Iniciofaro¿Para qué mejor calidad de vida urbana? | Óscar Tenreiro DegwitzPara que...

[:es]¿Para qué mejor calidad de vida urbana? | Óscar Tenreiro Degwitz[:gl]Para que mellor calidade de vida urbana? | Óscar Tenreiro Degwitz[:en]For what better quality of urban life? | Óscar Tenreiro Degwitz[:]

[:es]

¿Cuál es la ciudad que queremos para hacer mejores ciudadanos? | Óscar Tenreiro Degwitz
¿Cuál es la ciudad que queremos para hacer mejores ciudadanos? | Óscar Tenreiro Degwitz | Fuente: oscartenreiro.com

Tendemos a no pensar la ciudad, o dicho de otra manera, a no pensar en la ciudad, sino en términos de gratificación o de conflicto. La ciudad nos agrada, nos acoge, nos estimula, o la ciudad nos rechaza, es negativa, se cierra a nuestra sensibilidad. Por eso somos capaces de ver en ella, por una parte a lo brillante o atractivo, a lo digno de ser “paisaje” en el sentido que los niños le dan a la palabra; es decir, algo bonito. Y como contraste, a lo caótico, lo conflictivo, lo absurdo, lo que sentimos como una negación y generalmente quisiéramos ocultar cuando no es parte de una conversación de las que hoy en día todo venezolano tiene sobre la crisis de deterioro que vivimos. De resto, en cierto modo la ciudad “pasa” por nosotros o nosotros “pasamos” por ella, sin que percibamos los matices, las inflexiones. Y por eso, por esa falta de discriminación, por esa ausencia de observación aguda, la mayor parte de las personas que la ciudad habitan son incapaces de reconocer su propio y personal punto de vista sobre lo que la rodea en ese ambiente tan complejo que es la ciudad contemporánea. Carecen de “posición”, son capaces de aceptar demasiado de lo malo o conformarse con muy poco de lo hermoso.

Y uno como arquitecto tiene el deseo persistente de despertar en la gente una mayor sensibilidad acerca de lo que la ciudad nos enseña como fenómeno físico es decir, a partir de la visión que tengo de ella como construcción, porque la ciudad como realización de una sociedad condiciona la existencia del hombre moderno y determina de la manera más intensa patrones de conducta, hábitos, respuestas a los estímulos, que terminan siendo parte integrante, inseparable, de una actitud ante el mundo. Todos sabemos además, y por sabido no lo hacemos notar, que esos patrones de conducta individuales irrumpen en la dinámica de la vida familiar.

Uno está también obligado a evitar que se olvide; y nuestro periodismo diario lo hace con la misma frecuencia con la que lo hace el discurso técnico del urbanismo tradicional, que la ciudad como fenómeno físico es algo más que tráfico, servicios públicos, regulaciones de la construcción, densidades de vivienda más altas o más bajas, contaminación o pureza del aire, aspectos todos del fenómeno urbano cuya percepción parece estar más al alcance de la generalidad de las personas; sino también belleza, atmósfera, color, proporciones, equilibrio, disfrute del paisaje que ella misma genera; hablamos de los valores de la arquitectura pero también de las cosas del espíritu podríamos decir, aspectos que se tienden a dejar de lado cuando se exige o se juzga la acción pública sobre la ciudad, y que sin embargo inciden directamente en el núcleo íntimo donde se desenvuelve nuestra vida: en la familia, en el pequeño mundo en el que nacen y crecen nuestros más caros afectos.

Podemos decir entonces, resumiendo, que los patrones de conducta de la familia, dentro de ella misma o desde ella hacia fuera, están fuertemente determinados por la ciudad como construcción, como arquitectura. Y que además de nuestros temas más conocidos como el transporte, las dificultades de circulación, el dominio de la delincuencia, o la ausencia de servicios públicos dignos, hay otros aspectos más subjetivos, más vinculados con nuestra intimidad, que tienen un peso decisivo en esa determinación.

Pero si en eso podemos ponernos de acuerdo, resulta más difícil aceptar que haya diferencias, por ejemplo, en igualdad de condiciones económicas, entre la familia A que vive en algún barrio sometido a los dificultades típicas de la marginalidad y la B, que vive en un sector urbano más consolidado, con menos contaminación sónica, con espacio público más accesible para los juegos infantiles o un mínimo esparcimiento adulto, menos expuesto a la violencia criminal. Una diferencia que a la familia A podría llevarla a desarrollar, hablando en términos psicológicos, una particular patología, un patrón de conducta sui-generis, en cierto modo incivilizado, ajeno a la convivencia. Reconoceríamos en ella algo así como un “peso negativo” si se tratase de compararla con la familia B.

