La funcionalidad, la comodidad, la moda y el lenguaje de los arquitectos | Antón Capitel

El manantial, de King Vidor (EE.UU, 1949)

¿Funcionalidad es lo mismo que comodidad? No señor, pueden perfectamente ser opuestos. En la etapa que vivimos se lleva la comodidad, y no tanto la funcionalidad, y así se sacrifica con frecuencia ésta a la otra, con malos resultados globales.

Un ejemplo expresivo es como, en muchos edificios, una de las puertas de un cortavientos, concebida para estar siempre cerrada, se bloquea por parte de los usuarios para que permanezca abierta y, así, pasar con comodidad; es decir, sin tener que abrirla, aún a pesar de que estas puertas se construyen para que sean de fácil apertura y se cierren solas. Con ello, el efecto de cortavientos desaparece y, así, la funcionalidad del pensado mecanismo se deshace. Pero no importa, pues la comodidad triunfa en esta época, sucesora de la moderna, que era funcional.

Puede verse el ejemplo en nuestra propia Escuela, donde el vestíbulo inmediato a la puerta principal, antes del grande, hace las veces de cortavientos de éste, con varias puertas de vaivén que funcionan perfectamente. Las de los dos extremos están normalmente bloqueadas para que permanezcan abiertas. Yo las cierro cuando paso, pero al rato, o al día siguiente –cuando yo las vuelvo a ver- están igual. En realidad, han sido ya tan forzadas que se quedan abiertas.

La sublimación de la comodidad y de la falta de funcionalidad son las puertas eléctricas que se abren ante la presencia de alguien, y que son una gran perversión arquitectónica y climática. Lo son porque quitan el efecto cortavientos, a no ser que lo sustituyan por una cortina de aire acondicionado. Es decir, gastan energía, a base de despreciar la mecánica al alcance de todo humano. Además funcionan fatal, porque si estás algo cerca se abren sin venir a cuento. Cuando uno espera en un aeropuerto, puede entretenerse paseando y viendo como la estúpida puerta se abre una y otra vez a tu paso, no muy cercano. Estas puertas deberían de prohibirse por ser tan idiotas como antiecológicas.

Pero vayamos a la moda. Hoy está de moda vestir mal, en aras de la comodidad, y para presumir de moderno y de no convencional, aunque uno sea más conservador y autoritario que la Aguirre, pues se lleva mucho el disfraz.

Como yo voy vestido –en invierno- más o menos de señor de los años 40 o 50, y como casi nadie va a así, me he preguntado porqué lo hago, y he analizado mi forma de vestir, pues no ha sido muy consciente, sino fruto del uso. En primer lugar está la americana, prenda elegante y cómoda, que se quita y cuelga con facilidad, y que se abrocha y desabrocha con botones, esto es que permite, controlar los matices de lo que te abrigas con mucha facilidad. Tiene, al menos, dos bolsillos grandes exteriores y otros dos interiores, en los que cabe el contenido de un bolso de señora de tamaño medio. Cierto es que muchísimos llevan americana, pero otros muchos no la llevan. ¿Qué hacen con las cosas? ¿Las llevan todas en el pantalón? Bien es cierto también que bastantes portan mochila, artefacto que ha emigrado del deporte a la vida ciudadana; pero, ¡vaya latazo!

Luego está la corbata o el pañuelo, que, alternativamente, llevo en invierno, para proteger la garganta y dar adecuado remate a la camisa que, sin uno de ellos, no lo tiene. Si no, tendrías que llevar camisa de cura, como hacen algunos orientales, o ir descamisado, cosa que sólo queda bien durante el clima benigno. Algunos llevan el botón superior de la camisa abrochado, lo que no quita el frío, pero trasmite una dignidad algo anticuada y rural. La corbata la llevo cuando me conviene, pero porque es una bufanda ligera, y como es funcional aunque algo incómoda, la sustituyo cuando me conviene por el pañuelo, una prenda masculina que casi se ha perdido, y que se puede quitar y guardar, o dejar colgando, con facilidad extrema. Observo que muchos llevan bajo la americana un jersey de cuello más o menos alto, en vez de corbata o pañuelo, pero eso supone que en los interiores has de quitarte la chaqueta o pasar calor, al menos yo, que no soy friolero. La corbata o el pañuelo permiten que no exista la bufanda, o que ésta se use sólo en casos extremos. Si no se llevan, la bufanda ha de usarse siempre si hace frío, aunque no haga mucho, y de ahí esas ostentosas bufandas, anudadas por fuera del abrigo, cosa que se ha convertido en una cuestión estilística, sustitutiva de la bufanda colgada o metida dentro del abrigo.

