[:es]
Para las materias importantes, las enseñanzas provienen de lugares muy remotos. Considero que la arquitectura es una materia importante, y por eso es conveniente encontrar en lugares, a veces distanciados de lo que uno piensa, pequeñas perlas que nos ayudan a dar cuerpo a nuestras reflexiones.
Una de esas remotas enseñanzas interesantes proviene del pensador danés, Søren Kierkegaard, al que algunos sitúan como el padre del existencialismo europeo, esencialmente el existencialismo francés y el alemán.
Kiergegaard desarrolla un giro existencial
que exige la puesta en marcha de nuevas categorías conceptuales. Frente al pensamiento especulativo, el filósofo reivindica el pensamiento existencial en el que el pensador se involucra personalmente en la filosofía que elabora.1
Esta es para mí, la gran enseñanza de la escuela existencialista, la identificación absoluta y total en aquello con lo que uno está involucrado.
Para clarificar algo más la esencia de esta afirmación me remito a lo que escribe José Luís López Aranguren;
Kierkegaard opone al pensamiento especulativo, el pensamiento existencial. El animal tiene vida. El hombre digno de este nombre es existencia. Existencia es una peculiar actitud del hombre para consigo mismo que envuelve en sí las categorías de seriedad, elección o decisión, repetición, preocupación y sinceridad.2
Si duda en la arquitectura participamos de un cierto modo de hacer existencialista, en el sentido que nos identificamos de forma absoluta con la fuerza propositiva de un proyecto arquitectónico, hasta el punto que no pocos colegas se sumarían a la afirmación de que arquitectura y vida, tanto la idea de vida en abstracto, como en referencia a la vida personal, son la misma cosa, son uno.
Al principio hacía referencia al origen remoto de ciertas enseñanzas. Ciertamente, el existencialismo, una corriente de pensamiento no exenta de gran influencia, y todavía hoy, una escuela filosófica, lo considero remoto en muchos sentidos para la arquitectura. El existencialismo tiene la potencia de hacer aquellas preguntas graves, y en realidad claves, relacionadas con el devenir de nuestra existencia.
Eso ocurre igual en cierta arquitectura existencialista, o mejor dicho en la actitud existencialista de ciertos arquitectos. Sin embargo, y quizás por eso, tengo tendencia a relacionar una cierta angustia existencial, con el periodo más joven de la trayectoria profesional de un arquitecto.
Aquel joven lleno de entusiasmo, pero sobrecogido por la magnitud de las reflexiones propias y ajenas, intransigente con aquellos que fomentan una visión lúdica de la arquitectura, por considerarla liviana y poco profunda. Lo lúdico nunca ha sido el antónimo de aquello exento de rigor.
Aún más lejana me parece la actitud de los existencialistas, de tener que compartir angustiosamente sus pensamientos.
La figura ennegrecida por la pesadumbre de sus propias reflexiones, vendría a ser una imagen, muy poco proteica para hacer y vivir la arquitectura. No niego que la aureola de malditismo que arrastra el pensamiento existencialista es atractiva, y en algunos casos, diría que reluciente, una aureola, eso sí, de una luz negra y apesadumbrada, pero considero que la arquitectura es luz, no solamente en el sentido literal y metafórico primario de esta asimilación, sino también en el sentido de que la arquitectura es fuerza, es creación, es acción radical, es una mirada necesariamente positiva. Es más, el ejercicio de la arquitectura debe tener una fuerte componente lúdica, al igual que lúcida.
Muchos hemos participado en mayor o menor medida de esa imaginería oscura en algunos instantes de nuestro pasado.
En contraposición a esta somera descripción del existencialismo arquitectónico, me gusta contraponer la idea, quizás moldeada por el paso del tiempo y una cierta madurez, de la inteligencia, de José Antonio Marina, mucho más energética, luminosa, esta vez de luz blanca, y ligada a la idea del deseo.
El propio Marina, en Las Arquitecturas del Deseo, un libro, me atrevería a decir, de obligada lectura, afirma que en el origen de la cultura está el deseo.3 El deseo nos sitúa ante una infinitud ambigua, y el mecanismo de desarrollo de las tres fases del deseo, es la inteligencia.
