La fábrica permanente | Pedro Hernández

Sistema Action Office, presentado por Herman Miller en 1968 | Fuente: hermanmiller.com

‘El ciberespacio vuelve obsoleto el concepto clásico de ‘espacio de trabajo’. En un mundo en el que se espera de nosotros que podamos responder a un e-mail de trabajo casi a cualquier hora del día el trabajo no se limita a un lugar u horario’.

Mark Fisher1

En 1964, Robert Propst, de la mano de la empresa Herman Miller, introducía un nuevo concepto en el terreno laboral: la Action Office, un sistema material flexible e industrializado, que ordenaba el espacio de trabajo en pequeños cubículos individuales en una planta abierta. Un esquema arquitectónico de lógica posfordista que configuraba un entorno laboral caracterizado por el extremo anonimato de sus espacios y de las personas que los ocupaban, configurando una igualdad homogénea y democrática entre los trabajadores: de su espacio, de su vestimenta, de su comportamiento, etc. Nadie debía, ni podía, sobresalir.

Hoy, sin embargo, con el auge de las llamadas ‘industrias creativas’, el modelo espacial planteado por Propst parecería adecuar sus propias palabras a la hora de describir la vieja oficina:

“La oficina de hoy es un páramo. Agota la vitalidad, bloquea el talento, frustra el logro. Es la escena cotidiana de intenciones no cumplidas y del esfuerzo fracasado”.

Las empresas líderes de la industria creativa, asociadas a la implementación y el desarrollo de las tecnologías de comunicación y la expansión de internet, como Apple, Amazon, Google o Facebook, se han esforzado desde hace años por desarrollar nuevos modelos y casos arquitectónicos ejemplares: desde entornos en los que la naturaleza aparece salvaguardada del exterior; edificios transparentes donde lo interior se expone hasta eliminar lo secreto y lo exterior pasa a ser un elemento más, o lugares donde la novedad, el juego o el ocio, se constituyen como aspectos fundamentales de los diseños, no sólo con espacios abiertos, perfectamente iluminados y siempre con temperatura agradable, sino donde el escritorio individual ha dado paso a zonas colectivas, donde descansar, hacer deporte o preparar una comida; entornos laborales llenos de estímulos, que deben hacer posible, por un lado, potenciar las capacidades creativas de los empleados.

Apple, Uber, Amazon, Yelp, Cisco

El anillo de Norman Foster para Apple, de nivel detalle similar a los productos de la marca; la ‘fábrica’ transparente imaginada por SHoP ArchitectsStudio O+A para Uber; el edén de Amazon creado por NBBJ; la gran cubierta verde de Frank Gehry para Facebook o los diseños para Yelp de Studio O+A o Cisco de Heatherwick Studio en alianza con BIG —quien también está a cargo del diseño interior de la cadena de coworking WeWork— para Google, exponen proyectos que eluden formas demasiado reconocibles a la vieja oficina y reivindican sitios, muebles y elementos que los empleados pueden intervenir y apropiárselos, a fin de inventar nuevas maneras de hacerlos evolucionar según surjan nuevos descubrimientos, necesidades o formas de relación. Estas nuevas fábricas de la creatividad son, en realidad, laboratorios en los que se propicia el talento y la diversidad, donde cada día puedan surgir innovaciones de un producto o de la manera en la que se ocupa el área. En su gran mayoría, se definen por ser espacios flexibles, en los que el diseño anima a la creatividad y a las buenas ideas, que pueden venir de cualquiera en cualquier instante y lugar. Son diseños que parecen establecer que la oficina puede parecerse a cualquier lugar, salvo al tradicional.

Arriba, Facebook (interior y cubierta). Abajo, proyectos para Google en Los Ángeles (modificado después) y Londres

Un camino que puede ser recorrido en sentido inverso. Que la oficina pueda parecerse a cualquier lugar es posible porque hoy cualquier lugar puede ser una oficina. No es que la oficina se enmascare en cualquier lugar, es que cualquier lugar es ya hoy un lugar donde realizar actividades productivas. La llegada de internet a cualquier rincón, a través de los dispositivos telefónicos y ordenadores portátiles y gracias a la evolución de la conectividad, ha deslocalizado gran parte del trabajo contemporáneo. Cualquier lugar con buena conexión puede funcionar hoy como un espacio de trabajo: desde nuestra propia cama al banco de un parque, ampliando los límites del espacio y del tiempo dedicado al trabajo. La arquitectura tiende a dar forma a esas ideas, bien con una arquitectura laboral alejada del cubículo y más cercana al salón de tu casa, donde jugar, tomar un café, ir al gimnasio, cuidar a tus hijos o preparar una ensalada, mientras no dejar nunca de trabajar y crear, bien haciendo que cada espacio privado es cedido al trabajo y pueda pasar a ser rentable para alguna empresa que no debe preocuparse por ofrecer un lugar a un trabajador.

Pero esta transformación del sentido que le damos al espacio no surge, sin embargo, de la nada, sino que está apuntalada en la supresión de derechos laborales que viene desde los años 70 del siglo pasado2 y, de forma más cercana, desde la crisis económica de 2008, cuando ya internet disponía de una infraestructura suficiente para permitir la atomización del entorno laboral.3 Lo que realmente pasa es que nos encontramos ante una redefinición del modelo productivo contemporáneo, dando lugar a uno que es, además, precario. En él, el freelance4—Free-Lance , “Lanza libre”, soldado que no estaba atado a ningún amo durante el medievo— aparece como el mejor exponente de las mutaciones sufridas en el contexto laboral contemporáneo.