Luego está el abrigo. Tengo 4 o 5 piezas de abrigo distintas, pero, cuando hace verdadero frío –y como, por funcionalidad y por comodidad no llevo jersey- he decidido llevar uno de paño azul, el que tiene la imagen más convencional, pero porque es el que más abriga al ser de lana, y porque tiene botones, en vez de cremallera, artefactos muy funcionales pero muy incómodos con los que siempre mantengo encendidas peleas. La funcionalidad se deshace si la incomodidad es extrema.

Por último está el sombrero, flexible y de alas, que tantísimo se utilizaba antes, como vemos en las películas y conservamos en el recuerdo, y que ahora apenas se usa. A mí me encanta, y lo uso constantemente en invierno y cuando llueve. Para los que somos calvos es imprescindible en invierno, y en la lluvia es lo mejor. Mucho mejor que un paraguas y mejor que cualquier otro gorro, pues el ala completa te protege con extraordinaria eficacia.

Así, pues, voy en invierno disfrazado de señor de los años 40 o 50, pues he descubierto (sin darme mucha cuenta) que es lo más funcional y bastante cómodo. Es decir, parezco disfrazado porque casi nadie va así, pero, en realidad, no lo estoy. Los que van disfrazados son los demás. Van disfrazados de proletarios y de trabajadores manuales, de jóvenes, de excursionistas en el campo, de viajeros de domingo, de deportistas, de militares y policías en traje de faena,… Siguen una excesiva comodidad, poco funcional, pretexto que usan para buscar una imagen que les parece moderna y poco convencional, y que proclama sin embargo su cierta perplejidad. No van tan ridículos como los pobres ejecutivos que han de ir en el tórrido verano con chaqueta y corbata, pero están peligrosamente cerca de ellos, pues son igualmente esclavos de su propia imagen. Esto es, obedecen igualmente, sin demasiadas ventajas, a una cuestión de estilo. (Además, se pierden el buen trato que funcionarios y otros personajes suelen dar a quien va vestido de “señor”, por si acaso.)

Resulta, en fin, muy curiosa la moda de esta época, en la que casi todo el mundo va mal vestido precisamente por prejuicios estilísticos y sin conseguir con ello otra cosa que una imagen generalmente algo torpe, engañosa e ineficaz. Aunque hay muchas excepciones, desde luego, y desde distintos puntos de vista.

¿Será el espíritu de la época? Esta cosa rara, sin duda debe existir,…

Pero vamos ahora a otra cuestión, esta vez de lenguaje escrito. Siguiendo, naturalmente, la escritura inglesa –aunque esto sea propio de cualquier lengua- muchísima gente evita poner el signo de admiración al principio, incluso el de interrogación, como si esto fuera de una gran comodidad. Que es contrario a lo funcional resulta evidente. El castellano es el único idioma del mundo que pone dos signos de admiración y de interrogación, al principio y al final, y esto avisa del sentido de la frase desde el principio, acotándola además convenientemente, y evitando los equívocos y los retrasos de información que se producen en las demás lenguas. Quitar el del principio, como está ahora de moda, no da comodidad y quita funcionalidad. Eso sí, hace moderno. Pero no es elegante desde luego. No hay cosa más hortera que imitar a ingleses y a yanquis.

Cuadernos Summa-Nueva Visión

Sigamos, ahora con los errores de bulto en el lenguaje. “Concretizar”, se oye decir a veces. Casi todo el mundo sabe que este verbo no existe y que el único que vale es algo más corto, concretar. Creer que es más fino, o más expresivo, alargar las palabras, es una superstición, y casi siempre acaba en un error.

Entre los arquitectos se oye a veces “complejizar”, que también es errónea, además de muy fea, y que ha de sustituirse por “complicar”, si se quiere, o por “hacer más complejo”, si se empeña uno en emplear esta última forma. En castellano, si se quieren alargar las cosas para ser más retórico, generalmente se ha de aumentar la frase, no la palabra.

Pero esto merece mayor comentario, pues la palabras “complejidad” y “complejo” están mitificadas por los arquitectos, quizá desde que aquellos famosos cuadernos argentinos de Summa-Nueva Visión dedicaron uno a la complejidad y, desde luego, desde el libro de Venturi. Es decir, desde que la simplicidad racionalista dejó de ser un mito para ser sustituida por su contrario.

Sin embargo, y se crea lo que se crea, complicado y complejo son sinónimos. A parir del siglo XVI, algunos escritores culteranos duplicaron las palabras, generalmente basadas en los participios, inventando así “complejo”, directamente sacado del latín, para duplicar con un cultismo el castellano “complicado”, evolucionado desde la lengua latina. Hay muchos otros, como abstraído y abstracto, estrecho y estricto, etc.

