
Decía Adolf Loos, que sólo hay una pequeña parte de la arquitectura que pertenezca al arte: el monumento funerario y el monumento conmemorativo. Todo lo demás, aquello que sirve para un fin, aquello que tiene una funcionalidad concreta, habitar, trabajar, ocio, debía quedar excluido del reino del arte. La visión funcionalista de Loos se encuentra aquí con un límite en la disciplina de la arquitectura. Para atender a las funciones del alma, de la memoria o de la identidad; aquellas funciones a las que se dedican los monumentos, hay que recurrir al arte.
Pero la afirmación de Loos no es excluyente, sino inclusiva, aquellos proyectos que obligan a recordar, no son sólo arte, sino arquitectura que se eleva a la condición de arte.
Escala, construcción, materialidad, alineaciones son claves arquitectónicas que Philip Johnson no olvidó al proyectar el John Fitzgerald Kennedy Memorial en Dallas. Recordar, ensalzar y homenajear era la función, arquitectónicas las herramientas.
El presidente Johnson, que sucedió a Kennedy, calificó el monumento durante la inauguración como: «Un lugar de refugio tranquilo, un lugar cerrado dedicado al pensamiento y la contemplación, separado de la ciudad que lo rodea, pero cerca del cielo y de la tierra». Y es precisamente esta definición la que mejor describe esta pieza, un monumento sencillo, un cenotafio, una tumba abierta.
Un edificio de la ciudad cuyo espacio no pertenece a ésta, ya que construye un espacio in vitro que se aleja del bullicio metropolitano. El monumento es una habitación cuadrada, sin techo, de 9 metros de alto, por 9 metros de ancho por 9 metros de largo, con dos aberturas estrechas que dan al norte y al sur. Las paredes constan de 72 columnas de hormigón blanco prefabricado, la mayoría de los cuales parecen flotar sin apoyo visible sobre la tierra. Ocho columnas se extienden hasta el suelo, actuando como apoyos, que parecen sostener el monumento. Cada columna termina en una luminaria. Por la noche, la iluminación crea la ilusión de que la estructura se apoya sobre luz.
Los visitantes entran a la habitación después de un corto paseo hasta la pequeña colina en la que se sitúa y dentro en el centro de la estancia, una piedra de granito negro les recibe. Demasiado grande para ser un cartel, demasiado pequeña para ser una tumba, demasiado baja para ser una mesa y demasiado alta para ser un banco. Simplemente es un monolito que recuerda con letras doradas a la persona de John Fitzgerald Kennedy y que invita a los visitantes a rememorar su persona y su legado.
Un nombre grabado en piedra que recuerda otro monumento americano, el que contiene 58195, recordando a los caídos en la guerra de Vietnam. La pieza fue construida por la arquitecta Maya Lin que resultó vencedora del concurso internacional. La parte más importante del monumento es un largo muro quebrado acompañado de una leve rampa que se hunde hacia el centro. Una pieza de arquitectura abstracta, cercana al land art, pero que toma el pulso individual al incluir un espacio para cada uno de los nombres. Un gesto rotundo, seco y contundente que parece abrir una herida, un duro corte en los jardines de la capital, una herida semejante a la que la guerra abrió en el país.
En un país con una historia tan corta como EEUU, el centro de la ciudad de Washington, lugar de las grandes representaciones del país, actúa como baúl, como disco duro de la memoria colectiva. Monumentos llenos de mensajes e historia, se agolpan en este espacio para intentar además de honrar la memoria de muchos, ser un motor para reforzar la identidad y el orgullo de pertenencia. Son arquitecturas que intentan construir un relato colectivo. Función, si se quiere alejadas de la vida cotidiana, pero no por ello menos importante. Sólo hay que pensar en la importancia que tiene recordar.
íñigo garcía odiaga . arquitecto
san sebastián. febrero 2013

Was saying Adolf Loos, that only there is a small part of the architecture that belongs to the art: the funeral monument and the commemorative monument. Everything else, that one that serves for an end, that one that has a concrete functionality, to live, to work, leisure, had to remain excluded from the kingdom of the art. The vision funcionalista of Loos meets here a limit in the discipline of the architecture. To attend to the functions of the soul, of the memory or of the identity; those functions to which they dedicate the monuments, it is necessary to resort to the art.
But Loos’s affirmation is not exclusive, but inclusive, those projects that they force to remember, they are not only an art, but architecture that rises up to the condition of art.
Scale, construction, materiality, alignments are architectural keys that Philip Johnson did not forget when projected the John Fitzgerald Kennedy Memorial in Dallas. To remember, ensalzar and to honour was the function, architectural the tools.
The president Johnson, who happened to Kennedy, qualified the monument during the inauguration as: «A place of calm refuge, a closed place dedicated to the thought and the contemplation, separated from the city that surrounds it, but near the sky and the land». And it is precisely this definition better the one that describes this piece, a simple monument, a cenotaph, an opened tomb.
A building of the city which space does not belong to this one, since he constructs an in vitro space that moves away from the metropolitan hustle. The monument is a square room, without ceiling, of 9 meters of high place, for 9 meters of width per 9 meters of length, with two narrow openings that give in the northern part and in the southern part. The walls consist of 72 columns of white prefabricated concrete, the majority of which seem to float without visible support on the land. Eight columns spread up to the soil, acting as supports, which seem to support the monument. Every column ends in a light. In the night, the lighting creates the illusion of which the structure rests on light.