Deslocalizado, el freelance se mueve de un trabajo — o de varios — a otro, apoyándose en las posibilidades que ofrece la tecnología de nuestros ordenadores y dispositivos portátiles, que permiten responder un correo o realizar un encargo desde cualquier lugar y liberado de horarios clásicos. Sin ese compromiso — contrato — que lo ate a un tiempo acotado o al espacio concreto de una gran empresa —de la que no recibe ni contrato ni prestaciones— , el freelance concatena trabajos que garanticen unos recursos económicos durante, al menos, un tiempo, en largas jornadas laborales autoimpuestas definidas por la autoexplotación y bajo una lógica basada en la productividad y los afectos.

‘Ama lo que haces’.

Tres espacios de CoWorking: Second Home, de Selgas Cano; UTOPIC_US, de Izaskun Chinchilla Architects, y TREExOFFICE, de Natalie Jeremijenko, Shuster+Moseley y Tate Harmer LLP

Al mismo tiempo, el aumento de la precariedad estimula la aparición de startups y plataformas que, haciendo uso de la interconectividad de los dispositivos y aparatos, mercantilizan las demandas desde la explotación económica y material de los recursos de sus ‘trabajadores’, para que estos a su vez, puedan obtener cierto beneficio de ellos y mejorar su situación económica. Uber y Airbnb, dedicadas respectivamente a la movilidad y la habitación, se exponen como dos de los mejores y más claros casos, en una versión perversa y monopolista de la economía colaborativa llamada coliving o cohousing. También el llamado coworking, representado en negocios como WeWork o Santander Work Café, intenta ‘socializar’ el espacio a sus clientes a partir de membresía o suscripciones —en un esquema que no estaría alejado de la plataforma de streaming Netflix— para que puedan hacer uso del espacio y sus beneficios —espaciales, empresariales o de contactos—. Estas empresas, o plataformas, han definido cualquier espacio como mercantilizable, sometiéndolo a las lógicas del rendimiento capitalista, de forma que un espacio no puede ser visto ya como propio.

Dos oficinas de WeWork, en Madrid y Ciudad de México

Las políticas de austeridad, la consecuente renegociación de los derechos laborales, y, al mismo tiempo, la conexión constante ha permitido al capitalismo encontrar un camino sin obstrucciones para sus flujos. Hoy la información se distribuye a través de cientos de dispositivos, se almacena en grandes centros privados —data centers— y es (parcialmente) accesible desde cualquier lugar conectado y en cualquier momento. Con internet el trabajo lo ocupa todo. Incluso se ha roto la moderna noción que dividía un día en tres rígidos periodos de ocho horas: el trabajo devora al descanso y al ocio en un fluir 24/7.5 Si pareciera que la fábrica industrial desaparece —o se traslada a contextos ‘periféricos’, como China, India o Taiwan— es porque emerge un nuevo modelo móvil, portátil e inmaterial, capaz de generar valor en/de cualquier lugar; una fábrica permanente donde la jornada laboral se extiende indeterminadamente e incorpora cada singularidad espacio-temporal de la vida,6 mientras la vida que merece ser vivida se extingue frente a un capitalismo que, incluso, y gracias de nuevo a la conectividad permanente de nuestros dispositivos móviles, ha mutado su naturaleza extractiva. Menos interesado en la minería de recursos naturales, se centra en la extracción de datos relativos a nuestras conductas y comportamientos en la red. Ello ha dado lugar a un capitalismo de la vigilancia7 que se introduce en lo privado, registrando nuestra realidad y sistematizándola gracias al lenguaje de los algoritmos en un conjunto de probabilidades.

Hoy, al responder un e-mail, actualizar nuestro estado en las redes sociales o compartir un “meme”, nos adentramos en un torrente de signos, imágenes, información o conversaciones desde los que capturar nuestra atención, transformando el tiempo libre en tiempo ocupado y haciendo que acciones mirar, socializar, divertirse, descansar e, incluso, perder el tiempo, pero también nuestros secretos, sean capitalizados y mercantilizados para beneficio de unos pocos, se quiera o no.

Pedro Hernández · arquitecto
Madrid. Julio 2019

Notas:
1 FISHER, Mark, 2016, La privatización del estrés, en Realismo capitalista. ¿No hay alternativa?, Caja Negra Editora, Buenos Aires.
2 SRNICEK, Nick, 2018, Capitalismo de plataformas, Caja Negra Editora, Buenos Aires.
3 Por ejemplo, el primer iPhone salió en 2007.
4 STEYERL, Hito, 2014, Los condenados de la pantalla, Caja Negra Editora, Buenos Aires.
5 CRARY, Jonathan, 2015, 24/7. El capitalismo tardío y el fin del sueño, Ariel, Barcelona.
6 SADIN, ÉRIC, 2018, La silicolonización del mundo, Caja Negra, Buenos Aires.
7 ZUBOFF, SHOSHANA, 2019, The Age Of Surveillance Capitalism, Profile, Londres.

Soy arquitecto por la Universidad de Alicante, pero mi interés sobre esta disciplina se encuentra alejado de su papel tradicional de diseño de espacios. Más bien, me interesa entender cómo las representaciones de la arquitectura, el paisaje, el diseño o el territorio construyen y materializan determinados discursos ideológicos, imponiendo posturas, subjetividades y formas de acción sobre los cuerpos que la habitan.

En mi trabajo edito estos discursos –sus imágenes, sus historias o sus restos materiales– y reelaboro comentarios críticos que ponen en evidencia sus controversias y contradicciones, formalizándolos en diversos formatos como textos, fotografías, vídeos, objetos o instalaciones, muchas veces entrecruzados entre sí.

He publicado artículos y ensayos en diversos medios de Estados Unidos, Italia, Croacia, España, Chile y México. Desde enero de 2013-2018 residí en la Ciudad de México donde trabajaba como coordinador de contenidos en Arquine. Actualmente resido en Madrid.

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