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Biblioteca Nacional Vijećnica de Sarajevo | 1995
Biblioteca Nacional Vijećnica de Sarajevo, 1995 | Fuente: bosniangenocide

La destrucción de un edificio histórico, de un lugar en que se ha transmitido el saber de un ars, de una τέχνη, en que un artesano ha vivido y operado ignaro de la existencia de la historia, la industria, el scientific management, alejado de una leyes económicas que la prostitución del lenguaje insiste en llamar democráticas, un lugar en que el tiempo se ha depositado oscureciendo los días, es comparable a la destrucción de un libro.

Como dice Fernando Baéz en su excepcional Historia universal de la destrucción de libros, la destrucción de los libros –que ha periódicamente ocurrido y sigue ocurriendo, incluyendo entre los ordenantes de la destrucción a personas de la cultura como René Descartes, David Hume, Martin Heidegger, Vladimir Nabokov (quien quemó el Quijote ante más de seiscientos alumnos) –representa la aniquilación de la memoria, del patrimonio de ideas, la destrucción de lo que se considera una amenaza a un valor superior, perpetrada a través de un medio considerado sagrado.

El principal medio usado para la destrucción era el fuego, sagrado porque fuente de vida y muerte, con el que el hombre juega a ser dios, como aquel 14 de abril de 2003 en que se quemaron un millón de libros en el incendio de la Biblioteca Nacional de Bagdad, tras la toma de la ciudad por las tropas estadounidenses. Los días siguientes ardieron el Archivo Nacional, la Biblioteca de la Universidad de Bagdad y decenas de bibliotecas universitarias del país. Las obras arqueológicas fueron saqueadas y transportadas a Londres, Roma, Berlín y Nueva York, para satisfacer a los coleccionistas privados, como siempre ha ocurrido a lo largo de la historia. Hechos similares ocurrieron en 1995 en Sarajevo, cuando los Serbios quemaron la Biblioteca Nacional presente en la ciudad destruyendo dos millones de libros. Los medios de destrucción –como el fuego, el agua, los terremotos, las tormentas– eran simbolizados con la espada, considerada un atributo divino.

En el caso contemporáneo de la destrucción del patrimonio cultural representado por los edificios y los comercios históricos de Barcelona, el medio de destrucción es abstracto –tan abstracto como puede serlo el lenguaje jurídico– concretamente la ley de arrendamientos urbanos (LAU) que, promulgada en 1994, abrió el camino al elemento que rige la economía contemporánea: la especulación, en su acepción que nada tiene que ver con la reflexión filosófica. El mercado financiero permea la metrópoli, la envuelve, la destruye. Como en un cuadro de Grosz, los inversores asaltan la ciudad con la voracidad que sólo el dinero y las ganas de conquista y destrucción pueden producir, fielmente asistidos por bufetes de abogados de renombre. Multinacionales –sin rostro, sin alma, abstractas y con privilegios fiscales– representan la indiferencia de los objetos transformados en mercancías, y son la transposición a nuestra época de los cínicos hombres de negocios del Berlín de los años veinte de los cuadros de Grosz.

Un medio considerado sagrado, la ley económica –economía que no tiene ninguna relación con la justa distribución de los recursos naturales y culturales –anula la memoria, el patrimonio de ideas –patrimonio cuya etimología es el ‘hacer saber’, ‘hacer recordar’– destruyendo lo que se considera una amenaza a un valor superior, la especulación de los inversores.

La memoria, el patrimonio de ideas que se quiere destruir es el saber hacer –el ars— del artesano, autónomo e independiente de la industria y los poderes, que decide y dispone de sí mismo, sustrayéndose a la sumisión que requiere el sistema de producción industrial. Libreros, sastres, luthiers, pasteleros, panaderos, tintoreros, fabricantes de juguetes creativos, carpinteros, cereros, herbolarios, cuyo saber amenaza, cuya presencia deja abierta una posibilidad otra a la producción taylorista, al scientific management que precisa, para sobrevivir, un equipo de burócratas al servicio de ideas totalitarias con la función de destruir el pasado para invalidar cualquier crítica, como George Orwell profetizó hace ochenta años en su 1984.

