[:es]
Será muy difícil olvidar la primera vez que vi El acorazado Potemkin, la película dirigida por Serguéi M. Eisenstein en 1925, fue a finales de los años setenta en una fiesta organizada por el recién legalizado Partido Comunista de España, en el interior del Castillo de la Luz, en lo que ahora es la Fundación de Arte y Pensamiento Martín Chirino. Es complicado olvidarlo, porque en aquel momento se relacionaron un documento audiovisual fundamental para la cultura de la humanidad, con una edificación que es parte importante del acervo edificatorio del país, dos patrimonios aparentemente sin relación, pero que siempre han estado unidos.
Pero lo mejor es empezar por el principio. En sus orígenes, el cine se exhibió en cafés, barracas de feria y otros locales que se habilitaron para colocar un proyector, sillas y una pantalla, pero pronto se comenzaron a usar teatros y, sobre todo, a construir edificios específicos para esas proyecciones, en todas las grandes ciudades alrededor del planeta; estos edificios, que en español se denominaron cines, asimilando su nombre al del espectáculo, tipológicamente eran muy parecidos a los teatros, pero prescindiendo de su escenario, una gran sala con las butacas dispuestas mirando hacia una sola pantalla, que en algunos casos gracias a su tamaño y decoración se convirtieron en palacios, donde los ciudadanos acudían con frecuencia, pudiendo relacionarse entre ellos.
Los cines son las edificaciones relacionadas con el espectáculo cinematográfico más conocidas en general, pero no fueron las únicas, también se construyeron pronto estudios donde se filmaban las películas, que en muchos casos debido a sus infraestructuras y equipamientos, eran casi como ciudades independientes dentro de las poblaciones donde se encontraban. Estas instalaciones fueron las primeras en ir desapareciendo, debido a la comercialización de emulsiones más sensibles que permitían rodar en el exterior y, sobre todo, por una cuestión urbanística, porque aunque en sus orígenes estaban situados en las afueras de las ciudades en terrenos rústicos, cuando estas crecieron y los alcanzaron se convirtieron en bolsas de suelo urbano cuyo valor se incrementó exponencialmente siendo devorados por la especulación inmobiliaria. Algunos estudios se convirtieron en parques temáticos sobre las películas que se rodaron en sus instalaciones, aunque la mayoría de su patrimonio formado por los decorados se destruía o se reciclaba, por lo que lo mostrado en estos parques hubo de ser construido de nuevo, perdiendo su autenticidad, lo que parece no importarle a los miles de turistas que los visitan cada año.
Los grandes cines también han ido desapareciendo, primero se fragmentaron convirtiéndose en multisalas, después se incluyeron dentro de nuevos centros comerciales, quitándoles importancia al transformarlos en otro de los locales comerciales que albergaban y recientemente incluso estos últimos han ido perdiendo espectadores, debido a la popularización de los contenidos multimedia servidos por streaming en ordenadores y televisores, que penetran directamente en los hogares.
La imagen en movimiento además ha servido para documentar la existencia de edificaciones ya desaparecidas, pero que todavía pueden verse en las pantallas, aunque muchas veces también se transformaron para servir a los argumentos cinematográficos. Lo curioso es que hoy en día haya edificios que por haber aparecido a veces en una sola película o en una serie de televisión, son visitados por turistas logrando que, por este hecho a veces casual, se conserven incluso mejor que otros edificios más interesantes arquitectónicamente, pero que no tuvieron la suerte de estar unidos a una ficción audiovisual popular.
El patrimonio cinematográfico es muy delicado, por culpa de la fragilidad del soporte de las películas, el nitrato de celulosa que se usó desde la década de los noventa del siglo XIX hasta los primeros años cincuenta del siglo pasado, arde por combustión espontánea a la temperatura ambiente de cuarenta grados centígrados, y el triacetato de celulosa empleado a continuación, desde primeros años de la década de los cincuenta hasta los ochenta se desecaba degradándose tanto que no podía ser proyectada; la digitalización ha mejorado estos problemas, pero aún es pronto para saber qué puede ocurrir con este soporte.