The visitors enter to the room after a short walk up to the small hill the one that places and inside in the center of the stay, a stone of black granite receives them. Too big to be a cartel, too small to be a tomb, too low to be a table and too high to be a bank. Simply it is a monolith that he remembers with letters gilded to the person of John Fitzgerald Kennedy and that invites the visitors to recall his person and his legacy.
A name recorded in stone that remembers another American monument, which contains 58195, remembering the fallen in the war of Vietnam. The piece Lin was constructed by the Mayan arquitecta that she turned out to be a winner of the international contest. The most important part of the monument is a long broken wall accompanied of a slight ramp that sinks towards the center. A piece of abstract architecture, near to the land art, but that takes the individual pulse on having included a space for each of the names. A round, dry and forceful gesture that seems to open a wound, a hard court in the gardens of the capital, a wound similar whom the war opened in the country.
En un país con una historia tan corta como EEUU, el centro de la ciudad de Washington, lugar de las grandes representaciones del país, actúa como baúl, como disco duro de la memoria colectiva. Monumentos llenos de mensajes e historia, se agolpan en este espacio para intentar además de honrar la memoria de muchos, ser un motor para reforzar la identidad y el orgullo de pertenencia. Son arquitecturas que intentan construir un relato colectivo. Función, si se quiere alejadas de la vida cotidiana, pero no por ello menos importante. Sólo hay que pensar en la importancia que tiene recordar.
íñigo garcía odiaga . architect
san sebastián. february 2013

Dicía Adolf Loos, que só hai unha pequena parte da arquitectura que pertenza á arte: o monumento funerario e o monumento conmemorativo. Todo o demais, aquilo que serve para un fin, aquilo que ten unha funcionalidad concreta, habitar, traballar, lecer, debía quedar excluído do reino da arte. A visión funcionalista de Loos atópase aquí cun límite na disciplina da arquitectura. Para atender ás funcións do alma, da memoria ou da identidade; aquelas funcións ás que se dedican os monumentos, hai que recorrer á arte.
Pero a afirmación de Loos non é excluínte, senón inclusiva, aqueles proxectos que obrigan a recordar, non son só arte, senón arquitectura que se eleva á condición de arte.
Escala, construción, materialidad, alineaciones son claves arquitectónicas que Philip Johnson non esqueceu ao proxectar o John Fitzgerald Kennedy Memorial en Dallas. Recordar, enxalzar e homenajear era a función, arquitectónicas as ferramentas.
O presidente Johnson, que sucedeu a Kennedy, cualificou o monumento durante a inauguración como: «Un lugar de refuxio tranquilo, un lugar pechado dedicado ao pensamento e a contemplación, separado da cidade que o rodea, pero preto do ceo e da terra». E é precisamente esta definición a que mellor describe esta peza, un monumento sinxelo, un cenotafio, unha tumba aberta.
Un edificio da cidade cuxo espazo non pertence a esta, xa que constrúe un espazo in vitro que se afasta do bullicio metropolitano. O monumento é unha habitación cadrada, sen teito, de 9 metros de alto, por 9 metros de ancho por 9 metros de longo, con dous aberturas estreitas que dan ao norte e ao sur. As paredes constan de 72 columnas de hormigón branco prefabricado, a maioría dos cales parecen flotar sen apoio visible sobre a terra. Oito columnas esténdense ata o chan, actuando como apoios, que parecen soster o monumento. Cada columna termina nunha luminaria. Pola noite, a iluminación crea a ilusión de que a estrutura apóiase sobre luz.
Os visitantes entran á habitación logo dun curto paseo ata o pequeno outeiro na que se sitúa e dentro no centro da estancia, unha pedra de granito negro recíbelles. Demasiado grande para ser un cartel, demasiado pequena para ser unha tumba, demasiado baixa para ser unha mesa e demasiado alta para ser un banco. Simplemente é un monolito que recorda con letras douradas á persoa de John Fitzgerald Kennedy e que invita aos visitantes a rememorar a súa persoa e o seu legado.
Un nome gravado en pedra que recorda outro monumento americano, o que contén 58195, recordando aos caídos na guerra de Vietnam. A peza foi construída pola arquitecta Maya Lin que resultou vencedora do concurso internacional. A parte máis importante do monumento é un longo muro crebado acompañado dunha leve rampa que se afunde cara ao centro. Unha peza de arquitectura abstracta, próxima ao land art, pero que toma o pulso individual ao incluír un espazo para cada un dos nomes. Un xesto rotundo, seco e contundente que parece abrir unha ferida, un duro corte nos xardíns da capital, unha ferida semellante á que a guerra abriu no país.
Nun país cunha historia tan curta como EEUU, o centro da cidade de Washington, lugar das grandes representacións do país, actúa como baúl, como disco duro da memoria colectiva. Monumentos cheos de mensaxes e historia, apíñanse neste espazo para intentar ademais de honrar a memoria de moitos, ser un motor para reforzar a identidade e o orgullo de pertenencia. Son arquitecturas que intentan construír un relato colectivo. Función, si quérese afastadas da vida cotiá, pero non por iso menos importante. Só hai que pensar na importancia que ten recordar.
íñigo garcía odiaga . arquitecto
san sebastián. febreiro 2013




