O bailón solitario | arquitectamoslocos?

O outro día o meu colega e amigo virtual Javier Ibarrola colgou no Facebook esta magnífica foto:

Broadway Boogie Woogie, Piet Mondrian | arquitectamoslocos.blogspot.com.es

É o pintor Piet Mondrian co seu cadro Broadway Boogie Woogie. Pareceume unha foto fascinante e comenteina con entusasmo. (Entusiasmo que aínda me dura, e dáme forza para acometer esta entrada). Creo que a foto plasma plásticamente unha vida enteira (a piques de terminar: Mondrian morreu ao ano seguinte de terminar este cadro).

Véxolle como foi sempre: serio, preciso, solitario. Adiviño que leva gravata (non se lle ve, pero quero vela) e que pinta coa meticulosidad dun colibrí, sen mancharse. Bátaa só ten manchas na zona do abdomen, entendo que de mover os cadros e de apoiarse no bordo inferior do caballete, pero apenas hai outras (dúas moi pequenas na manga esquerda).

Suxeita un cigarro enteiro e, ao parecer, apagado, e inclina levemente o cráneo cara a adiante, para mostrarnos o seu nítida calva. Os zapatos están ben lustrados e dan unha impresión de limpeza e coidado, como toda a súa persoa e toda a súa obra.

Contarei dous ou tres datos moi brevemente. Poderíase dicir moito máis, hai quen o fai, pero este non é o lugar adecuado para iso.

Tan sólo evocaré a Theo van Doesburg y a Piet Mondrian (con otros, pero estos dos fueron los pilares) fundando el movimiento De Stijl y juramentándose para respetar la abstracción y la pureza perfectas con varios principios inamovibles: La planitud de la pintura (no sugerir relieve ni modelado, sino potenciar su realidad plana); las rectas verticales y horizontales, en ángulo recto (con todo el simbolismo aplicable a la vertical y a la horizontal); los colores primarios (rojo, amarillo y azul) y los no-colores (blanco-gris-negro).

Todos empezaron a cumplir esos principios con aplicación, pero era una disciplina insoportable.

El culo inquieto de van Doesburg le hizo militar, mientras lideraba De Stijl, en todos los bandos enemigos, utilizando varios seudónimos simultáneos.

Pero es que van Doesburg, aparte de lo que hiciera clandestina y traidoramente en otros grupos y movimientos, en el mismo De Stijl comenzó a pintar con morados, marrones, verdes caquis… Algo insufrible para Mondrian, que tenía en su estudio un jarrón con tulipanes cuyos tallos pintaba meticulosamente de blanco para no ver el verde, y cerraba las contraventanas para no ver los árboles.

Y, todavía más:

¡Van Doesburg se permitió inclinar las líneas!

Por no hablar de los demás: Cada uno a su manera habían ido violando todos y cada uno de los principios sagrados de De Stijl. Pero Mondrian siguió, años y años, décadas y décadas, pintando cuadros que manifestaban su planitud, que tenían líneas verticales y horizontales y que sólo usaban los colores puros reglamentarios.

Cuando van Doesburg inclinó las líneas y las masas de color Mondrian dio esta delicadísima, elaboradísima, sutilísima respuesta:

El bailón solitario José Ramón Hernández Correa Piet Mondrian,

Giraba cuarenta y cinco grados todo el Universo, pero en él sus líneas seguían siendo la vertical y la horizontal. Y los colores… Nada de esos morados, pardos, castaños que habían engatusado a su ex amigo. Nada de corrupciones.

¿Colores puros? Pues más puros todavía.

(Mencionemos de paso que al gran arquitecto Dudok el municipio de Hilversum le había provisto de una pequeña cantidad de dinero para que amueblara y decorara el edificio del Ayuntamiento con lo que mejor le pareciese, y compró este cuadrito. Que conste para los que dicen que Dudok no estaba al día de la vanguardia).

Nos quedamos con esa imagen: Todos los artistas de De Stijl saltándose a la torera las rígidas normas cada vez que les venía bien, y Mondrian solitario, meticuloso, disciplinado, pintando una y otra vez cuadros completamente ortodoxos. Había dado su palabra, y la cumplía todos y cada uno de los días de su vida.

En el año 1940 Mondrian pidió angustiosamente a unos amigos estadounidenses que le reclamaran, que le llamaran para invitarle a su casa. Emigrar a los Estados Unidos era casi imposible, a no ser que algún americano te llamara.

Así lo hicieron sus amigos y así evitó Mondrian la Guerra Mundial y pudo sumergirse en su laboratorio-monasterio, como el eremita solitario que era. Y así pudo seguir pintando líneas verticales y horizontales utilizando los colores primarios.

Pero la vitalidad de Nueva York le fascinó. Y sobre todo el Boogie-Woogie.

A Mondrian le entusiasmaba bailar. Cuando llegó a Nueva York, lo primero que preguntó a sus amigos fue dónde podía encontrar salones de baile. En aquella época había salones de baile en los que, o bien se iba con pareja o bien se contrataba allí a una, pagándole por tiempo o por pieza bailada. Los había de todo tipo, más o menos respetables, desde los que eran prácticamente academias de baile hasta los que eran prácticamente prostíbulos. (En éstos el baile era una mera excusa para entablar contacto con una chica).

No me consta que Mondrian se casase nunca, ni que tuviera novia ni amante alguna. Tampoco que fuera homosexual. (Si alguien tiene algún dato al respecto, que lo diga, por favor). Más bien me da la sensación de haber sido una persona a la que el sexo no le interesaba en absoluto.

Le veo caminando por Broadway, mirando las luces, el movimiento, el ruido de una ciudad milagrosamente viva mientras el mundo se moría en la guerra. Le veo caminando hacia la sala de baile en la que, con una concentración de ajedrecista, movía los pies señalando las corcheas galopantes y trazaba el compás de cuatro por cuatro sobre las baldosas.

Tal vez, en alguna ocasión, bailara con alguna muchacha tan sólo para comprobar el batido de cuatro pies coordinados con la trama rítmica del baile. Pero le veo con mucha mayor nitidez moviéndose solo, calculando los ritmos con geometría y con número, y, ya en su estudio, concentrándose durante dos años en pintar este cuadro:

Piet Mondrian, Broadway Boogie-Woogie, 1942-43
Piet Mondrian, Broadway Boogie-Woogie, 1942-43

Un cuadro en el que da otro audaz giro a su trayectoria para, en el fondo, seguir siempre con lo mismo. Aquí las líneas ya no son negras, sino de colores. Pero siguen siendo verticales y horizontales, y los colores son los de siempre.

Sin embargo, quiero ver aquí, en el canto del cisne del pintor, una llamada a la “alegría intelectual”, a la felicidad del bailón solitario que cuenta pasos como escaques de ajedrez y ejecuta giros y galopes como jaquemates.

Un bailón solitario que baila y pinta este cuadro a los setenta años y que cae muerto (si no feliz, al menos consolado y tranquilo) a los setenta y uno.

A él no le desearé jamás que descanse en paz, como a los demás muertos, sino que siga bailando.

José Ramón Hernández Correa
Doctor Arquitecto y autor de Arquitectamos locos?
Toledo · agosto 2013

José Ramón Hernández Correa

Nací en 1960. Arquitecto por la ETSAM, 1985. Doctor Arquitecto por la Universidad Politécnica, 1992. Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno. Ahora estoy algo cansado, pero sigo atento y curioso.

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