El arquitecto municipal | José Ramón Hernández Correa

Si hay un arquitecto ligado a una ciudad, y, aún más, si hay un arquitecto ligado al desarrollo urbanístico de una ciudad, ese es Willem Marinus Dudok a Hilversum.

Dudok nació en Ámsterdam en 1884, y a los dieciséis años inició su carrera militar. Fue destinado a las colonias de Indonesia, y a su vuelta sirvió en la unidad de telegrafía de Utrecht. Con veintitrés años fue teniente, con veintisiete se casó y tuvo una hija.

Este hombre, que al parecer valía para todo, decidió buscarse un oficio en el mundo civil y fue nombrado Director Suplente de Obras Públicas en Leiden. ¿Dónde había aprendido sobre obras? No lo sé, pero creo que igual podría haber sido Director Suplente de la Filarmónica de Ámsterdam (su padre era violinista, y su madre pianista) o delantero centro del Ajax. Hay gente que lo mismo sirve para un roto que para un descosido.

Al año siguiente le llegó el nombramiento de capitán en la reserva y nació su segundo hijo.

En 1915, con treinta y un años, consiguió el cargo de Director de Obras Públicas en Hilversum, municipio al que quedó vinculado de por vida (y fue larga: murió meses antes de cumplir noventa años).

Ayuntamiento de Hilversum. 1931. Willem Marinus Dudok

Además de hacer el Ayuntamiento de Hilversum (obra maestra de la arquitectura de todos los tiempos), Dudok participó en los planes de ordenación de la ciudad, proyectó sus colegios, sus barrios residenciales, centros comerciales, etc., con una calidad arquitectónica apabullante.

He viajado muy poco, pero tengo la suerte de haber estado en Hilversum. Es una ciudad estupenda, coherente, limpia, clara, hermosísima. Desde sus exactos trazados urbanos hasta el más humilde porche para bicicletas de su más modesta escuela infantil, rezuma encanto, belleza, simpatía y talento por todas partes.

Izquierda
1. Stip Hilversum
2. Escuela del Dr Bavinck, Hilversum, 1921
Derecha
1. Escuela Vondel, Hilversum, 1929
2. Escuela en Hilversum School, 1920-38

Dudok hizo una obra magnífica, que supo concertar las dos corrientes antitéticas de Holanda: Por una parte, su obra se hace eco de la plasticidad (la neoplasticidad) de De Stijl, con sus ángulos rectos, sus planos que “se pasan de largo” en los encuentros, volando y disparándose, abriendo la caja constructiva; y, por otra, toma el expresionismo de la Escuela de Ámsterdam, con sus volúmenes de ladrillo, sus formas rotundas y su “tremendismo”. Tanto es así que, sin ser miembro de ninguno de los dos grupos, a menudo se le encuadra tanto en uno como en otro. Y eso que no tenían nada que ver.

¿Nada que ver? Bueno: Los dos movimientos adoraban a Frank Lloyd Wright.

Berlage, el padre o padrastro de todos los arquitectos holandeses del siglo XX, era un admirador incondicional de Wright. Construyó el estupendo edificio de la Bolsa, en Ámsterdam, loando el edificio Larkin del maestro americano.

Los “hijos” de Berlage, como todos los hijos, aun admirando al padre le negaron, le llamaron viejo chocho y gagá. Para De Stijl, su obra estaba lastrada por el ornamento, por la pesadez, y no era lo suficientemente limpia ni racional. Para los de la Escuela de Ámsterdam era todo lo contrario: demasiado poco expresivo, poco “airoso”, poco ornamentado.

Pero ambas corrientes coincidieron en fijarse en el modelo, en Wright. El americano es en sí mismo una enciclopedia de la arquitectura, y una farmacia para todas las enfermedades. De sus bien provistos estantes todos tomaron la medicina que necesitaban, incluso para tomar caminos opuestos.

Dos diseños juveniles de Dudok, expresionistas y “berlagianos”, previos a su depuración post-wrigtiana filtrada por De Stijl.

Pero el bueno de Dudok, arquitecto de segunda fila, de perfil bajo, de aspiraciones modestas, sin las pretensiones trascendentes de unos y de otros, se limitó a tomar lo que necesitaba (y lo que necesitábamos todos). Con sensatez y sentido común, y con una delicadeza exquisita (virtudes nada adecuadas para ser un artista de vanguardia, pero imprescindibles para ser una persona buena, útil, sociable y valiosa) aprendió de Wright la expresividad basada en la geometría, y la apertura plástica y espacial, y, sobre todo, supo filtrar esas enseñanzas wrightianas a través de las obras dispares de sus compatriotas.

Fue, por lo tanto, un ecléctico. No un creador, no uno de los grandes, de los que dan nombre a los estilos y encabezan las corrientes. Fue un artesano, que se suele decir con desprecio.

(Aun hoy, si hojeáis cualquier libro de historia de la arquitectura moderna, le encontraréis de pasada, en letra pequeña, en apariciones tangenciales, secundarias. Pero le encontraréis).

Ayuntamiento de Hilversum. 1931. Willem Marinus Dudok

Y ojalá hubiera muchas ciudades como Hilversum, que se pudieran dar el lujazo de tener un arquitecto municipal de esa categoría.

Argan dice que Dudok consigue ser municipal sin ser provinciano. Estoy completamente de acuerdo. Y añadiré que desde lo local se hace universal. (En realidad solo alcanza la categoría de universal lo que es estrictamente local, como Don Quijote, Sean Thornton o Iker Casillas).

Ojalá hubiera algún político así, que fuera capaz de aunar tendencias divergentes y de dar soluciones prácticas y felices.

José Ramón Hernández Correa
Doctor Arquitecto y autor de Arquitectamos locos?
Toledo · mayo 2012

José Ramón Hernández Correa

Nací en 1960. Arquitecto por la ETSAM, 1985. Doctor Arquitecto por la Universidad Politécnica, 1992. Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno. Ahora estoy algo cansado, pero sigo atento y curioso.

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