Vaya por delante que todo edificio, de cualquier época y lugar, ha sido siempre pensado y dirigido por uno o varios “arquitectos”, entendiendo por tales a quienes han previsto, antes de construirlo, si iba a caber en el solar, cómo se iban a distribuir sus dependencias, cómo se iba a construir y cuánto podría costar; y durante su construcción han ido comprobando si se adaptaba a las previsiones o si había que cambiar algo.
Por lo tanto, el título de este artículo se contradice desde el principio: Toda arquitectura tiene arquitecto. Tradicionalmente los arquitectos eran el dueño del edificio y el maestro albañil. La arquitectura se realizaba improvisando mucho y, con tan sólo una ligera intuición, marcando la planta del edificio en el terreno. Se trazaban los muros de carga (“trazas”) y de ahí se tiraba para arriba.
No caeré yo en el vicio típico de este mundo post-post-moderno de ensalzar con nostalgia las cosas espontáneas, incultas y primitivas en detrimento de las alumbradas por la técnica, el cálculo, la ciencia y la cultura. Yo cuando tengo problemas de salud voy al médico, no al curandero.
Por eso mismo, entiendo que nuestra carrera (exigente y apasionante) habrá servido para algo, y que los arquitectos titulados lo sabremos hacer mejor que los amateurs.
Parece que esto es indiscutible en edificios con cierta complejidad técnica, pero también parece evidente que los arquitectos actuales hemos perdido la espontaneidad, la ingenuidad y la acción directa de los maestros constructores de otrora.
Nuestros métodos son muy diferentes. Las casas tradicionales de los pueblos son laberínticas. Su trazado es, en buena medida, fruto de la improvisación y de la yuxtaposición, y sus habitaciones se adaptan una a una a la topografía. Las actuales, las de “arquitecto titulado” suelen estar más previstas, mejor resueltas en muchos aspectos, pero también son siempre parecidas, y bastante más rígidas y monótonas.
En la foto que muestro se ve una deliciosa casa. Seguramente es incómoda y fría, y tal vez su distribución sea la consecuencia de haber ido añadiendo cuerpos sobre la marcha. Es posible que para pasar a una habitación haya que atravesar otra, e incluso que alguna sea ciega. Esas cosas han pasado siempre. Pero, a pesar de todo, nos gusta por ese punto romántico, evocador y un poco disparatado que exhibe, y nos hace ver magia donde sólo hay imprevisión y desorden.
Por el contrario, al fondo a la derecha se ve un edificio de pisos en construcción, con una serie de balcones todos iguales, la planta rectangular y las fachadas chapadas de granito. Ese edificio estará mucho mejor aislado, acondicionado, iluminado, etc, pero no tiene gracia, ni emoción. Ha perdido la ingenuidad de lo incalculado, la sorpresa, la aventura de habitar la cueva primigenia (si se me permite la cursilada).
Del mismo modo, la ordenación urbanística que hacemos los técnicos tiene calles amplias, bandas de aparcamiento, zonas verdes e instalaciones eficientes, pero ya no tiene esas placitas casuales que se forman por el mero ensanchamiento irregular de una calle, ni esos rincones, ni esos espacios urbanos residuales tan agradables, donde surgen la convivencia y la sorpresa.
Los arquitectos titulados tenemos una gran competencia para hacer muchas cosas, y para hacerlas con lógica, cálculo (y una normativa exhaustiva e infumable), pero sería bueno que de vez en cuando supiéramos limpiar un poco nuestras mentes y nuestras telarañas, renovar nuestra mirada y pensar de otra manera. O pensar menos.
José Ramón Hernández Correa · Doctor Arquitecto
Toledo · marzo 2013

![Vivienda en Carril, Pontevedra [Galicia] Fotografía José Ramón Hernández Correa](http://veredes.es/blog/wp-content/uploads/2013/03/Vivienda-en-Carril-Pontevedra-Galicia-Fotografía-José-Ramón-Hernández-Correa.jpg)