Una destrucción sin fuego, silente, como un ahogamiento cuyo deus ex machina es un dios invisible que hace uso de un instrumento de destrucción sagrado, la ley, como una espada moderna. El patrimonio, la acumulación de conocimientos, eventos y saberes materializados en las bodegas, tiendas, talleres y comercios históricos de la ciudad es la amenaza que tiene que desaparecer, el libro que hay que quemar, el patrimonio vivo de una cultura entera. Un dios invisible que entra en todos los lugares y los anula, llevándolos a la esterilidad y anestesia de la cadena de montaje. Un dios invisible que representa el único elemento que permea nuestra polis, el único lenguaje que se aprende desde los primeros momentos de la escuela obligatoria. Lenguaje que nada tiene que ver con la comunicación ni con la educación –el ex-dūcere liberatorio, liberador, libertario–. Sorprenderse por la destrucción de los comercios y talleres antiguos de Barcelona es hipocresía pura, hasta que no se desmonte pieza por pieza el ámbito educativo y se vuelva (vaya) hacia una verdadera capacidad de cuestionarse, antes de cuestionar. Los lugares, su creación, su destrucción, son la proyección de ideas y formae mentis que solo un largo y complejo (sin ser complicado) proceso de revolución personal puede cambiar, liberar, ex-dūcere.

El mismo operar es evidente en la manera de intervenir en el ámbito arquitectónico y urbano. Edificios históricos, cargados de memoria, eventos, manos que tocan y voces que gritan y gozan, son restaurados mediante su vaciado, la destrucción de sus vísceras para dejar la piel, máscara grotesca de lo que fueron e imagen fotográfica perfecta para la venta de un simulacro de memoria por parte de las empresas constructoras, en connivencia con los arquitectos, los políticos y los bufetes de abogados de renombre como, una vez más, en un cuadro de Grosz.

Los edificios y los comercios históricos de Barcelona que se destruyen mediante la ley son libros que arden, una amenaza que representa otra posibilidad, otra manera de vivir, otra manera de pensar.

Antigua pastelería Colmena, Barcelona
Antigua pastelería Colmena, Barcelona | Fuente: pastisserialacolmena.com

Wayward Wandering
Autor del blog Perspectivas Anómalas
Barcelona, Febrero 2016[:gl]

Biblioteca Nacional Vijećnica de Sarajevo | 1995
Biblioteca Nacional Vijećnica de Saraxevo, 1995 | Fonte: bosniangenocide

A destrución dun edificio histórico, dun lugar en que se transmitiu o saber dun ars, dunha τέχνη, en que un artesán viviu e operou ignaro da existencia da historia, a industria, o scientific management, afastado dunha leis económicas que a prostitución da linguaxe insiste en chamar democráticas, un lugar en que o tempo se ha depositado escurecendo os días, é comparable á destrución dun libro.

Como di Fernando Baéz na súa excepcional Historia universal de la destrucción de libros, a destrución dos libros –que ha periodicamente ocorrido e segue ocorrendo, incluíndo entre os ordenantes da destrución a persoas da cultura como René Descartes, David Hume, Martin Heidegger, Vladimir Nabokov (quen queimou o Quixote ante máis de seiscentos alumnos) –representa a aniquilación da memoria, do patrimonio de ideas, a destrución do que se considera unha ameaza a un valor superior, perpetrada a través dun medio considerado sagrado.

O principal medio usado para a destrución era o lume, sacro porque fonte de vida e morte, co que o home xoga a ser deus, como aquel 14 de abril de 2003 en que se queimaron un millón de libros no incendio da Biblioteca Nacional de Bagdad, tras a toma da cidade polas tropas estadounidenses. Os días seguintes arderon o Arquivo Nacional, a Biblioteca da Universidade de Bagdad e decenas de bibliotecas universitarias do país. As obras arqueolóxicas foron saqueadas e transportadas a Londres, Roma, Berlín e Nova York, para satisfacer aos coleccionistas privados, como sempre ocorreu ao longo da historia. Feitos similares ocorreron en 1995 en Saraievo, cando os Serbios queimaron a Biblioteca Nacional presente na cidade destruíndo dous millóns de libros. Os medios de destrución –como o lume, a auga, os terremotos, as tormentas– eran simbolizados coa espada, considerada un atributo divino.

No caso contemporáneo da destrución do patrimonio cultural representado polos edificios e os comercios históricos de Barcelona, o medio de destrución é abstracto –tan abstracto como pode selo a linguaxe xurídica– concretamente a lei de arrendamentos urbanos (LAU) que, promulgada en 1994, abriu o camiño ao elemento que rexe a economía contemporánea: a especulación, na súa acepción que nada ten que ver coa reflexión filosófica. O mercado financeiro permea a metrópole, envólvea, destrúea. Como nun cadro de Grosz, os investidores asaltan a cidade coa voracidade que só o diñeiro e as ganas de conquista e destrución poden producir, fielmente asistidos por bufetes de avogados de renome. Multinacionais –sen rostro, sen alma, abstractas e con privilexios fiscais– representan a indiferenza dos obxectos transformados en mercadorías, e son a transposición á nosa época dos cínicos homes de negocios do Berlín dos anos vinte dos cadros de Grosz.

