indaga sobre antecedentes, motivacións, sobre as condicións que determinarán o seu traballo. E decide en consecuencia. A menos que se trate dun xogo de intereses no cal o cliente non ten cara visible senón diñeiro ou Poder e o arquitecto sexa en realidade unha corporación sen rostro pero con habilidades que son a súa marca de fábrica. E avidez de diñeiro. Iso é o que está a pasar no mundo da gran arquitectura globalizada: é un escenario onde a identidade é un estilo, unha firma, que se ofrece ao mellor ofertante.
E un pregúntase se esa é a única vía para un mundo globalizado no económico e fragmentado no cultural. Con tantas desigualdades que converten a Beijing nunha vitrina inalcanzable. Como nos ocorre aos venezolanos cando miramos cara aos nosos “módulos” de Barrio Dentro, as nosas tristes Escolas, derruidos hospitais, perversos cárceres e os edificios públicos que nunca se terminan ou se terminan mal, como todas as instalacións deportivas recentes. E iso logo de dez anos pletóricos de dólares e palabras.
Vistas así as cousas, e non desde a posteridade neutral, un bota de menos algún NON con consecuencias, algunha capacidade para derrotar a vaidade en nome dos vellos e desgastados principios.
Óscar Tenreiro Degwitz, Arquitecto.
Venezuela, agosto 2008,
Entre o Certo e o Verdadeiro
[:en]
Two things were recorded to me from a teenage reading of El Diablo, by Giovanni Papini (1881-1956), which gave the author some difficulties with the ecclesiastical world. The first, that the greatest success of the evil spirit is to make us believe that it does not exist; the second the cover of that edition, the face of the Devil painted by Michelangelo in his Last Judgment, peeping between flames and blackness in the lower right corner of that Masterpiece.
Today I join rather the idea formulated by Carl Gustav Jung that we all have a light side and a dark side. The devil is there, in ourselves, we could say in a simple tone, not outside. We no longer look for it in the infernal mists.
An imp that makes his own in every human being is that of Vanity. Which seems very characteristic, by the way, of the world of architects. Few things can stimulate vanity more than to see a building that has been born from schemes made in the intimacy between paper (or the computer) and the author. Seeing that a lot of money is destined to him, that are added to his realization diverse disciplines and techniques and that, finally, they are delivered to the task of building it tens, hundreds and even thousands of men.
Political power participates in that vanity. When it is authoritarian, it feels special weakness for big constructions, unless vanity, as in the Venezuelan case, consists of distributing rentier dollars that do not come from a productive economy. The dictators want to leave a mark of their passage through architecture, but it is also true that every regime, democratic or not, puts into practice the principle that I already mentioned on this page, that every political program manifests itself in the domain constructed.
From the point of view of Power, then, the Olympic Games bring as a natural consequence buildings that want to be showcase of economic, human and technological resources. The Chinese regime could not be oblivious to that impulse.
But the Chinese State did not seek the people, the talents, formed by its Revolution. He did not look for them in his own town that he should be, after sixty years of exaltation of local values, amply qualified to do the task, He looked for it in the capitalist thicket. And thus he erased the “revolutionary” Manichean language that was once a standard of his politics and that today is used with self-confidence among us. Names from the mother of the “empire” (Foster, English) or from the cradle of planetary capital (Herzog & De Meuron, Swiss), from the nation that was once refined example of the most rancid colonialism (Koolhaas, Dutch), or of the British enclave in Oceania (PTW Architects, Australia) that undoubtedly did their work very well in association with the system of Institutes of Architecture that works in China. There is no American name, certain appearances had to be saved.
In other words, the vanity of the revolutionary State ends up giving an irrefutable endorsement to the Star System, to the traffic of planetary success. And he recognizes the failure of the totalitarian state that, in addition, used for these works the huge Chinese private capital.
And the vanity of the architects?
Any of those named would have gained in prestige if he declined the orders based on criticism of a political situation that only seems to be sustained in the context of a nation that for centuries has been the victim of vassalage. As Kafka illustrates in the story of the emperor whose messenger crosses walls and enclosures that lead to other walls and enclosures until he finds his death or oblivion. But those architects seek success and not prestige. His interest is not in cultivating an integral vision of the world and its contradictions, or of the simple human being. On the contrary, they talk about the future of cities from Singapore, Honk Kong or Shanghai, where they have contracts. We miss in them the desire to deeply understand reality as the architects who founded modernity tried it. Because if we except Koolhaas, who has talked a lot, his speech is second philosophy with technical, or postmodern clothing as appropriate. In short, in all of them vanity makes its own, and can not stand, to put it in Creole, two requests. In addition, in these times it is thought that giving up the show offered on a silver platter is foolish. The existence of the devil, or the private imp, is denied. Does not exist.
A reader wrote to me telling me that he cared about buildings without asking too much about what originated him. Maybe that can make all the sense of the world when we see the building far away in time or we want to «think» in light code. Because every building belongs to a story and tells us about it, there we if we listen to it. And in addition, the architect himself, at the time of the assignment, faced a client, inquires about background, motivations, about the conditions that will determine his work. And decide accordingly. Unless it is a game of interests in which the client does not have a visible face but money or power and the architect is in reality a corporation without a face but with skills that are its trademark. And greed for money. That is what is happening in the world of the great globalized architecture: it is a scenario where the identity is a style, a signature, that is offered to the highest bidder.
And one wonders if that is the only way for a globalized world in the economic and fragmented in the cultural. With so many inequalities that make Beijing an unattainable showcase. As we do to Venezuelans when we look at our “modules” of Barrio Adentro, our sad schools, crumbling hospitals, perverse prisons and public buildings that never end or end badly, like all recent sports facilities. And that after ten years full of dollars and words.
Thus seen things, and not from neutral posterity, one misses some NO with consequences, some ability to defeat vanity in the name of old and worn out principles.
Óscar Tenreiro Degwitz, Architect.
Venezuela, august 2008,
Entre lo Cierto y lo Verdadero
[:]