Pero por más difícil que sea, eso es exactamente lo que se reconoce hoy en el mundo en general cuando se lucha por lo que se llama “una mejor calidad de vida urbana”: hay consenso en que la mayor o menor calidad de la vida urbana incide en la conducta ciudadana. Ya no se discute que una mejor ciudad, en la que tanto los aspectos utilitarios como los que contribuyen al bienestar psicológico del individuo y de su núcleo familiar se convierten en objetivo prioritario de la acción pública, es el instrumento más importante para estimular el desarrollo de mejores seres humanos, de mejores ciudadanos. Se reconoce tácitamente que hay “diferencias” entre ciudadanos dependiendo del ambiente urbano en el que transcurre su vida individual y familiar. Esas diferencias no se refieren a capacidades personales, sino que pertenecen al espacio de la “cultura” entendiendo aquí por cultura el modo de convivir en la ciudad, el modo de interrelacionarse con los otros, el modo de hacer suyo lo público, el modo de ocupar la “civitas¨. Es una diferencia parecida a la que se establece en términos de derecho internacional entre naciones desarrolladas y de menor desarrollo relativo.

Ese concepto bien simple no lo ha entendido nuestra revolución de pacotilla. Ni siquiera ha podido vincular su discurso del “hombre nuevo” con su responsabilidad por promover una mejora radical de la vida en ciudad. En nueve años de poder lo que ha producido es erosión del espacio público, degradación, olvido y abandono, particularmente en la capital. Sigue obnubilada por conceptos que eran “revolucionarios” en el siglo diecinueve, palabras vanas que no tienen correspondencia en la acción. No ha podido situarse en su tiempo histórico.

Y si a esta locura caudillesca y militarista debe suceder una mayor lucidez, una mejor vida en la ciudad tiene que ser un objetivo central. Ojalá lo entienda el mundo político.

Óscar Tenreiro Degwitz, Arquitecto.
Venezuela, enero 2008,
Entre lo Cierto y lo Verdadero

[:gl]

¿Cuál es la ciudad que queremos para hacer mejores ciudadanos? | Óscar Tenreiro Degwitz
Cal é a cidade que queremos para facer mellores cidadáns? | Óscar Tenreiro Degwitz | Fonte: oscartenreiro.com

Tendemos a non pensar a cidade, ou devandito doutra maneira, a non pensar na cidade, senón en termos de gratificación ou de conflito. A cidade agrádanos, acóllenos, estimúlanos, ou a cidade rexéitanos, é negativa, péchase á nosa sensibilidade. Por iso somos capaces de ver nela, por unha banda ao brillante ou atractivo, ao digno de ser “paisaxe” no sentido que os nenos lle dan á palabra; é dicir, algo bonito. E como contraste, ao caótico, o conflitivo, o absurdo, o que sentimos como unha negación e xeralmente quixésemos ocultar cando non é parte dunha conversación das que hoxe en día todo venezolano ten sobre a crise de deterioración que vivimos. De resto, en certo xeito a cidade “pasa” por nós ou nós “pasamos” por ela, sen que percibamos os matices, as inflexións. E por iso, por esa falta de discriminación, por esa ausencia de observación aguda, a maior parte das persoas que a cidade habitan son incapaces de recoñecer o seu propio e persoal punto de vista sobre o que a rodea nese ambiente tan complexo que é a cidade contemporánea. Carecen de “posición”, son capaces de aceptar demasiado do malo ou conformarse con moi pouco do fermoso.

E un como arquitecto ten o desexo persistente de espertar na xente unha maior sensibilidade acerca do que a cidade nos ensina como fenómeno físico é dicir, a partir da visión que teño dela como construción, porque a cidade como realización dunha sociedade condiciona a existencia do home moderno e determina da maneira máis intensa patróns de conduta, hábitos, respostas aos estímulos, que terminan sendo parte integrante, inseparable, dunha actitude ante o mundo. Todos sabemos ademais, e por sabido non o facemos notar, que eses patróns de conduta individuais irrompen na dinámica da vida familiar.

Un está tamén obrigado a evitar que se esqueza; e o noso xornalismo diario faio coa mesma frecuencia coa que o fai o discurso técnico do urbanismo tradicional, que a cidade como fenómeno físico é algo máis que tráfico, servizos públicos, regulacións da construción, densidades de vivenda máis altas ou máis baixas, contaminación ou pureza do aire, aspectos todos do fenómeno urbano cuxa percepción parece estar máis ao alcance da xeneralidade das persoas; senón tamén beleza, atmosfera, cor, proporcións, equilibrio, #gozar da paisaxe que ela mesma xera; falamos dos valores da arquitectura pero tamén das cousas do espírito poderiamos dicir, aspectos que se tenden a deixar de lado cando se esixe ou se xulga a acción pública sobre a cidade, e que con todo inciden directamente no núcleo íntimo onde se desenvolve a nosa vida: na familia, no pequeno mundo no que nacen e crecen os nosos máis caros afectos.