Ahondemos un poco en ello.
Marina se propone estudiar la ideología del deseo, clave para entender la cultura actual, que es una cultura de la avidez y de la insatisfacción. El autor argumenta que hay una estructura invisible que origina y da sentido a preferencias, sensibilidades, comportamientos que, en superficie, resultan inconexas.
Por tanto, existe una espiritualidad del deseo, una fuerza motriz relacionada con una energía creadora, la energía de los grandes cambios, de las grandes hazañas. De forma especialmente lúcida, Marina entiende la idea del deseo como una substancia íntimamente ligada a la acción, al hacer.
Tal como la arquitectura es. Una profesión de la acción consumada.
Las tres fuentes de energía de la acción que el autor disecciona, son muy fáciles de reconocer en la arquitectura, la pulsión, el deseo y el proyecto. Sería fácil de establecer una fenomenología del proyecto de la arquitectura en base a estos tres orígenes de la acción que Marina categoriza.
La parte más arquitectónica del texto es la tesis principal del libro es que el autor nos exhorta a pasar del determinismo del deseo al determinismo del proyecto, mediante el cual el deseo se vence a sí mismo. El mecanismo operativo para hacer ese salto, del deseo al proyecto, consiste en saber canalizar la inteligencia. La gran función de la inteligencia, por tanto, no es alcanzar fines, sino inventar fines y, mediante ellos, encelar el deseo para transformarlo en proyecto.
En este salto del deseo al proyecto, se establece una tríada del deseo que debemos considerar para transformarlo. Marina lo llama la teoría de los tres deseos. Curiosamente este triplete es enormemente coincidente con el patrón de empatía que el arquitecto aplica al proyecto de arquitectura y que me permito traducir aquí en un formato más nuestro.
El primer principio del deseo/proyecto, o mejor dicho, ese proyecto de deseo que toda arquitectura debería encerrar, es el del deseo de bienestar personal. Es decir, proyectamos para la sociedad pero proyectamos arquitectura para nosotros mismos constantemente. No podemos proyectar un espacio en el que no creamos, con el que no nos podamos identificar.
El segundo principio es el de la aceptación social. Proyectamos en la sociedad para que sus futuros usuarios obtengan a cambio el plácet de la aceptación, el de formar parte de un colectivo más amplio, e incluso proyectamos para que aquellos que vivan nuestros espacios se sientan distinguidos.
Por último, proyectamos la forma del deseo para ampliar las posibilidades de la acción, proyectamos para ampliar el ámbito de lo posible. Esta es sin duda la gran fuerza del deseo arquitectónico, y la que a su vez, nos debería llenar de responsabilidad.
La arquitectura, una vez conformada y construida, amplía el ámbito de lo posible hasta extremos muchas veces inauditos. Transforma modos de comportamiento que van mucho más allá de las capacidades del puro objeto arquitectónico. La arquitectura transforma la realidad.
Es por ello que la raíz del proyecto arquitectónico es cultural, pero a su vez, su producto final es eminentemente cultural también. Parte de la cultura, para hacer cultura. Y entiéndase aquí la idea de cultural bajo el espectro más amplio posible.
La gasolina que impulsa el deseo en su maduración a la forma de un proyecto, de forma genérica en los texto de Marina y de forma específica en la acción arquitectónica, es la inteligencia. Marina también desarrolla una Teoría de la Inteligencia de la que destacaría por su especial connotación arquitectónica, algunos aspectos.
Como declaración de principios el filosofo es un ferviente defensor de la inteligencia práctica. La inteligencia práctica es superior a la teórica, porque es capaz de pensar posibilidades y después realizarlas. Así de simple y así de concordante con la disciplina de la arquitectura.
Y es que en realidad, no se puede separar la inteligencia de la acción, todo proyecto está encaminado a su realización. Necesitamos fijarnos metas adecuadas y crear hábitos firmes que nos permitan pasar de la decisión a la acción. La inteligencia cuenta con herramientas valiosas que le permiten conseguir sus metas: el sentido del deber, la voluntad y la razón. Otro recurso imprescindible es la creatividad, la capacidad para inventar posibilidades en la realidad y nuevas soluciones a los problemas vitales.
