Sea usted funcionario público. O, mejor, profesor universitario | Antón Capitel

Interior de la Biblioteca National de París. Henri Labrouste | Fotografía: Georges Fessy, cedida por cortesía del MoMA

Los funcionarios públicos son envidiados por su estabilidad en el trabajo. Desde luego, no pueden ser envidiados por mucho más. Pues, nada, ¡a por ello, amigo! Sólo tiene usted que superar las oposiciones correspondientes, en las que hay pocas plazas y muchos solicitantes. Pues he aquí el secreto de los trabajadores públicos y de su estabilidad: acceden a su puesto por oposiciones de concurrencia pública. ¿Cómo se accede en la empresa privada?

No sé si son más envidiados los profesores universitarios. Quizá sí, pues cobran bastante (naturalmente, dentro de lo que cabe, pues es en la administración pública: los profesores titulares son de nivel 28 y los catedráticos de nivel 30).

Pero por si envidiaran a los profesores universitarios, yo les describiré en que consiste esta carrera y, así, que es lo que tienen que hacer para llegar a tan sabroso estatus.

Lo primero que tienen que hacer es una carrera universitaria, lo que está al alcance de muchos si atendemos a la enorme cantidad de titulados universitarios y de estudiantes españoles, uno de los índices mayores del mundo, sino el mayor. Además, la proliferación de universidades en España quiere decir que bien cerca de su domicilio, amigo lector, hay una o varias. Las buenas tienen una nota de selectividad muy alta para poder entrar, pero no se preocupe usted que seguro que cerca de su casa hay una o varias bastante malas, o poco solicitadas. De las que se entra con un 5.

Pero después de esto, la cosa se pone algo más pesada, pues tiene usted que hacer el doctorado. Es posible que pesque una beca, aunque hay muy pocas, pero el doctorado significa seguir estudiando (y ahora en investigación) 2 cursos más y, después, y como sabroso postre, hacer una tesis doctoral. Para quien no sepa lo que es esto, les diré que es como escribir un buen libro, producto de una investigacion original. Ahí es nada. Los arquitectos (mi carrera) saben lo que es el proyecto fin de carrera, una pamema que, como en arquitectura, no la tiene nadie. Pues bien, hacer una tesis es como hacer, al menos, 2 o 3 fines de carrera. Hay que armarse de paciencia y de tesón. A nadie le piden ser Doctor para nada (los médicos, a los que se les llama así, no lo son), pero para ser profesor universitario, sí.

Cuando ha leído usted la tesis doctoral, ha de conseguir (por concurso) un nombramiento como Ayudante o como Profesor en una Universidad, y una vez allí, dar clase, seguir investigando y publicar las investigaciones para lograr ser acreditado por la ANECA como Profesor Doctor, al menos, o como Profesor Titular. Para esto hay que preparar unos dosieres muy completos, y la tal ANECA (que nadie sabe muy bien lo que es y que no da cuentas ni a Dios ni al diablo) ha de darle una valoración positiva, cosa que, a la fecha de hoy, no es muy corriente.

Si usted tuviera la fortuna de ser acreditado como Profesor Doctor, encuentra con ello un atajo, un moderno atajo. Puede ser contratado como tal, con contrato laboral y estabilidad en el empleo. Pero para eso la universidad tiene que sacar plazas, y usted ganar una, en libre concurrencia con otros igualmente acreditados.

Si usted fuera acreditado como Profesor Titular, no se crea que ya lo es, pues esto no es más que un título. Para serlo de verdad, necesita ganar una de las plazas de acceso, mediante oposiciones convocadas por una universidad y en libre concurrencia entre acreditados, o también (si quisieran) entre titulares de otras universidades.

Si ha sentado usted esta plaza, ¡enhorabuena! Ya es usted Profesor Titular de Universidad para toda la vida, hasta los 65 años, voluntariamente, o hasta los 70, obligadamente. Tiene usted nivel 28 y es así semi-rico para siempre. Andará usted por los 40 años, como poco, pero como ve, todavía le queda la vida por delante.

