Decálogo provisional para viajes de arquitectura | José Ramón Hernández Correa

Después de la entrada anterior me he quedado con ganas de exponer algunos principios a tener en cuenta en los viajes de arquitectura. Quería hacer un decálogo, pero sólo me han salido nueve puntos. No se me ocurren más, y no quiero buscar el décimo a base de ser repetitivo o de añadir algo superfluo.

Vaya por delante que yo he viajado poco, pero creo que en ese poco he cometido todos los errores posibles, y por eso me atrevo a pediros que no los cometáis vosotros.
Allá van mis sugerencias.

1. No seáis turistas

No hay nada más triste y vituperable que ser turista. El turista ya sabe de antemano lo que va a ver, y ya tiene previsto cómo va a reaccionar ante ello. El turista quiere ver muchas cosas, pero no quiere sorpresas: Se va a la otra punta del mundo pero quiere que le den de comer lo mismo que come en su casa. El turista ya tiene subrayada en la guía y en el mapa los puntos en los que va a decir:

¡Ohhhhhh! ¡Ahhhhhh! ¡Halaaaaaa!

No seáis turistas. Sed viajeros. El viajero es transformado por el viaje. Crece con el viaje. El viajero se implica en el viaje, se deja jirones de piel en el viaje, quiere saber, va con la mente abierta y absorbe todo lo que ve, y aprovecha todas las ocasiones que se presentan fuera de programa.

2. Planificad la visita. (O no, pero sed conscientes de ello)

En casi todos los casos es mejor no planificar excesivamente, y, como ya he dicho, dejarse llevar, dejarse arrastrar. Pero si queréis ver Fallingwater, o Ronchamp, o la Villa Mairea, y vais a cruzar medio mundo para ello, conviene que sepáis si están abiertas al público, y en qué fechas, y a qué horas, y si hay que reservar, o incluso si se puede pagar la entrada previamente. Teniendo internet es imperdonable no hacer esto. (Cuando yo vi la casa Schröder no había internet, y fui a lo que saliera, pero hoy eso es un disparate).

Eso es si queréis ver alguna de estas obras míticas. Pero si lo que queréis es empaparos de los bloques de ladrillo de la Escuela de Ámsterdam o de los rascacielos de Chicago, no llevéis las cosas demasiado programadas. Sumergíos en el ambiente urbano, comprad un cucurucho de patatas fritas en un puesto ambulante y callejead. Y no perdáis detalle de lo que vaya surgiendo mientras tanto.

3. No hagáis fotos

A no ser que seáis amantes de la fotografía como medio de expresión, y ésta os interese en sí misma como actividad creativa, no hagáis fotos.

Yo entré en la Casa de la Cultura de Helsinki con la cámara pegada a la cara, disparando, disparando y disparando. Disparé tanto que me perdí la experiencia espacial porque me había impuesto unos deberes absurdos: Hacer un reportaje fotográfico del edificio.

¿Para qué?

En los libros hay fotos mil veces mejores que las que yo pueda hacer. Lo que tengo que hacer es disfrutar el momento, vivir el espacio. A la porra la cámara.

También hice dos carretes de treinta y seis diapositivas cada uno en el Guggenheim de Nueva York. Ahí están, muertos de risa. Teniendo en cuenta que entonces había que comprar la película y luego había que pagar el revelado (más barato en diapositivas que en papel), tenía que pensar si merecía la pena cada foto que disparaba. Y aun así hice setenta y dos fotografías.

Pues imaginaos ahora en el mundo digital, con la gratuidad de las fotos. Podemos hacer miles. Nos decimos que ya seleccionaremos en casa y borraremos muchas. Mentira. Acumulamos basura en discos duros. Y lo peor es que habremos perdido la oportunidad (tal vez única en nuestra vida) de ver el edificio, de experimentarlo y de sentirlo sin obligaciones ni tareas absurdas: Sólo disfrutar.