También hay que tener en cuenta que gran parte del cine mudo ha desaparecido, no solo por culpa de los incendios, sino además porque se consideró que aquellas películas innovadoras en su momento, ya se habían quedado obsoletas y no tenían interés, como si se hubieran destruido cuadros de pintores “primitivos” por no conocer las reglas de la perspectiva; además la celulosa de las cintas se podía reciclar para convertirla en peines y otros objetos domésticos; que hoy en día no tienen interés alguno, habiéndose perdido para siempre imágenes de un mundo desaparecido e historias que contaban los problemas y expectativas de generaciones, que ya no pueden volver a narrarlas y jamás podremos saber como eran.
Desde hace mucho tiempo las filmotecas serias han adoptado el criterio de recuperar y conservar todos los contenidos audiovisuales, desde una cinta familiar hasta una superproducción, porque cualquiera de ellos, por muy poco interesante que parezca en un momento histórico determinado, es un documento imprescindible para conocer y analizar la historia. Evidentemente es imposible conservar todas las edificaciones, ya que las nuevas se suelen construir en los solares donde estaban las antiguas, es inevitable que las ciudades se transformen y desarrollen, mientras las necesidades humanas sigan evolucionando, lo triste es que muchas veces esa transformación y desarrollo, que provoca la desaparición del patrimonio arquitectónico, se produzca más por causa de necesidades económicas que para el bienestar de los ciudadanos.
Jorge Gorostiza, Doctor arquitecto.
Santa Cruz de Tenerife, septiembre 2018
Autor del blog Arquitectura+Cine+Ciudad
Nota: El lunes 1 de octubre 2018 impartí una conferencia, titulada como esta entrada, «Cine y patrimonio arquitectónico», en la Fundación de Arte y Pensamiento Martín Chirino, dentro de la IV Semana de Arquitectura, organizada por el Colegio de Arquitectos de Gran Canaria, junto con esa Fundación. A raíz de la conferencia, me solicitaron que escribiese un texto para el diario grancanario La Provincia, que se publicó dentro de su estupendo suplemento de cultura.
[:gl]
Será moi difícil esquecer a primeira vez que vin O acoirazado Potemkin, a película dirixida por Serguéi M. Eisenstein en 1925, foi a finais dos anos setenta nunha festa organizada polo recentemente legalizado Partido Comunista de España, no interior do Castelo da Luz, no que agora é a Fundación de Arte e Pensamento Martín Chirino. É complicado esquecelo, porque naquel momento relacionáronse un documento audiovisual fundamental para a cultura da humanidade, cunha edificación que é parte importante do acervo edificatorio do país, dous patrimonios aparentemente sen relación, pero que sempre estiveron unidos.
Pero o mellor é empezar polo principio. Nas súas orixes, o cinema exhibiuse en cafés, barracas de feira e outros locais que se habilitaron para colocar un proxector, cadeiras e unha pantalla, pero pronto se comezaron a usar teatros e, sobre todo, a construír edificios específicos para esas proxeccións, en todas as grandes cidades ao redor do planeta; estes edificios, que en español denomináronse cinemas, asimilando o seu nome ao do espectáculo, tipolóxicamente eran moi parecidos aos teatros, pero prescindindo do seu escenario, unha gran sala coas butacas dispostas mirando cara a unha soa pantalla, que nalgúns casos grazas ao seu tamaño e decoración convertéronse en palacios, onde os cidadáns acudían con frecuencia, podendo relacionarse entre eles.
Os cinemas son as edificacións relacionadas co espectáculo cinematográfico máis coñecidas en xeral, pero non foron as únicas, tamén se construíron pronto estudos onde se filmaban as películas, que en moitos casos debido ás súas infraestruturas e equipamentos, eran case como cidades independentes dentro das poboacións onde se atopaban. Estas instalacións foron as primeiras en ir desaparecendo, debido á comercialización de emulsiones máis sensibles que permitían rodar no exterior e, sobre todo, por unha cuestión urbanística, porque aínda que nas súas orixes estaban situados nos arredores das cidades en terreos rústicos, cando estas creceron e alcanzáronos convertéronse en bolsas de chan urbano cuxo valor se incrementou exponencialmente sendo devorados pola especulación inmobiliaria. Algúns estudos convertéronse en parques temáticos sobre as películas que se rodaron nas súas instalacións, aínda que a maioría do seu patrimonio formado polos decorados destruíase ou se reciclaba, polo que o mostrado nestes parques houbo de ser construído de novo, perdendo a súa autenticidade, o que parece non importarlle aos miles de turistas que os visitan cada ano.
