
Habitar en la escena es situarse en ese umbral que antecede a nuestra inquietud; es detenerse, con pausa consciente, frente a ese espacio tejido entre la atmósfera de nuestro ánimo y el lugar que precede al acto de habitar.
Habitar en la escena es construir mentalmente un instante de atención: una pausa emocional, un gesto de observación, de quietud corporal, de silencio singular. Es recomponer cada paso antes de darlo, viajar hacia dentro antes de iniciar el recorrido, pensar en la vida al atravesar los límites físicos de nuestros propios confines.
Habitar en la escena es generar una autonomía en la mirada, es templar los sentidos, es atender, es permanecer en ese primer paso, en la inminencia de todo movimiento que pueda brotar desde el interior o desde el exterior.
Es esperar a que la quietud del vacío nos acoja y se vuelva vínculo entre el mundo interior aún no revelado y el mundo exterior que nos empuja hacia lo desconocido.
Habitar en la escena es reconocerse parte de ambos mundos: aquel que se fragua en la boca del zaguán imaginado y aquel haz de luz que atraviesa nuestra huella.





