Todo tiene un comienzo | Jorge Meijide

Todo tiene un comienzo

La arquitectura comporta el habitar y el habitar comporta, inexcusablemente, al habitante. Sin éste podemos hablar de escultura, de ciertas instalaciones artísticas o de juegos formales, todos ellos de indiscutible valor propositivo, pero difícilmente podemos hablar de arquitectura en su más amplia y extensa expresión. Este habitar conlleva un uso básico, el uso del espacio, el uso de un espacio. Un uso asociado a menudo una o varias funciones específicas o a otro más indeterminado o cambiante; usos al fin y al cabo.

Desde la inicial cabaña primitiva hasta la tumba, pasando por el templo, la casa, la fábrica o el museo, las distintas funciones o usos que la arquitectura ha recorrido en su historia la han enriquecido y completado y especializado. Como los picos de los pinzones de Darwin, el tiempo, la experiencia y la experimentación, evolución a fin de cuentas, han decantado algunas, muchas, soluciones arquitectónicas, otras en cambio son carne de cañón de una continua e imparable evolución que a veces se torna en re-volución. La vivienda es una de ellas.

Tan cambiante como conservadora, la vivienda ha sufrido múltiples cambios a lo largo de su historia, algunos muy necesarios debidos a las nuevas condiciones sociales y económicas, como los impulsados por la revolución industrial, y otros debidos al estancamiento heredado y a las nuevas vanguardias del siglo XX, como los surgidos al amparo del Movimiento Moderno, tantas veces resucitado como enterrado. La vivienda es el paradigma del habitar.

Se habita el espacio, el espacio ocupado y por reducción a su “partícula elemental”, se habitan las estancias, las habitaciones. Decía Kahn, como me gusta recordar, que la arquitectura comienza con la habitación, o más bien haciendo -construyendo- una habitación. La habitación debe estar pues definida, construida. Debe ser espacio contenido y, como en el conocido dibujo de Kahn, con habitantes usándola, habitándola. En su boceto de 1971 aparecen dibujadas dos personas sentadas, hablando frente a frente al lado de una gran ventana -la luz- con un hogar encendido -el fuego- bajo una cúpula nervada -la estructura-. Tenemos pues en la habitación la luz, que define el espacio y ayuda a percibirlo -Kahn decía que “una habitación sin luz natural no es una habitación”- y luz a través de una ventana, una gran ventana, un hueco que establece tanto la diferencia como la relación entre interior y exterior, separando más que uniendo uno del otro. Tenemos también el fuego, que ofrece la comodidad de la habitabilidad, elemento primitivo en torno al que reunirse y que nos retrotrae a la imagen de una cabaña primigenia construida para cobijar una comunidad y proteger el necesario y preciado fuego. Y por último contamos con una estructura, que construye el espacio material y lo contiene en su interior, y que mejor para ello que el espacio contenido bajo una cúpula, epítome del espacio central.

Kahn elige con cuidado sus imágenes y sus palabras, todos los elementos básicos de la arquitectura quedan representados en el dibujo. Sobre él escribe a modo de título la lapidaria y conocida frase: “Architecture comes from The Making of a Room”, dejando claro su ideario, basta con recorrer su arquitectura para confirmarlo. Pero Kahn también escribe otras cosas en el mismo, bajo el dibujo, y separando intencionadamente la palabra habitación de la siguiente línea, escribe: “The Room is The Place of the mind”, la habitación es el lugar de la mente. Si arriba Kahn nos inicia el origen de la arquitectura en la habitación, abajo nos relaciona ésta con el hombre. La mente del habitante tiene también su alojamiento en la estancia. La habitación requiere, necesita, la vida del habitante, pero también necesita de la percepción de éste hacia ella. La estancia se convierte así también en una construcción para la mente, siendo ésta la que no sólo la habita sino también la que la significa. La relación bidireccional enriquece a ambos.

Dos siglos antes, a mediados del XVIII, en 1752 -el mismo año en el que Benjamin Franklin realiza su famoso experimento con la cometa y la llave descubriendo la naturaleza de la electricidad en los rayos y abriendo así un incipiente camino hacia la luz artificial; no en vano estamos en El Siglo de las Luces que, a la luz clarificadora de la razón, iluminará las oscuridades en las que la humanidad habría caído en los siglos anteriores- Marc-Antoine Laugier, el abate Laugier, publica su conocido “Essai sur l’architecture”. En el ensayo el jesuita -más tarde benedictino- establece el origen de la arquitectura en una bucólica, pastoral e idílica cabaña primitiva -el grabado no parece hasta 1775 en la segunda edición- surgida en base a la razón. El texto se convierte enseguida en la teoría arquitectónica de la Ilustración en el que, a diferencia de Vitruvio, y otros tratadistas clásicos, se establece una relación con los principios naturales en vez de la imitación de modelos.

En la cabaña primitiva de Laugier estructura y construcción se funden, se con-funden en medio de un sistema racional de pilares, vigas y cubierta, correspondientes a columnas, entablamento y frontón -estructura clásica donde las halla- todo pasado por el tamiz del dibujo naturalista en el que los elementos constructivos son troncos y ramas de árbol. El resto, muros, puertas o ventanas, necesarios para la habitabilidad, quedan descartados del modelo original por innecesarios. Son innecesarios porque lo son en la arquitectura del templo. La cabaña así mostrada, limpia de accesorios muestra la verdad pura de la arquitectura. El templo.

La arquitectura original, definida así por su cabaña primitiva es, ni más ni menos, que la casa, la morada, la habitación de un dios. ¿Cuál si no puede ser el origen de la arquitectura? Según el abate, cual más noble y más lógico para los antiguos primitivos que la casa de un dios. El hombre, la humanidad entera, ahora iluminada por el pensamiento lógico-racional, encuentra el origen de su morada en la deshabitada, o despojada, desalojada, estancia de un dios. El hombre ya no precisa de los dioses, ocupa el lugar de éstos y lo habita. Del templo a la casa.

Kahn y Laugier se unen en el ideal del concepto de morada. La casa de la mente y la casa de un dios. Pero ambos saben también que es la casa del hombre y que en ellas se ha de vivir ya que la arquitectura comporta el habitar, y el habitar comporta, inexcusablemente, al habitante, y porque sin éste no existe aquella.

jorge meijide . arquitecto
a coruña. mayo de 2013

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