Escaleras y desembarcos | Miguel Ángel Díaz Camacho

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Escaleras en el Hotel Guenegaud des Brosses, de Mansart, 1653; y escaleras rampa del Instituto La Llauna, Enric Miralles y Carme Pinós, 1984-86. Incluidas en Arquitectura Viva nº35, marzo-abril 1994, págs. 114-115.
Escaleras en el Hotel Guenegaud des Brosses, de Mansart, 1653; y escaleras rampa del Instituto La Llauna, Enric Miralles y Carme Pinós, 1984-86. Incluidas en Arquitectura Viva nº35, marzo-abril 1994, págs. 114-115.

A la escalera se la ha de mirar de frente. Acometer su trazado caminando de espaldas -o de costado- podría suponer una repentina pérdida del equilibrio1. Y la escalera es generosa, diríamos incluso desprendida en la aplicación de la suprema Ley de la Gravedad2. Toda escalera supone siempre un principio, una expectativa embarcación.

Quizá embarcar sea aquí la palabra adecuada: también de frente accedemos al barco, también vacila nuestro pie en el espacio a la hora de abandonar el firme. No obstante, toda escalera ofrece final y literalmente un desembarco.

Cada peldaño desemboca en el vacío, cada meseta supone una oportunidad. Más allá de la mera ordenación vertical y pautada del espacio, más allá del recorrido cerrado y funcional, la escalera supone siempre un acontecimiento en el vacío.

Bien conocían arquitectos tan distintos como Sota o Miralles -entre otros- la arquitectura de la escalera, en ocasiones gestionando sencillamente medios niveles, topografías conectadas por mínimas articulaciones ligeras y transparentes, como aquella que cuentan siempre fotografiaba Don Alejandro en la casa Guzmán, o las escaleras / rampa del colegio La Llauna diseñadas a modo de pantalanes por Enric Miralles y Carme Pinós en Badalona.

La escalera tiene tanto que ver con los principios como con la dignidad de los finales. De la escalera se sale igual que se abandona un barco, una iglesia o un verano: atrás quedará el espacio vacío. Espacios como la gran habitación de la escalera en el Hotel Guenegaud des Brosses, de Mansart, 1653; puntuales en la escalera “a la molinera” de Barba Corsini en los apartamentos de la Casa Milá, 1955; espacios fluidos tras los peldaños en la sala de exposiciones construida para Olivetti por Carlo Scarpa en Venecia, 1957-58, otro pantalán -en este caso de hormigón- sobre el mosaico vibrante de numerosas piezas cerámicas cuidadosamente (des)organizadas3.

Toda escalera supone siempre un principio, una expectativa embarcaciónConviene permanecer atentos a las oportunidades y habilitaciones de escaleras y desembarcos.

Miguel Ángel Díaz Camacho. Doctor Arquitecto
Madrid. Febrero 2016.
Autor de Parráfos de arquitectura#arquiParrafos

1 Instrucciones para subir una escalera“, Julio Cortázar en el libro Historias de Cronopios y Famas (1962).

2 En el mundo anglosajón, la medida horizontal del peldaño o “huella” es traducida por “going”, valorando la acción del desplazamiento en lugar de la estática planta mensurable. La anchura de la huella, o distancia horizontal entre peldaños, se conoce como “nosing” haciendo referencia a la medida entre los puntos externos del mamperlán. Sobre esta identificación antropomórfica de la escalera volveremos en otra ocasión.

3 Todas las escaleras referidas en el texto estarían hoy prohibidas por no cumplir la legislación vigente. Ver “Mamperlán. La escalera sucumbe ante la normativa”, por Ignacio Paricio, Arquitectura Viva nº35, marzo-abril 1994, págs. 114-115.

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