Si acaso, haced un par de fotos de recuerdo, en plan “esta la hice yo” o “yo estuve aquí”, y punto. También podéis fotografiar algún detalle curioso o gracioso que os haga tilín, pero nada más. La promenade architecturale de la Villa Saboya ya está fotografiada de maravilla, y a vosotros no os va a salir mejor. Lo que tenéis que hacer es promenadear a gusto y dejaros de fotos.

En la cúpula de Florencia hay un punto, en lo alto del tambor, justo antes de empezar a subir la cúpula propiamente dicha, en el que uno se asoma al interior del templo y siente un vértigo doble: hacia abajo (no lo parece, pero uno ya está bastante alto) y hacia arriba. Ese vértigo cóncavo hacia arriba es una sensación indescriptible. ¿Quién puede fotografiarla?

Yo no tomé ni una foto: ¿Para qué?

4. Dibujad

El dibujo tampoco puede estorbaros de disfrutar la arquitectura, y tampoco debéis imponeroslo como obligación ni como castigo. Vivid el edificio, disfrutad, estad atentos. Y, si acaso tenéis tiempo y ganas, haced algún dibujo. Es mucho mejor que tomar fotos.

El acto de dibujar (incluso si no lo hacéis muy bien) os obligará a intentar entender, a captar, a prestar atención, a ver relaciones, a descubrir cosas.

No hace falta que hagáis dibujos primorosos ni virtuosos, sino meros apuntes, meras notas de trabajo y de observación. Trabajo de campo. Toma de datos. Podéis dibujar un ambiente general, intentando captar la sensación espacial, o bien detalles de estructura, de carpintería, de lo que sea que necesitéis descubrir.

5. No tengáis delante los planos

Deberíais haber estudiado en casa; ahora ya no vale. No vayáis recorriendo un edificio con un libro en la mano donde vienen sus plantas. Muchos prácticamente van siguiendo su propio recorrido con el dedo sobre el plano, como si ellos mismos fueran un punto en un GPS.

Otra vez os repito lo mismo: Dejaos empapar por el espacio. La distribución y organización os las deberíais haber estudiado antes, pero si no lo habéis hecho no lo hagáis ahora. También las podréis comprobar después, en casa. Pero en este momento sólo hay que vivir el espacio, ser atravesado por él.

De nuevo lo digo: Disfrutad.

6. Fijaos en otras cosas

Empapaos del entorno. Visitando los más excelsos ejemplos de la arquitectura uno se da cuenta de que la arquitectura no es lo más importante.

La arquitectura se manifiesta en edificios que están en entornos urbanos o rurales, con gente, vegetación, paisaje, etc. Todo está integrado, y todo se ha hecho al servicio de las personas, que son las que importan.

Todo ello configura una realidad mucho más interesante que la propia arquitectura.
(O, mejor dicho, si la arquitectura es sólo una dimensión, una coordenada, de ese todo, lo idóneo sería atender a todas las dimensiones y coordenadas para intentar integrar el todo).

Por otra parte, los edificios descollantes tienen una fauna de admiradores que en sí misma es digna de estudio. Sólo con observar la cola que hay para entrar en uno de estos edificios míticos se podría hacer una novela.

Por cierto: La gente que va a ver este tipo de edificios nos incomoda. Las colas son lentas, los espacios que hemos visto despejados en los libros están ahora llenos de patanes haciendo fotos, etc. Ni que decir tiene que quienes sobran son siempre los otros; nunca nosotros. Nosotros estamos ahí porque somos los únicos que lo merecemos, y los únicos que sabemos valorar ese edificio. Pues bien: Con esa actitud disfrutaríamos mucho más del edificio viéndolo en casa en algún buen libro. Si estamos allí es también (y sobre todo) para ver a esa gente tan curiosa (que somos nosotros mismos) y para ver muchas más facetas.