Lo cierto es que complicado y complejo tienen su primera acepción como sinónima, aunque tengan también otras que les son específicas. El diccionario de la academia lo aclara así, y da como sinónimos también a las palabras “complicación” y “complejidad”, a las que define como “Dificultad o enredo procedentes de la concurrencia y encuentro de cosas diversas”.

Complicado se define como “de difícil comprensión” o “compuesto de gran número de piezas”. Complejo como “que se compone de elementos diversos”, “complicado” y “conjunto o unión de dos o más cosas”. Como bien se ve, muy parecidos, prácticamente iguales. Las diferencias son de matiz, que casi nunca se atiende; y son también, como siempre, una cuestión de estilo. La verdadera diferencia es que lo complicado es más dificultoso o intrincado y lo complejo es solamente compuesto.

Complejo tiene otras acepciones, y de ahí su uso diferenciado y no supersticioso. Tiene una acepción arquitectónica: complejo es un conjunto de edificios, por las buenas; y, más específicamente, industriales o fabriles y deportivos, o de lo que sea. Complejo es también un término psicológico o psicoanalítico, como es bien conocido.

Lo cierto es que complejo y complicado es lo mismo. Y me atrevería a decir que complicado resulta incluso casi siempre más adecuado para la arquitectura, que tiende a ser, en efecto, “de difícil comprensión” y “compuesta por gran número de piezas”. Y, también, que –como sabemos los proyectistas- es complicada en el sentido de difícil, no fácil de resolver, pues atiende a demasiados requisitos que no casan fácilmente entre sí. Sea como fuere, voy prefiriendo hablar más bien de complicado que de complejo al referirme a la arquitectura.

(Por cierto, decir “requerimientos” en vez de requisitos, que es la única palabra correcta, es otro error típico de los arquitectos. Es un anglicismo, que no se ha admitido en castellano, y que procede, creo yo, de la desafortunada traducción del libro “Complejidad y privacidad”, de Alexander y Chermaief. Al menos, en él está abundantemente. También ha de advertirse que “privacidad” es otro anglicismo, aunque éste se ha acabado admitiendo por el uso. Más correcto es decir “vida privada”. Ya lo decía Sáenz de Oíza al hablar del título de ese libro.)

Pero donde los arquitectos rizan el rizo es al emplear la palabra “tipología”. Dicen, sin pudor, cosas tales como: “éstas son las tipologías de las viviendas”, al enseñar, simplemente, las diversas plantas de las unidades de vivienda de un edificio. Cometen dos errores. El primero es que la terminación “logía” se refiere sin excepción a un estudio o tratado, o, acaso, y como mucho, a una clasificación. No se trata, pues, de tipologías, sino de una colección de unidades diversas. No hay estudio, ni tratado, ni siquiera clasificación.

El segundo error es que tampoco de trata de tipos, en cuanto esta palabra se refiere solo a algo genérico o esquemático, a un conjunto de características, más bien abstractas, de la que participan varios modelos o unidades distintas. Puede considerarse, para aclararnos, que tipo es, más o menos, sinónimo de clase, y que, así, nunca se refiere a individuos. Si se dice: estos son los tipos de las viviendas, para no ser un error se trataría de que nos estamos refiriendo a unas unidades que, aunque concretas, representan a otras que son distintas, pero que tienen las mismas características de disposición general. Si nos referimos sólo a unidades diversas hemos de decir: éstas son las diferentes viviendas del edificio.

Cuando, en cambio, un promotor enseña la vivienda “tipo” no se equivoca siempre, pues aunque muestra un modelo concreto muchas veces pretende con él representar a más viviendas que no son exactamente iguales. O, si no lo hace así, se equivoca igualmente.

Olvidemos, pues, las tipologías y los tipos, a no ser que, verdaderamente, nos estemos refiriendo a ellos. Oír estos errores en el mundo universitario resulta verdaderamente algo insólito.

Antón Capitel · Doctor arquitecto · catedrático en ETSAM
Madrid · mayo 2009

Antón Capitel

Es arquitecto y catedrático de Proyectos de la Escuela de Arquitectura de Madrid, fue director de la revista Arquitectura (COAM) de 1981-86 y de 2001-09. Historiador, ensayista y crítico, ha publicado numerosos artículos en revistas españolas y extranjeras sobre arquitectura española e internacional. Entre sus libros destacan diferentes monografías sobre arquitectos.

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