Todo el caleidoscopio de reflexiones de José Antonio Marina parecen estar escritos en clave arquitectónica. En la trastienda de su obra, reluce una asunción positiva y luminosa de una de las palabras que parece que ahora estamos recuperando: ética.
Muy al contrario de la angustia de la ética existencialista, de la que hemos hablado antes, Marina nos propone una fuerza motriz positiva que va mucho más allá de una receta instrumental para manejarnos en estos tiempos complejos.
Marina, en una visión prometedora de superación de los círculos viciosos del presente, se atreve con coraje y pasión a proponer una nueva lectura de nuestra sociedad en forma de dirección positiva a seguir. Me quedo, para acabar, con uno de sus textos más estimulantes.
En nuestra sociedad se enfrentan dos sistemas de creencias: la modernidad, basada en el pensamiento ilustrado, que se define por el culto a la razón y a la ciencia; y la postmodernidad, que identifica inteligencia con creación, y que no confía en la razón, ni en las verdades absolutas. Superando ambas, la Ultramodernidad desarrolla una nueva teoría de la inteligencia cuya función esencial no es el conocimiento sino dirigir el comportamiento para salir bien parados de la situación en la que estamos, y que incluye los sentimientos y los mecanismos de autocontrol de la conducta, la voluntad. Su característica principal es la capacidad de inventar posibilidades en la realidad. Es, por tanto, una inteligencia creadora que inventa fines, los evalúa, elabora proyectos y los ejecuta, una inteligencia encaminada a la acción. Su meta es la felicidad y su culminación la ética.
Seguiremos hablando de esto.
Miquel Lacasta. Doctor arquitecto
Barcelona, julio 2013
Notas:
1 TORRALBA, Francesc La ética como angustia, Editorial Proteus, Barcelona 2013
2 Ídem.
3 MARINA, José Antonio, Las Arquitecturas del Deseo, Editorial Anagrama, Barcelona, 2007
[:gl]
Para as materias importantes, os ensinos proveñen de lugares moi remotos. Considero que a arquitectura é unha materia importante, e por iso é conveniente atopar en lugares, ás veces distanciados do que un pensa, pequenas perlas que nos axudan a dar corpo ás nosas reflexións.
Unha deses remotos ensinos interesantes provén do pensador danés, Søren Kierkegaard, ao que algúns sitúan como o pai do existencialismo europeo, esencialmente o existencialismo francés e o alemán.
Kiergegaard desenvolve un xiro existencial
que esixe a posta en marcha de novas categorías conceptuais. Fronte ao pensamento especulativo, o filósofo reivindica o pensamento existencial no que o pensador involúcrase personalmente na filosofía que elabora.1
Esta é para min, o gran ensino da escola existencialista, a identificación absoluta e total naquilo co que un está involucrado.
Para clarificar algo máis a esencia desta afirmación remítome ao que escribe José Luís López Aranguren;
Kierkegaard opón ao pensamento especulativo, o pensamento existencial. O animal ten vida. O home digno deste nome é existencia. Existencia é unha peculiar actitude do home para consigo mesmo que envolve en si as categorías de seriedade, elección ou decisión, repetición, preocupación e sinceridad.2
Sen dúbida na arquitectura participamos dun certo modo de facer existencialista, no sentido que nos identificamos de forma absoluta coa forza propositiva dun proxecto arquitectónico, ata o punto que non poucos colegas sumaríanse á afirmación de que arquitectura e vida, tanto a idea de vida en abstracto, como en referencia á vida persoal, son a mesma cousa, son un.
Ao principio facía referencia á orixe remota de certos ensinos. Certamente, o existencialismo, unha corrente de pensamento non exenta de gran influencia, e aínda hoxe, unha escola filosófica, considéroo remoto en moitos sentidos para a arquitectura. O existencialismo ten a potencia de facer aquelas preguntas graves, e en realidade craves, relacionadas co devir da nosa existencia.