7. Dinero 

Viajar es caro (en principio). Siendo estudiante no viajaba porque no tenía dinero. Luego, cuando empecé a defenderme económicamente tuve hijos, y mientras eran pequeños tampoco podía viajar. Ahora mis hijos son mayores, y ya se me ha pasado casi toda la fuerza para viajar.

Conclusión: He perdido muchísimas ocasiones de hacer viajes estupendos.

No soy quién para recomendaros esto, porque soy comodón. Me encantan los hoteles y esas cosas. Pero aún así me atrevo a deciros que no os privéis de viajar porque no andéis muy boyantes económicamente. Ahora hay viajes muy baratos, y en la mayor parte de los sitios se pueden concertar residencias de estudiantes, albergues, etc. (No me atrevo a decir nada al respecto a la gente joven, que me da cien vueltas en estas cosas).

Visitad a vuestros amigos que estén de Erasmus o de lo que sea, a ver si pueden dejaros un rinconcito donde extender el saco de dormir, o compartir con vosotros el rincón donde extienden el suyo.

Y si no podéis cruzar el mundo para conocer tal obra, viajad al país vecino, o visitad el vuestro. El ansia de llevar los ojos abiertos es la misma, y la capacidad de sorpresa y de aprendizaje también. La Ópera de Sydney, Chandigarh o el Tokio de los metabolistas pueden esperar.

8. Tiempo

Más que el dinero, el verdadero lujo es el tiempo. Ojalá podáis visitar lo que os interesa con tiempo de sobra. Ojalá podáis visitarlo varias veces.

Vas a una ciudad extraña y empiezas a tomarle el aire cuando repites por cuarta vez en el mismo bar, o te sientas por cuarta vez en el mismo banco.

Igual pasa con los edificios. Intentad ser lentos. Paraos en un espacio y sentidlo. Disfrutadlo. Si lo podéis ver por la mañana y por la tarde, mejor. Si lo podéis ver a primera hora de la tarde y al ponerse el sol, mucho mejor. Si podéis estar allí desde primera hora de la mañana hasta última hora de la tarde, muchísimo mejor. Y si podéis pasar también la noche, estupendo.

Evitad en lo posible (a veces no hay más remedio) las visitas guiadas, que llevan a los visitantes como un rebaño. Paraos, sentaos. Tomaos vuestro tiempo.
(Es entonces cuando viene bien, por ejemplo, dibujar).

No visitéis arquitectura con la lengua fuera, jadeando. No hagáis esas tonterías de Roma-Florencia-Venecia-Milán en cinco días. Cada una de esas ciudades se merece por lo menos cinco años.

9. Sed colegas de los grandes arquitectos

No vayáis a ver arquitectura para suspirar ni para desmayaros. No levitéis. No caigáis en el vergonzoso Síndrome de Stendhal. Nada de poner los ojos en blanco. Nada de ñoñerías.

Mirad siempre con sentido crítico, y si veis algo admirable, intentad destriparlo.

“¿Cómo ha logrado este tío evacuar el agua de aquí?
¿Cómo tamiza esta luz?
¿Cómo ha hecho este voladizo?”

Haceos preguntas e intentad encontrar las respuestas. Aprended del oficio de vuestro colega. Si vais babeando, con el corazón embelesado y los ojos en blanco, no os vais a enterar de nada ni vais a aprender nada.

Bueno: Me salieron nueve puntos. Si se os ocurren otros nuevos, o queréis ampliar, matizar o contradecir algunos de los que he dicho, os agradecería mucho que hicierais comentarios a esta entrada. Si hay suficientes podría hacer un decálogo corregido y refundido dentro de algún tiempo.

Muchas gracias y ¡Buen viaje!

José Ramón Hernández Correa · Doctor Arquitecto
Toledo · marzo 2015

Nací en 1960. Arquitecto por la ETSAM, 1985. Doctor Arquitecto por la Universidad Politécnica, 1992. Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno. Ahora estoy algo cansado, pero sigo atento y curioso.

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