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Escaleras | David García-Manzanares Vázquez de Agredos

Escalera David García-Manzanares Vázquez de Agredos 22
Charles Laughton, observado por Marlene Dietrich, antes de ascender. Fuente: fotograma de “Testigo de cargo” (Witness for the prosecution, 1957)

Toda escalera es un reto geométrico,1 un desafío suicida a la ley de la gravedad.

El estado natural de toda escalera es no existir, porque para hacerlo debe encarar a diario una contienda contra las fuerzas contrapuestas de la vertical y la horizontal, y navegando esa tensión, afirmarse. Se exige, por tanto, que la escalera viva en una constante querella, y nada agota tanto como tener que tantearse a uno mismo a cada instante para comprobar la propia existencia. Se entiende así, la voluntad de la escalera del Kursaal, luchando por venirse abajo; y no cabe responsabilizar de ello, por tanto, a Rafael Moneo.

Y al tiempo, es la escalera la que hace que surja la arquitectura. Representamos nuestros proyectos en dos dimensiones, planta y sección, y es la escalera la que se encarga de entrelazar los distintos planos para conferir volumen. En ese entretenimiento de conexiones entre distintos planos se crea la tercera dimensión, con la escalera como precipitante de ese trance de ilusionismo.

Y es de imaginar que si la escalera es el reactivo para esa transformación desde las dos dimensiones hasta la tercera dimensión, donde sobreviene la arquitectura, más y mayores mutaciones debe inducir en las personas que las recorremos. Es por eso que existen varios tipos de escaleras, cada uno de ellos con múltiples subpatrones, clasificadas así no tanto por su configuración espacial como por los efectos que provocan en quienes las recorren.

Escalera David García-Manzanares Vázquez de Agredos 23
Cary Grant, en la escalera retorcida de sus intenciones oscuras. Fuente: fotograma de “Sospecha” (Suspicion, 1941)

Así, podemos distinguir las escaleras de directriz recta, ideales para personas desacostumbradas a cuestionarse los asuntos más trascendentes de la vida, y que ingenuamente creen que una escalera tan sólo sirve para comunicar dos niveles dispares. En este grupo podríamos, no obstante, considerar las escaleras que no son tales, y que necesitan de una ayuda externa para poder ser recorridas, como sucede con la escalera de “Testigo de cargo” (Witness for the prosecution, 1957). En ella, por medio de un salvaescaleras, Charles Laughton recorre la diagonal que enlaza la planta baja de su despacho con la alta de los dormitorios, pasando en ese recorrido de ser un firme y severo abogado a convertirse en un pelele dependiente de los cuidados de su enfermera. No cabe pensar que dicha transmutación pudiera realizarse sin la ayuda de ese cambio de planos, porque esa escalera está poniendo en comunicación dos realidades contrapuestas, y esto sólo puede acontecer con la serenidad y pausa que impone recorrer una escalera, aunque se haga a través de la parsimonia motorizada de un salvaescaleras.

Vigas | David García-Manzanares Vázquez de Agredos

Por otra parte, tenemos las escaleras de directriz quebrada, y dentro de éstas destacan singularmente las de directriz curva, que son apropiadas para aquellas personas que conocen las contradicciones más íntimas que hay en cada uno de nosotros, y que utilizan la escalera no tanto para salvar diferentes alturas, sino para comunicar mundos diversos, e incluso divergentes. Es el caso de la escalera de “Encadenados” (Notorious, 1946), porque ascender por esa escalera implica abandonar el mundo de lo respetable y acceder a un mundo de sigilos y mentiras reservado para espías y traficantes de secretos ajenos. O la escalera de “Sospecha” (Suspicion, 1941), que al ser recorrida por Cary Grant es capaz de metamorfosear un doméstico vaso de leche en un arma homicida, donde la leche adquiere una luminosidad que contrasta con las oscuras intenciones del personaje de Cary Grant. La curvatura de ambas escaleras insinúa una angustia indisimulada, y su ascensión está repleta de peligros, ya sea por el temor a ser descubierto como delator o por el frío espanto del envenenamiento. Sea como fuere, las escaleras ―todas ellas―, conducen siempre a lugares inquietantes, ya sean conocidos o simplemente intuidos.