Iso ocorre igual en certa arquitectura existencialista, ou mellor devandito na actitude existencialista de certos arquitectos. Con todo, e quizais por iso, teño tendencia a relacionar unha certa angustia existencial, co período máis novo da traxectoria profesional dun arquitecto.
Aquel mozo cheo de entusiasmo, pero sobrecogido pola magnitude das reflexións propias e alleas, intransixente con aqueles que fomentan unha visión lúdica da arquitectura, por considerala liviá e pouco profunda. O lúdico nunca foi o antónimo daquilo exento de rigor.
Aínda máis afastada paréceme a actitude dos existencialistas, de ter que compartir angustiosamente os seus pensamentos.
A figura ennegrecida pola pesadumbre das súas propias reflexións, viría ser unha imaxe, moi pouco proteica para facer e vivir a arquitectura. Non nego que a aureola de malditismo que arrastra o pensamento existencialista é atractiva, e nalgúns casos, diría que relucente, unha aureola, iso si, dunha luz negra e apesadumbrada, pero considero que a arquitectura é luz, non soamente no sentido literal e metafórico primario desta asimilación, senón tamén no sentido de que a arquitectura é forza, é creación, é acción radical, é unha mirada necesariamente positiva. É máis, o exercicio da arquitectura debe ter unha forte compoñente lúdica, do mesmo xeito que lúcida.
Moitos participamos en maior ou menor medida desa imaxinería escura nalgúns instantes do noso pasado.
En contraposición a esta somera descrición do existencialismo arquitectónico, gústame contrapoñer a idea, quizais moldeada polo paso do tempo e unha certa madurez, da intelixencia, de José Antonio Marina, moito máis enerxética, luminosa, esta vez de luz branca, e ligada á idea do desexo.
O propio Mariña, nas Arquitecturas del Desexo, un libro, atreveríame a dicir, de obrigada lectura, afirma que na orixe da cultura está o desexo.3 O desexo sitúanos ante unha infinitud ambigua, e o mecanismo de desenvolvemento das tres fases do desexo, é a intelixencia.
Profundemos un pouco niso.
Mariña proponse estudar a ideoloxía do desexo, clave para entender a cultura actual, que é unha cultura da avidez e da insatisfacción. O autor argumenta que hai unha estrutura invisible que orixina e dá sentido a preferencias, sensibilidades, comportamentos que, en superficie, resultan inconexas.
Por tanto, existe unha espiritualidade do desexo, unha forza motriz relacionada cunha enerxía creadora, a enerxía dos grandes cambios, das grandes fazañas. De forma especialmente lúcida, Mariña entende a idea do desexo como unha substancia intimamente ligada á acción, ao facer.
Tal como a arquitectura é. Unha profesión da acción consumada.
As tres fontes de enerxía da acción que o autor disecciona, son moi fáciles de recoñecer na arquitectura, a pulsión, o desexo e o proxecto. Sería fácil de establecer unha fenomenología do proxecto da arquitectura en base a estes tres orixes da acción que Mariña categoriza.
A parte máis arquitectónica do texto é a tese principal do libro é que o autor nos exhorta a pasar do determinismo do desexo ao determinismo do proxecto, mediante o cal o desexo se vence a si mesmo. O mecanismo operativo para facer ese salto, do desexo ao proxecto, consiste en saber canalizar a intelixencia. A gran función da intelixencia, por tanto, non é alcanzar fins, senón inventar fins e, mediante eles, encelar o desexo para transformalo en proxecto.
Neste salto do desexo ao proxecto, establécese unha tríada do desexo que debemos considerar para transformalo. Mariña chámao a teoría dos tres desexos. Curiosamente este triplete é enormemente coincidente co patrón de empatía que o arquitecto aplica ao proxecto de arquitectura e que me permito traducir aquí nun formato máis noso.
O primeiro principio do desexo/proxecto, ou mellor devandito, ese proxecto de desexo que toda arquitectura debería encerrar, é o do desexo de benestar persoal. É dicir, proxectamos para a sociedade pero proxectamos arquitectura para nós mesmos constantemente. Non podemos proxectar un espazo no que non creamos, co que non nos podamos identificar.