Podemos dicir entón, resumindo, que os patróns de conduta da familia, dentro dela mesma ou desde ela cara a fóra, están fortemente determinados pola cidade como construción, como arquitectura. E que ademais dos nosos temas máis coñecidos como o transporte, as dificultades de circulación, o dominio da delincuencia, ou a ausencia de servizos públicos dignos, hai outros aspectos máis subxectivos, máis vinculados coa nosa intimidade, que teñen un peso decisivo nesa determinación.

Pero se niso podemos poñernos de acordo, resulta máis difícil aceptar que haxa diferenzas, por exemplo, en igualdade de condicións económicas, entre a familia A que vive nalgún barrio sometido aos dificultades típicas da marxinalidade e a B, que vive nun sector urbano máis consolidado, con menos contaminación sónica, con espazo público máis accesible para os xogos infantís ou un mínimo esparexemento adulto, menos exposto á violencia criminal. Unha diferenza que á familia para podería levala a desenvolver, falando en termos psicolóxicos, unha particular patoloxía, un patrón de conduta sui- generis, en certo xeito incivilizado, alleo á convivencia. Recoñeceriamos nela algo así como un “peso negativo” se se tratase de comparala coa familia B.

Pero por máis difícil que sexa, iso é exactamente o que se recoñece hoxe no mundo en xeral cando se loita polo que se chama “unha mellor calidade de vida urbana”: hai consenso en que a maior ou menor calidade da vida urbana incide na conduta cidadá. Xa non se discute que unha mellor cidade, na que tanto os aspectos utilitarios como os que contribúen ao benestar psicolóxico do individuo e do seu núcleo familiar convértense en obxectivo prioritario da acción pública, é o instrumento máis importante para estimular o desenvolvemento de mellores seres humanos, de mellores cidadáns. Recoñécese tácitamente que hai “diferenzas” entre cidadáns dependendo do ambiente urbano no que transcorre a súa vida individual e familiar. Esas diferenzas non se refiren a capacidades persoais, senón que pertencen ao espazo da “cultura” entendendo aquí por cultura o modo de convivir na cidade, o modo de interrelacionarse cos outros, o modo de facer seu o público, o modo de ocupar a “ civitas¨. É unha diferenza parecida á que se establece en termos de dereito internacional entre nacións desenvolvidas e de menor desenvolvemento relativo.

Ese concepto ben simple non o entendeu a nosa revolución de pacotilla. Nin sequera puido vincular o seu discurso do “home novo” coa súa responsabilidade por promover unha mellora radical da vida en cidade. En nove anos de poder o que produciu é erosión do espazo público, degradación, esquecemento e abandono, particularmente na capital. Segue obnubilada por conceptos que eran “revolucionarios” no século dezanove, palabras vas que non teñen correspondencia na acción. Non puido situarse no seu tempo histórico.

E se a esta tolemia caudillesca e militarista debe suceder unha maior lucidez, unha mellor vida na cidade ten que ser un obxectivo central. Oxalá o entenda o mundo político.

Óscar Tenreiro Degwitz, Arquitecto.
Venezuela, enero 2008,
Entre lo Cierto y lo Verdadero

[:en]

¿Cuál es la ciudad que queremos para hacer mejores ciudadanos? | Óscar Tenreiro Degwitz
What is the city we want to make better citizens? | Óscar Tenreiro Degwitz | Source: oscartenreiro.com

We tend not to think about the city, or in other words, not to think about the city, but in terms of gratification or conflict. The city pleases us, welcomes us, stimulates us, or the city rejects us, is negative, closes our sensibility. That is why we are able to see in it, on the one hand the bright or attractive, what is worthy of being «landscape» in the sense that children give to the word; that is, something beautiful. And in contrast, to the chaotic, the conflictive, the absurd, what we feel as a negation and we would generally like to hide when it is not part of a conversation that all Venezuelan people have today about the deteriorating crisis we are experiencing. Of rest, in a certain way the city «passes» for us or we «pass» through it, without perceiving the nuances, the inflections. And for that reason, for that lack of discrimination, for that absence of acute observation, most of the people that the city inhabits are incapable of recognizing their own personal point of view about what surrounds them in that complex environment that is the contemporary city. They lack «position», are able to accept too much of the bad or settle for very little of the beautiful.

And one as an architect has the persistent desire to awaken in people a greater sensitivity about what the city teaches us as a physical phenomenon, that is, from the vision that I have of it as a construction, because the city as the realization of a society it conditions the existence of modern man and determines in the most intense way patterns of behavior, habits, responses to stimuli, which end up being an integral, inseparable part of an attitude towards the world. We all know in addition, and as we know it is not known, that these individual behavior patterns break into the dynamics of family life.

