La participación puede definirse como una práctica social donde cada ser humano, al formar parte de eventos públicos, construye identidad, apropiación y pertenencia; características de por sí inherentes al patrimonio por ser el contenedor de la memoria colectiva de un pueblo. Por lo tanto, participación ciudadana y patrimonio comparten cualidades que podrían hacer que la conjunción de ambos repercutiera positivamente en la gestión de las ciudades históricas. Pese a la introducción de cambios legislativos para intentar flexibilizar la participación, en la práctica aún queda mucho por hacer. Y es que, aunque se realiza un esfuerzo por integrar la voz de la ciudadanía en planes y programas, lo habitual es que el activo humano que mantiene el corazón antiguo de nuestras ciudades ni se contemple en normativas ni pueda participar en modelos de transformación urbana. Si bien la participación conforma un escenario complejo, es necesario comenzar a abordarlo de manera real, práctica y eficiente para que todos los actores sociales trabajen conjuntamente en la elaboración de propuestas que superen las tensiones entre tradición y modernidad, entre nostalgia y olvido, y obtener así centros vivos, diversos, incluyentes y sostenibles.