O segundo principio é o da aceptación social. Proxectamos na sociedade para que os seus futuros usuarios obteñan a cambio o plácet da aceptación, o de formar parte dun colectivo máis amplo, e mesmo proxectamos para que aqueles que vivan os nosos espazos sentan distinguidos.
Por último, proxectamos a forma do desexo para ampliar as posibilidades da acción, proxectamos para ampliar o ámbito do posible. Esta é sen dúbida a gran forza do desexo arquitectónico, e a que á súa vez, deberíanos encher de responsabilidade.
A arquitectura, unha vez conformada e construída, amplía o ámbito do posible ata extremos moitas veces inauditos. Transforma modos de comportamento que van moito máis alá das capacidades do puro obxecto arquitectónico. A arquitectura transforma a realidade.
É por iso que a raíz do proxecto arquitectónico é cultural, pero á súa vez, o seu produto final é eminentemente cultural tamén. Parte da cultura, para facer cultura. E enténdase aquí a idea de cultural baixo o espectro máis amplo posible.
A gasolina que impulsa o desexo na súa maduración á forma dun proxecto, de forma xenérica nos texto de Mariña e de forma específica na acción arquitectónica, é a intelixencia. Mariña tamén desenvolve unha Teoría da Intelixencia da que destacaría pola súa especial connotación arquitectónica, algúns aspectos.
Como declaración de principios o filosofo é un fervente defensor da intelixencia práctica. A intelixencia práctica é superior á teórica, porque é capaz de pensar posibilidades e despois realizalas. Así de simple e así de concordante coa disciplina da arquitectura.
E é que en realidade, non se pode separar a intelixencia da acción, todo proxecto está encamiñado á súa realización. Necesitamos fixarnos metas adecuadas e crear hábitos firmes que nos permitan pasar da decisión á acción. A intelixencia conta con ferramentas valiosas que lle permiten conseguir as súas metas: o sentido do deber, a vontade e a razón. Outro recurso imprescindible é a creatividade, a capacidade para inventar posibilidades na realidade e novas solucións aos problemas vitais.
Todo o caleidoscopio de reflexións de José Antonio Mariña parecen estar escritos en clave arquitectónica. Na trastienda da súa obra, reloce unha asunción positiva e luminosa dunha das palabras que parece que agora estamos a recuperar: ética.
Moi ao contrario da angustia da ética existencialista, da que falamos antes, Mariña proponnos unha forza motriz positiva que vai moito máis alá dunha receita instrumental para manexarnos nestes tempos complexos.
Mariña, nunha visión prometedora de superación dos círculos viciosos do presente, atrévese con coraxe e paixón a propoñer unha nova lectura da nosa sociedade en forma de dirección positiva a seguir. Quedo, para acabar, cun dos seus textos máis estimulantes.
Na nosa sociedade enfróntanse dous sistemas de crenzas: a modernidade, baseada no pensamento ilustrado, que se define polo culto á razón e á ciencia; e a postmodernidad, que identifica intelixencia con creación, e que non confía na razón, nin nas verdades absolutas. Superando ambas, a Ultramodernidad desenvolve unha nova teoría da intelixencia cuxa función esencial non é o coñecemento senón dirixir o comportamento para saír ben parados da situación na que estamos, e que inclúe os sentimentos e os mecanismos de autocontrol da conduta, a vontade. A súa característica principal é a capacidade de inventar posibilidades na realidade. É, por tanto, unha intelixencia creadora que inventa fins, avalíaos, elabora proxectos e execútaos, unha intelixencia encamiñada á acción. A súa meta é a felicidade e a súa culminación a ética.
Seguiremos falando disto.
Miquel Lacasta. Docutor arquitecto
Barcelona, xullo 2013
Notas:
1 TORRALBA, Francesc A ética como angustia, Editorial Proteus, Barcelona 2013
2 Ídem.