One is also obliged to avoid forgetting; and our daily journalism does it with the same frequency as the technical discourse of traditional urbanism, that the city as a physical phenomenon is more than just traffic, public services, construction regulations, higher or lower housing densities , pollution or purity of the air, all aspects of the urban phenomenon whose perception seems to be more accessible to the general public; but also beauty, atmosphere, color, proportions, balance, enjoyment of the landscape that it generates; we speak of the values of architecture but also of the things of the spirit we could say, aspects that tend to be set aside when public action on the city is demanded or judged, and yet which directly affect the intimate nucleus where It unfolds our life: in the family, in the small world in which our most expensive affections are born and grow.

We can say then, in summary, that the behavior patterns of the family, within itself or from it to the outside, are strongly determined by the city as a construction, as architecture. And in addition to our well-known issues such as transportation, traffic difficulties, the domain of crime, or the absence of decent public services, there are other more subjective aspects, more linked to our privacy, which have a decisive weight in that determination.

But if we can agree on that, it is more difficult to accept that there are differences, for example, in equal economic conditions, between the A family that lives in a neighborhood subject to the typical difficulties of marginality and B, who lives in a more consolidated urban sector, with less sonic pollution, with more accessible public space for children’s games or a minimum adult recreation, less exposed to criminal violence. A difference that could lead family A to develop, speaking in psychological terms, a particular pathology, a pattern of sui-generis behavior, in a certain way uncivilized, alien to coexistence. We would recognize in it something like a «negative weight» if it were to be compared with the B family.

But as difficult as it may be, that is exactly what is recognized today in the world in general when fighting for what is called «a better quality of urban life»: there is consensus that the greater or lesser quality of urban life it affects citizen behavior. It is no longer disputed that a better city, in which both the utilitarian aspects and those that contribute to the psychological well-being of the individual and his family become a priority objective of public action, is the most important instrument to stimulate the development of better human beings, better citizens. It is tacitly recognized that there are «differences» between citizens depending on the urban environment in which their individual and family lives. These differences do not refer to personal abilities, but belong to the space of «culture» understanding here by culture the way of living in the city, the way of interrelating with others, the way of making public what is theirs, the way of occupy the «civitas¨. It is a difference similar to that established in terms of international law between developed and less developed nations.

That simple concept has not been understood by our trash revolution. He has not even been able to link his «new man’s» discourse with his responsibility to promote a radical improvement of city life. In nine years of power, what it has produced is the erosion of public space, degradation, neglect and abandonment, particularly in the capital. It is still obscured by concepts that were «revolutionary» in the nineteenth century, vain words that have no correspondence in action. It has not been able to be placed in its historical time.

And if this caudillo-militarist madness should lead to greater lucidity, a better life in the city has to be a central objective. I hope it understands the political world.

Óscar Tenreiro Degwitz, Architect.
Venezuela, january 2008,
Entre lo Cierto y lo Verdadero

[:]

Óscar Tenreiro Degwitz
Óscar Tenreiro Degwitzhttps://oscartenreiro.com/
Es un arquitecto venezolano, nacido en 1939, Premio Nacional de Arquitectura de su país en 2002-2003, profesor de Diseño Arquitectónico por más de treinta años en la Universidad Central de Venezuela, quien paralelamente con su ejercicio ha mantenido ya por años presencia en la prensa de su país en un esfuerzo de comunicación hacia la gente en general de los puntos de vista del arquitecto acerca de los más diversos temas, entre los cuales figuran los agudos problemas políticos de una sociedad como la venezolana. Tenreiro practica así lo que el llama el “pensamiento desde y hacia la arquitectura”, insistiendo en que lo hace como arquitecto en ejercicio, para escapar de los estereotipos y cautelas propios de la “crítica arquitectónica”. Respecto a la cual no oculta su desconfianza, que explica recurriendo al aforismo de Nietzsche sobre el crítico de arte “que ve el arte desde cerca sin llegar a tocarlo nunca”.
ARTÍCULOS RELACIONADOS
ARTÍCULOS DEL AUTOR
0 0 votos
Article Rating
Suscribirse
Notificarme
guest
0 Comments
Los más recientes
Los más viejos Los más votados

Espónsor

Síguenos

23,683FansMe gusta
5,321SeguidoresSeguir
1,844SeguidoresSeguir
23,782SeguidoresSeguir

Promoción

También:

feedly

Columnistas destacados

Íñigo García Odiaga
87 Publicaciones0 COMENTARIOS
Antonio S. Río Vázquez
57 Publicaciones0 COMENTARIOS
José del Carmen Palacios Aguilar
54 Publicaciones0 COMENTARIOS
Aldo G. Facho Dede
50 Publicaciones0 COMENTARIOS