Un medio considerado sagrado, a lei económica –economía que non ten ningunha relación coa xusta distribución dos recursos naturais e culturais –anula a memoria, o patrimonio de ideas –patrimonio cuxa etimoloxía é o ‘facer saber’, ‘facer lembrar’– destruíndo o que se considera unha ameaza a un valor superior, a especulación dos investidores.

A memoria, o patrimonio de ideas que se quere destruír é o saber facer –o ars— do artesán, autónomo e independente da industria e os poderes, que decide e dispón de si mesmo, subtraéndose á submisión que require o sistema de produción industrial. Libreiros, xastres, luthiers, pasteleiro, panadeiros, tintoreros, fabricantes de xoguetes creativos, carpinteiros, cereros, herbolarios, cuxo saber ameaza, cuxa presenza deixa aberta unha posibilidade outra á produción taylorista, ao scientific management que precisa, para sobrevivir, un equipo de burócratas ao servizo de ideas totalitarias coa función de destruír o pasado para invalidar calquera crítica, como George Orwell profetizou fai oitenta anos no seu 1984.

Unha destrución sen lume, silente, como un ahogamiento cuxo deus ex machina é un deus invisible que fai uso dun instrumento de destrución sacro, a lei, como unha espada moderna. O patrimonio, a acumulación de coñecementos, eventos e saberes materializados nas adegas, tendas, talleres e comercios históricos da cidade é a ameaza que ten que desaparecer, o libro que hai que queimar, o patrimonio vivo dunha cultura enteira. Un deus invisible que entra en todos os lugares e anúlaos, levándoos á esterilidad e anestesia da cadea de montaxe. Un deus invisible que representa o único elemento que permea nosa polis, a única linguaxe que se aprende desde os primeiros momentos da escola obrigatoria. Linguaxe que nada ten que ver coa comunicación nin coa educación –o ex-dūcere liberatorio, liberador, libertario–. Sorprenderse pola destrución dos comercios e talleres antigos de Barcelona é hipocrisía pura, ata que non se desmonte peza por peza o ámbito educativo e vólvase (vaia) cara a unha verdadeira capacidade de cuestionarse, antes de cuestionar. Os lugares, a súa creación, a súa destrución, son a proxección de ideas e formae mentis que só un longo e complexo (sen ser complicado) proceso de revolución persoal pode cambiar, liberar, ex-dūcere.

O mesmo operar é evidente na maneira de intervir no ámbito arquitectónico e urbano. Edificios históricos, cargados de memoria, eventos, mans que tocan e voces que gritan e gozan, son restaurados mediante o seu baleirado, a destrución das súas vísceras para deixar a pel, máscara grotesca do que foron e imaxe fotográfica perfecta para a venda dun simulacro de memoria por parte das empresas construtoras, en conivencia cos arquitectos, os políticos e os bufetes de avogados de renome como, unha vez máis, nun cadro de Grosz.

Os edificios e os comercios históricos de Barcelona que se destrúen mediante a lei son libros que arden, unha ameaza que representa outra posibilidade, outra maneira de vivir, outra maneira de pensar.

Antigua pastelería Colmena, Barcelona
Antiga pastelería Colmena, Barcelona | Fonte: pastisserialacolmena.com

Wayward Wandering
Autor do blogue Perspectivas Anómalas
Barcelona, Febreiro 2016[:en]

Biblioteca Nacional Vijećnica de Sarajevo | 1995
National library Vijećnica of Sarajevo, 1995 | Source: bosniangenocide

The destruction of a historical building, of a place in which it has been transmitted to know of an ars, of one τέχνη,, in that a craftsman has lived and operated on ignorantly of the existence of the history, the industry, the scientific management, removed from one economic laws that the prostitution of the language insists on calling democratic, a place in which the time has settled getting dark the days, it is comparable to the destruction of a book.

As Fernando Baéz says in his exceptional universal History of the destruction of books, the destruction of the books – that has happened from time to time and it continues happening, including between the advisers of the destruction persons of the culture as René Descartes, David Hume, Martin Heidegger, Vladimir Nabokov (the one who burned the Cuisse before more than six hundred pupils) – represents the annihilation of the memory, of the heritage of ideas, the destruction of what is considered to be a threat to a top value, perpetrated across a considered sacred way.