3 MARINA, José Antonio, As Arquitecturas do Desexo, Editorial Anagrama, Barcelona, 2007
[:en]
For the important matters, the educations come from very remote places. I think that the architecture is an important matter, and because of it it is suitable to find in places, sometimes distanced from what one thinks, small pearls that help us to give body to our reflections.
One of these remote interesting educations comes from the Danish thinker, Søren Kierkegaard, whom some of they of them place as the father of the European existencialismo, essentially the French existencialismo and the German.
Kiergegaard develops an existential draft that
demands the putting in march of new conceptual categories. Opposite to the speculative thought, the philosopher claims the existential thought in which the thinker interferes personally in the philosophy that it elaborates.1
This one is for me, the great education of the school existencialist, the absolute and total identification in that one with what one is involved.
To clarify something more the essence of this affirmation I send myself what there writes José Luís López Aranguren;
Kierkegaard objects to the speculative thought, the existential thought. The animal has life. The worthy man of this name is an existence. Existence is a peculiar attitude of the man for with it itself that it wraps in yes the categories of seriousness, election or decision, repetition, worry and sincerity.2
If he doubts in the architecture we take part of a certain way of doing existencialist, in the sense that we identify of absolute form with the force propositiva of an architectural project, up to the point that not few colleagues would add to the affirmation of which architecture and life, so much the idea of life in abstract, since in reference to the personal life, are the same thing, they are one.
Initially it was referring to the remote origin of certain educations. Certainly, the existentialism, a current of thought does not exempt from great influence, and still today, a philosophical school, I consider it to be remote in many senses for the architecture. The existentialism has the power of doing those serious questions, and actually key, related with to develop of our existence.
It existencialist happens equally in certain architecture, or rather in the attitude existencialist of certain architects. Nevertheless, and probably because of it, I have trend to relate a certain existential distress, with the period more young woman of the professional path of an architect.
That young person full of enthusiasm, but startled by the magnitude, intransigent of the own and foreign reflections with those who promote a playful vision of the architecture, for considering her to be frivolous and slightly deep. The playful thing has never been the antonym of that one exempt from rigor.
Furthermore distant it looks like to me the attitude of the existencialists, of having to share distressing his thoughts.
The figure blackened by the sorrow of his own reflections, would come to be an image, very slightly multifaceted to make and to live through the architecture. I do not deny that the halo of malditism that drags the thought existencialist is attractive, and in any cases, he would say that shining, a halo, it yes, of a black and grief-stricken light, but I think that the architecture is a light, not only in the literal and metaphorical primary sense of this assimilation, but also to the effect that the architecture is a force, it is a creation, is a radical action, is a necessarily positive look. It is more, the exercise of the architecture must have strong component playful, as lucid.
We have informed many people in major or minor measure of this dark imagery in some instants of our past.
In contraposition to this shallow description of the architectural existentialism, I like to oppose the idea, probably molded by the passage of time and a certain maturity, of the intelligence, by José Antonio Marina, much more energetic, luminous, this time of white light, and tied to the idea of the desire.
The own one Marinades, in The Architectures of the Desire, a book, I would dare to say, of obliged reading, it affirms that in the origin of the culture it is desire.3 The desire places us before an ambiguous infinity, and the mechanism of development of three phases of the desire, is the intelligence.
Let’s go deeply a bit into it.
Sea-coast proposes to study the ideology of the desire, key to understand the current culture, which is a culture of the avidity and of the dissatisfaction. The author argues that there is an invisible structure that originates and gives sense to preferences, sensibilities, behaviors that, in surface, turn out to be unconnected.
Therefore, there exists a spirituality of the desire, a motive force related to a creative energy, the energy of the big changes, of the big exploits. On specially lucid, Marine form the idea of the desire deals as a substance intimately tied to the action, on having done.
As the architecture is. A profession of the perfect action.
Three sources of energy of the action that the author disecciona, they are very easy to recognize in the architecture, the drive, the desire and the project. It would be easy to establish a fenomenología of the project of the architecture on the basis of these three origins of the action that It Marinades it categorizes.