Tenemos, por otro lado, las escaleras de directriz quebrada con peldaños compensados, pero dado que éstas surgen de la imaginación perezosa de determinados arquitectos, no conviene recrearse en ellas, para eludir el riesgo de validarlas o extender su modelo. O las escaleras de caracol, que nos exigen girar sobre nosotros mismos, como un sacacorchos, para ascender o descender entre niveles; y es en ese movimiento de rotación en el que se diría que uno va mudándose a sí mismo, como preparación previa e ineludible para afrontar el nuevo mundo que nos encontramos al desembarcar de la escalera.

«Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables».1

Resulta innegable que cuando Cortázar describe de este modo una escalera, lo que está haciendo es demostrar la conexión entre dos mundos distintos, a través de pliegues en la superficie que nos remiten directamente a pliegues temporales. Una escalera, si está bien proyectada, no conecta dos alturas dispares, sino que conecta planos que refieren más a realidades divergentes. Una escalera, si está bien proyectada, es a la vez una puerta que da paso al otro lado del espejo. Porque la lógica no siempre tiene sentido cuando se trata de entender el mundo que nos rodea.3

Escalera David García-Manzanares Vázquez de Agredos
Ingrid Bergman, angustiada en la escalera curva, ante Claude Rains. Fuente: fotograma de “Encadenados” (Notorious, 1946)

Asimismo, podría citarse el caso de las escaleras mecánicas, que representan, quizá como ninguna otra, el esfuerzo titánico de la escalera por mantenerse erguida, en una lucha que las lleva a un constante movimiento para evitar venirse abajo, del mismo modo que la estabilidad de una bicicleta sólo se garantiza a través del continuo pedalear.

Y, finalmente, no debemos olvidar el caso de la escalera que se niega a sí misma, la que ha dejado de serlo por haber perdido su función. Así sucede con la escalera de “La tentación vive arriba” (The seven year itch, 1955), proyectada inicialmente para conectar las dos plantas de la vivienda, y que fue cegada cuando ésta se dividió en dos apartamentos, el de Tom Ewell, abajo, y el de Marilyn Monroe, arriba. La escalera sigue existiendo, pero carente ya de función, y es así la representación más estilizada posible de una escalera, porque a través de ella comprendemos nítidamente que una escalera, si está bien proyectada, comunica dos mundos aún cuando parezca interponerse una barrera entre ellos a modo de falso forjado.

La escalera vive en una permanente indefinición entre la vertical y la horizontal, y aprovecha esa indefinición para inducir mudanzas en el ánimo de quienes, ingenuamente, las recorren. Es por eso que conviene recordar que nada hay menos inocente que proyectar una escalera.

Notas:

1 ”En el conflicto geométrico que genera la línea diagonal del pasamanos y la losa, en el diseño siempre delicado y complejo de la barandilla, en los giros, en los rellanos intermedios, en la solución particular que exige el remate en el nivel superior, en la solución aún más difícil (casi imposible parece, pues incluso muchas de las más bellas escaleras no resisten la visión interior de su primer tramo) del arranque -allí donde los escalones dejan de apoyarse en el suelo para despegar y alzar el atrevido vuelo…- en todos esos desafíos, han padecido y disfrutado los arquitectos a lo largo de la historia».

Tusquets, Óscar. Dios lo ve. Ed. Anagrama compactos, Barcelona, 2022.

2 Cortázar, Julio. Historias de cronopios y de famas. Ed. Alfaguara, Madrid, 1999.
3 Carroll, Lewis. A través del espejo y lo que Alicia encontró allí. Alianza editorial, Madrid, 2011.

David García-Manzanares Vázquez de Agredos
David García-Manzanares Vázquez de Agredos
Nacido a temprana edad, pronto descubre su vocación por una vida contemplativa. Arquitecto por formación y escritor por deformación; se gana la vida mecanografiando infórmenes insustanciales, para no manchar la Arquitectura ni la Literatura. Escribe con pseudónimo para tener coartada en caso de ser detenido. Vive en las afueras, con buenas vistas y bien comunicado.
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