Os grandes cinemas tamén foron desaparecendo, primeiro se fragmentaron converténdose en multisalas, despois incluíronse dentro de novos centros comerciais, quitándolles importancia ao transformalos noutro dos locais comerciais que albergaban e recentemente mesmo estes últimos foron perdendo espectadores, debido á popularización dos contidos multimedia servidos por streaming en computadores e televisores, que penetran directamente nos fogares.
A imaxe en movemento ademais serviu para documentar a existencia de edificacións xa desaparecidas, pero que aínda poden verse nas pantallas, aínda que moitas veces tamén se transformaron para servir aos argumentos cinematográficos. O curioso é que hoxe en día haxa edificios que por aparecer ás veces nunha soa película ou nunha serie de televisión, son visitados por turistas logrando que, por este feito ás veces casual, consérvense incluso mellor que outros edificios máis interesantes arquitectónicamente, pero que non tiveron a sorte de estar unidos a unha ficción audiovisual popular.
O patrimonio cinematográfico é moi delicado, por culpa da fraxilidade do soporte das películas, o nitrato de celulosa que se usou desde a década dos noventa do século XIX ata os primeiros anos cincuenta do século pasado, arde por combustión espontánea á temperatura ambiente de corenta graos centígrados, e o triacetato de celulosa empregado a continuación, desde primeiros anos da década dos cincuenta ata os oitenta se desecaba degradándose tanto que non podía ser proxectada; a dixitalización mellorou estes problemas, pero aínda é pronto para saber que pode ocorrer con este soporte.
Tamén hai que ter en conta que gran parte do cinema mudo ha desaparecido, non só por culpa dos incendios, senón ademais porque se considerou que aquelas películas innovadoras no seu momento, xa se quedaron obsoletas e non tiñan interese, coma se destruíronse cadros de pintores “primitivos” por non coñecer as regras da perspectiva; ademais a celulosa das cintas podíase reciclar para convertela en peites e outros obxectos domésticos; que hoxe en día non teñen interese algún, perdéndose para sempre imaxes dun mundo desaparecido e historias que contaban os problemas e expectativas de xeracións, que xa non poden volver narralas e xamais poderemos saber como eran.
Desde hai moito tempo as filmotecas serias adoptaron o criterio de recuperar e conservar todos os contidos audiovisuais, desde unha cinta familiar ata unha superproducción, porque calquera deles, por moi pouco interesante que pareza nun momento histórico determinado, é un documento imprescindible para coñecer e analizar a historia. Evidentemente é imposible conservar todas as edificacións, xa que as novas adóitanse construír nos solares onde estaban as antigas, é inevitable que as cidades se transformen e desenvolvan, mentres as necesidades humanas sigan evolucionando, o triste é que moitas veces esa transformación e desenvolvemento, que provoca a desaparición do patrimonio arquitectónico, prodúzase máis por causa de necesidades económicas que para o benestar dos cidadáns.
Jorge Gorostiza, Doutor arquitecto.
Santa Cruz de Tenerife, setembro 2018
Autor do blogue Arquitectura+Cine+Ciudad
Nota: O luns 1 de outubro 2018 impartín unha conferencia, titulada coma esta entrada, «Cinema e patrimonio arquitectónico», na Fundación de Arte e Pensamento Martín Chirino, dentro da IV Semana de Arquitectura, organizada polo Colexio de Arquitectos de Gran Canaria, xunto con esa Fundación. A raíz da conferencia, solicitáronme que escribise un texto para o diario grancanario La Provincia, que se publicou dentro de seu estupendo suplemento de cultura.