The principal way used for the destruction was the fire, sacred because source of life and death, with that the man plays at being a god, as that April 14, 2003 in which a million books were burned in the fire of the National Library of Baghdad, after the capture of the city by the American troops. The following days burned the National File, the Library of the University of Baghdad and dozens of university libraries of the country. The archaeological works were plundered and transported to London, Rome, Berlin and New York, to satisfy the private collectors, since always it has happened along the history. Similar facts happened in 1995 in Sarajevo, when the Serbian ones burned the National present Library in the city destroying two millions of books. The means of destruction – as the fire, the water, the earthquakes, the storms – were symbolized by the sword, considered a divine attribute.

In the contemporary case of the destruction of the cultural heritage represented by the buildings and the historical trades of Barcelona, the way of destruction is abstract – so abstract as it it can be the juridical language – concretely the law of urban leases (LAU) that, promulgated in 1994, opened the way for the element that governs the contemporary economy: the speculation, in his meaning that nothing has to see with the philosophical reflection. The financial market permea the metropolis, wraps it, destroys it. Since in a picture of Grosz, the investors assault the city with the voracity that only the money and the desires of conquest and destruction can produce, faithfully represented by attorneys’ bureaus of renown. Multinationals – without face, without soul, abstract and with tax concessions – they represent the nonchalance of the objects transformed into goods, and are the transposition to our epoch of the cynical businessmen of the Berlin of the twenties of Grosz‘s pictures.

A considered sacred way, the economic law – economy that does not have any relation with the just distribution of the natural and cultural resources – annuls the memory, the heritage of ideas – heritage which etymology is ‘to make be able’, ‘make remember’ – destroying what is considered to be a threat to a top value, the speculation of the investors.

The memory, the heritage of ideas that wants to be destroyed is to be able to do – the ars – of the craftsman, autonomous and independently from the industry and the power, which it decides and arranges of yes same, avoiding the submission that needs the system of industrial production. Booksellers, tailors, luthiers, pastrycooks, bakers, dyers, manufacturers of creative toys, carpenters, chandlers, herbalist’s, which to know threat, which presence makes a different possibility opened for the production taylorista, the scientific management that is necessary, to survive, an equipment of bureaucrats to the service of totalitarian ideas with the function to destroy the past to invalidate any critique, as George Orwell it prophesied eighty years ago in his 1984.

A destruction without fire, silente, as a drowning which deus ex-crane is an invisible god who uses a sacred instrument of destruction, the law, as a modern sword. The heritage, the accumulation of knowledge, events and saberes materialized in the warehouses, shops, workshops and historical trades of the city it is the threat that has to disappear, the book that it is necessary to be hot, the alive heritage of a culture informs. An invisible god who enters all the places and annuls them, taking them to the sterility and anesthesia of the assembly line. An invisible god who represents the only element that permea our cops, the only language that is learned from the first moments of the obligatory school. Language that nothing has to see either with the communication or with the education – ex-dūcere liberation, liberating, libertarian-. To be surprised for the destruction of the trades and ancient workshops of Barcelona is a pure hypocrisy, until piece does not dismantle for piece the educational area and turns (go) towards a real aptitude to question, before questioning. The places, his creation, his destruction, are the projection of ideas and formae mentis that alone a length and complex (without there being complicated) process of personal revolution it can change, liberate, ex-dūcere..

The same one to operate is evident in the way of intervening in the architectural and urban area. Historical buildings loaded with memory, events, hands that touch and voices that they shout and enjoy, are restored by means of his emptying, the destruction of his entrails to leave the skin, grotesque mask of what they were and photographic perfect image for the sale of a sham of memory on the part of the construction companies, in connivance with the architects, the politicians and the attorneys’ bureaus of renown like, once again, in Grosz’s picture.

The buildings and the historical trades of Barcelona that are destroyed by means of the law are books that burn, a threat that represents another possibility, another way of living, another way of thinking.

Antigua pastelería Colmena, Barcelona
Old pastry shop Colmena, Barcelona | Source: pastisserialacolmena.com

Wayward Wandering
Author of the blog Perspectivas Anómalas
Barcelona, February 2016[:]

Wayward Wandering
Wayward Wanderinghttps://www.perspectivasanomalas.org/
Viaje en el espacio físico de la ciudad, las ideas que lo crean, la materialidad que lo compone, las excepciones y desviaciones que proponen posibilidades nuevas. Wayward Wandering es teórico de la arquitectura. Colabora con varios medios en el ámbito del pensamiento crítico y es consultor de la Universidad de Edimburgo en el área de las artes y la arquitectura.
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