The most architectural part of the text is the principal thesis of the book is that the author exhorts to go on to us from the determinism of the desire to the determinism of the project, by means of which the desire is conquered to yes same. The operative mechanism to do this jump, from the desire to the project, consists of being able to canalize the intelligence. The great function of the intelligence, therefore, is not to reach ends, but to invent ends and, by means of them, to make jealous the desire to transform it into project.
In this jump of the desire to the project, there is established a triad of the desire that we must consider to transform it. Sea-coast is called it the theory of three desires. Curiously this triplete is enormously coincidental with the boss of empathy that the architect applies to the project of architecture and that I allow myself to translate here in more our format.
The first beginning of the desire/project, or rather, this project of desire that any architecture should enclose, is that of the desire of personal well-being. That is to say, we project for the company but we project architecture for us themselves constant. We cannot project a space in which we do not believe, with that we could not identify.
The second beginning is that of the social acceptance. We project in the company in order that his future users obtain in exchange the plácet of the acceptance, of forming a part of a more wide, and enclosed group we project in order that those that live through our spaces feel distinguished.
Finally, we project the form of the desire to extend the possibilities of the action, project to extend the area of the possible thing. This one is undoubtedly the great force of the architectural desire, and the one that in turn, it should to us fill with responsibility.
The architecture, once shaped and constructed, extends the area of the possible thing up to ends often unheard-of. It transforms manners of behavior that go far beyond of the capacities of the pure architectural object. The architecture transforms the reality.
It is for it that the root of the architectural project is cultural, but in turn, his final product is eminently cultural also. Part of the culture, to do culture. And the idea be understood here of culturally under the as wide as possible spectrum.
The petrol that stimulates the desire in his ripeness to the form of a project, of generic form in the texto of Marina and of specific form in the architectural action, is the intelligence. Sea-coast also develops a Theory of the Intelligence of the one that would stand out for his special architectural connotation, some aspects.
Since declaration of beginning the philosopher is a fervent defender of the practical intelligence. The practical intelligence is superior to the theoretical one, because it is capable of thinking possibilities and later to realize them. This way of simple and like that of concordant with the discipline of the architecture.
And it is that actually, it is not possible to separate the intelligence of the action, any project is directed to his accomplishment. We need to notice suitable goals and to create firm habits that allow us to go on from the decision to the action. The intelligence relies on valuable tools that they allow him to obtain his goals: the sense of the duty, the will and the reason. Another indispensable resource is the creativity, the aptitude to invent possibilities in the reality and new solutions to the vital problems.
The whole kaleidoscope of Jose Antonio Marina’s reflections they seem to be written in architectural key. In the back-room of his work, there shines a positive and luminous assumption of one of the words that it seems that now we are recovering: ethics.
Very unlike the distress of the ethical existencialist, about which we have spoken before, It Marinades proposes us a motive positive force that goes far beyond of an instrumental recipe to manage in these complex times.
It marinades, in a promising vision of overcoming of the vicious circles of the present, dares with courage and passion to propose a new reading of our company in the shape of positive direction to continuing. I remain, to finish, with one of his more stimulant texts.
In our company two systems of beliefs face: the modernity based on the illustrated thought, which is defined by the worship to the reason and to the science; and the postmodernity, which identifies intelligence with creation, and that does not trust in the reason, not in the absolute truths. Overcoming both, the Ultramodernity develops a new theory of the intelligence which essential function is not the knowledge but to direct the behavior to work out stopped well of the situation in which we are, and that includes the feelings and the mechanisms of self-control of the conduct, the will. His principal characteristic is the aptitude to invent possibilities in the reality. It is, therefore, a creative intelligence that invents ends, evaluates them, elaborates projects and executes them, an intelligence directed to the action. His goal is the happiness and his culmination the ethics.
We will continue speaking about this.
Miquel Lacasta. PhD architect
Barcelona, july 2013
Notes:
1 TORRALBA, Francesc The ethics like distress, Editorial Proteus, Barcelona 2013
2 Ídem.
3 MARINA, José Antonio, The Architectures of the Desire, Editorial Anagrama, Barcelona, 2007
[:]




