Un alero y un hombre | José Ramón Hernández Correa

Alero del porche de planta baja | Fotografía: José Ramón Hernández Correa

He proyectado muchas casas para clientes a quienes la arquitectura jamás les había interesado, y que no tenían ninguna formación ni ningún criterio especial acerca de ella, ni se habían planteado nunca ninguna cuestión sobre ella hasta ese momento de hacerse su propia casa; una casa que, de repente, despertaba la necesidad de “ser especial” y de “decir algo”.

En todos ellos se daban dos circunstancias que me parecen opuestas. Por más veces que haya sido testigo del fenómeno aún me llena de perplejidad.

La primera es la de diferenciarse de los demás. Era su casa, su vida, su identidad y su personalidad. La casa tenía que ser única.

La segunda es la de tener los mismos clichés que todo el mundo. Ninguno admitía nada ni remotamente novedoso ni distinto a lo que ya conocían.

La solución a esta dicotomía es imposible. Es “hacer lo que todos pero para ser diferente a todos”. Y a lo único que lleva tal planteamiento es a hacer lo que todos pero más: Más grande, más veces, más retorcido.

Es muy común (incluso entre gente muy culta) buscar la excelencia por acumulación. No les digas aquello de “menos es más”. Menos es una pena, un desastre, una vergüenza. Nadie se hace una casa para que los vecinos le compadezcan. Se la hace para que le envidien, o, por lo menos, para que le tengan en consideración.

A veces he pensado en esto con rabia y con impotencia, pero creo que es una cuestión digna de reflexión. Normalmente los arquitectos nos sentimos superiores a nuestros clientes, les hacemos su casa casi con displicencia y no intentamos penetrar en la cuestión.

Yo he intentado entenderlo, pero confieso que no lo consigo. Lo que sí tengo claro es que ni es un fenómeno despreciable ni nuestros clientes son bobos, ni nada parecido.

La exclusiva y exquisita formación plástica que se nos da a los arquitectos en la escuela no sirve ni ante estos clientes que se quieren hacer su propia casa ni ante el promotor-tipo que pretende hacer varias para vender. Es una pena que tiremos por la borda nuestra formación y hagamos casas malas. Lo estupendo sería entender a nuestro cliente (no convencerle, no “educarle”: entenderle), y ser capaz de hacer arquitectura no sólo pese a todo eso, sino con todo eso y gracias a todo eso.

A modo de ejemplo os muestro el alero de una casa que hice. Ni lo diseñé yo ni me gusta. En el alzado de proyecto (ya hecho al gusto del cliente) es completamente liso. Pero, ya en obra, el dueño diseñó con gran trabajo y aplicación ese adorno y se lo explicó a los albañiles. Y quedó tan orgulloso de él que cuando enseñó su casa terminada a sus familiares y amigos hacía más hincapié en señalarles ese alero que en todo lo demás. Había descubierto el placer inefable de diseñar y de hacer realidad el diseño.

Pero ocurrió algo inesperado: Su alero gustó tanto a todos que temió que se lo copiasen, y me preguntó si yo sabía cómo se podía patentar. Satisfecho porque por fin me necesitara para algo, pero completo ignorante del asunto, indagué y le hablé del Registro de la Propiedad Intelectual, pero le advertí que ese alero no era una obra novedosa. Me dijo que, efectivamente, no eran suyos ni el sistema constructivo ni el criterio, sino ese exacto diseño, precisamente ese.

Desde luego no es algo patentable ni registrable. Él mismo era consciente de que había hecho el típico alero de toda la vida, pero al mismo tiempo había hecho un alero nunca antes visto: El suyo.

Todavía le doy vueltas al asunto. Yo soy yo. Nunca antes ha habido nadie exactamente igual a mí. Y, sin embargo, soy muy parecido a muchísima gente. En ese abismo de la identidad, la mismidad y la similitud naufragan muchos filósofos y nos ahogamos muchos arquitectos.

José Ramón Hernández Correa · Doctor Arquitecto
Toledo · febrero 2013

José Ramón Hernández Correa

Nací en 1960. Arquitecto por la ETSAM, 1985. Doctor Arquitecto por la Universidad Politécnica, 1992. Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno. Ahora estoy algo cansado, pero sigo atento y curioso.

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