[:en]
It will be very difficult to forget the first time I saw The battleship Potemkin, the film directed by Sergei M. Eisenstein in 1925, was at the end of the seventies in a party organized by the newly legalized Communist Party of Spain, inside the Castle of La Luz, in what is now the Martín Chirino Art and Thought Foundation. It is difficult to forget it, because at that time an audiovisual document fundamental for the culture of humanity was related, with a building that is an important part of the building heritage of the country, two patrimonies apparently unrelated, but which have always been united.
But the best thing is to start at the beginning. In its origins, the cinema was shown in cafes, fairgrounds and other premises that were enabled to place a projector, chairs and a screen, but soon began to use theaters and, above all, to build specific buildings for these projections, in all the big cities around the planet; these buildings, which in Spanish were called cinemas, assimilating their name to the one of the spectacle, typologically they were very similar to the theaters, but ignoring their stage, a great room with the seats arranged looking towards a single screen, that in some cases thanks to their size and decoration became palaces, where citizens came frequently, being able to relate to each other.
The cinemas are the buildings related to the best-known film show in general, but they were not the only ones. Studios were also built soon where the films were filmed, which in many cases due to their infrastructures and facilities, were almost like independent cities within the populations where they were. These facilities were the first to be disappearing, due to the commercialization of more sensitive emulsions that allowed to roll abroad and, above all, for an urban issue, because although in their origins they were located on the outskirts of cities on rustic land, when these grew and reached them they became bags of urban land whose value increased exponentially being devoured by real estate speculation. Some studios turned into theme parks about the films that were shot in their facilities, although most of their heritage formed by the sets was destroyed or recycled, so what was shown in these parks had to be built again, losing its Authenticity, which does not seem to matter to the thousands of tourists who visit them every year.
The large cinemas have also been disappearing, first fragmented into multiplexes, then were included in new shopping centers, taking away their importance to transform them into another of the commercial premises they housed and recently even these latter have been losing viewers, due to the popularization of the multimedia contents served by streaming on computers and televisions, which penetrate directly into homes.
The moving image has also served to document the existence of buildings that have already disappeared, but which can still be seen on the screens, although they were also often transformed to serve the cinematographic arguments. The funny thing is that nowadays there are buildings that have sometimes appeared in a single movie or in a television series, are visited by tourists making, by this fact sometimes casual, are even better preserved than other buildings more interesting architecturally , but who were not lucky enough to be linked to a popular audiovisual fiction.
The cinematographic heritage is very delicate, because of the fragility of the support of the films, the cellulose nitrate that was used from the nineties of the nineteenth century until the first fifties of the last century, burns by spontaneous combustion at the temperature environment of forty degrees Celsius, and the cellulose triacetate used then, from the early fifties to the eighties was drying out so degraded that it could not be projected; Digitization has improved these problems, but it is still early to know what can happen with this support.
We must also bear in mind that much of the silent film has disappeared, not only because of the fires, but also because it was considered that those innovative films at the time, had already become obsolete and had no interest, as if they had destroyed pictures of “primitive” painters for not knowing the rules of perspective; in addition, the cellulose from the tapes could be recycled into combs and other domestic objects; that today they have no interest whatsoever, having lost forever images of a vanished world and stories that told the problems and expectations of generations, who can no longer narrate them and we can never know what they were like.
For a long time, serious film libraries have adopted the criterion of recovering and preserving all audiovisual content, from a familiar tape to an overproduction, because any of them, no matter how uninteresting it may seem at a given historical moment, is an essential document for Know and analyze the story. Obviously it is impossible to keep all the buildings, since the new ones are usually built in the lots where the old ones were, it is inevitable that the cities are transformed and developed, while human needs continue to evolve, the sad thing is that many times that transformation and development , which causes the disappearance of the architectural heritage, occurs more because of economic needs than for the welfare of citizens.
Jorge Gorostiza, PhD architect.
Santa Cruz de Tenerife, september 2018
Author of the blog Arquitectura+Cine+Ciudad
Note: On Monday, October 1, 2018, I gave a lecture entitled «Cinema and Architectural Heritage» at the Martín Chirino Art and Thought Foundation, as part of the IV Architecture Week, organized by the College of Architects of Gran Canaria. together with that Foundation. As a result of the conference, I was asked to write a text for La Gran Canaria newspaper La Provincia, which was published in its great culture supplement.
[:]




