Intersección | Antonio S. Río Vázquez

«Con las últimas liras y el kilométrico salgo de la Termini de Roma y, de un tirón, llego a Coruña. He visto y oído, he pintado, he aprendido»

Andrés Fernández-Albalat

Todo camino debería llevarnos —por lo menos alguna vez— a Roma. Y allí, posiblemente, el camino pase por la estación Termini. «Una sola estación central para todo el ferrocarril que llegue a la capital», quedó establecido por decreto en 1856, señalando el comienzo de su historia moderna.

Estación de Termini en los años cincuenta | Archivio RomaTermini

En ocasiones, la importancia de un lugar viene dada por el significado de su denominación. Emplazada junto a las termas de Diocleciano, la estación terminal de Bianchi (1864) —tomando el modelo parisino de la Gare de l’Est— permitía desvelar otras arquitecturas presentes en Roma como la basílica o el arco triunfal, que reaparecían a través del hierro decimonónico. Termini se había convertido en un punto de encuentro, no sólo de pasajeros.

La primera Termini enseguida se convierte en la vieja Termini. Sobrevive al cambio de siglo pero la convulsa Europa de las primeras décadas del XX y las ideas imperiales del Duce demandan una nueva solución. Sin perder su condición de acceso monumental en la ciudad, era preciso reconvertirla en una estación moderna, transformar el final en un enlace, pasar del término al tránsito.

Así nace el remate de Mazzoni (1925), interrumpido y completado, a partir del concurso de 1947, con el proyecto Montuori (con Calini, Vitellozzi, Castellazzi, Fadigati y Pintonello). Evitando fracturas y discontinuidades, la estación se convierte en la integración de la imagen representativa anhelada por Mazonni con la magistral resolución del programa por parte de los ganadores del concurso.

Un resultado que se entiende principalmente en su sección, dónde se plantean cuatro espacios diferenciados formal y funcionalmente que obedecen a los nuevos usos de la estación: la galería de remate —transversal a las vías—, el bloque de oficinas, el atrio cubierto y la zona de recepción exterior. Estos dos últimos se cubren con la escultórica marquesina que recibe a los viajeros y abre la estación a la ciudad.

Termini dejaba de ser un extremo para convertirse en un cruce, en una intersección. Allí se encuentran los trenes con el metro y los autobuses, pero también están las tiendas, los restaurantes, la farmacia, la capilla… incluso es posible disfrutar de conciertos y exposiciones en su galería de arte. Lejos de ser un espacio anónimo, se transforma en un espacio con memoria o, como defiende su lema, en «un lugar para vivir».

Los viajeros que llegan a la ciudad, los que usan la estación como punto de enlace o los que simplemente atraviesan entre las calles Marsala y Giolitti, se encontrarán con una lección construida sobre la historia de Roma. Una historia que va desde las antiguas termas a la tipografía Futura presente en la señalética del siglo XXI.

Hace tiempo escribí, a la vuelta de Roma, que la ciudad era «un lienzo pintado, un mármol esculpido y un plano trazado» porque «se podía observar al mismo tiempo el resultado y el proceso, la inspiración y la crisis, la vida y la ruina». Al regresar he podido comprobar lo escrito, simplemente atravesando su estación.

antonio s. río vázquez . arquitecto
a coruña. marzo 2013

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