Lo mejor, desde luego es plantarse. Pero si es usted ambicioso y le hace ilusión ser catedrático, ha de seguir en el juego. La investigación alcanza mucha importancia, no sólo la docencia por buena que sea, y, así, ha de ganar usted 2 ó 3 “sexenios” (reconocimientos oficiales del trabajo de investigación) sin los cuales la ANECA no le va a dar la acreditación de ningún modo, y así y todo a lo mejor no se la da.

Si la consigue, ha de repetir la jugada que ya hizo como Titular. O sea, presentarse a una oposición a plaza de acceso a Catedrático que saque la universidad, en libre concurrencia con acreditados o con otros catedráticos.

Si la gana, ingresa usted en el cuerpo de Catedráticos de Universidad. Suenan los clarines, está usted en uno de los más altos puestos de la administración y tiene nivel 30 de retribuciones. Según la prensa y Hacienda es usted rico. Y ahora, como ya no tiene nada a lo que aspirar, puede usted dedicarse a hacer el golfo. Eso sí, quizá se aburra, pues tendrá usted unos 50 años (al menos) y ha de aguantar dando clase hasta los 70.

Pues bien, ¿ven ustedes lo que es la carrera universitaria? Una gozada, como han podido comprobar. Además sólo hay que aguantar que todo el mundo diga que la universidad es una mierda y que salgan en los periódicos calificaciones de agencias yanquis en las que se asegura que las universidades españolas son poco menos que las peores. Un gusto.

Por todo ello, lo mejor que haría usted es hacerse abogado, que es la más fácil de las carreras, y hay muchas facultades, casi todas con un 5 de entrada. Luego juez, y a vivir, que se pone usted toga y collares, y pasa a ser un poder del Estado. Hay que hacer no sé que cursos y una oposición, pero ni siquiera el doctorado. En relación con la universidad, no tiene comparación. Yo que usted, no lo dudaría. ¡Ánimo!

Antonio González-Capitel Martínez · Doctor arquitecto · catedrático en ETSAM
Madrid · mayo 2009

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  • lucas

    trabajando honestamente

  • Evelio E. Sánchez

    Se le olvida al señor Capitel, y no es de extrañar, cómo se aprueba una tesis doctoral y la variedad de temas y calidades que cubren estas.

    Se le olvidan también los años perdidos esperando la convocatoria de plaza mientras el eterno candidato le hace el caldo gordo al catedrático de turno o a su inmediato superior en el escalafón.

    Entre los méritos necesarios para alcanzar ese Nirvana que es la ansiada cátedra tampoco ha enumerado la cantidad de congresos a los que uno debe presentar ponencias y todos aquellos que uno debe, también, organizar para ir invitando a los compañeros adecuados a presentar una y otra vez, cocinadas y recocinadas, las mismas ponencias que han presentado en cada uno de los congresos. Sume, señor Capitel, cursitos de verano a mayor gloria de organizadores e invitados estrella, seminarios en los que lo de menos es la transmisión de conocimiento y lo de más la posibilidad de añadir otra muesca a su curriculum.

    Pregunte a sus alumnos, señor Capitel, cuantas de las horas lectivas que han tenido de la mano de los catedráticos responsables de sus respectivas asignaturas y cuantas de ellas de la mano de los eternos candidatos, profesores ayudantes. Seguro que la suya es la excepción pero, créame, se da el caso.

    Es lamentable saber que como profesor universitario uno no se va a hacer nunca rico, trabajando honestamente tampoco es habitual pero eso tal vez ya lo sepa. Afortunadamente el trabajo de profesor universitario puede ponerle en una buena situación para admitir en su despacho profesional, si lo tuviera, a brillantes alumnos que le ayudarán a presentar sus proyectos a cualquier tipo de concurso con una cuenta de gastos bastante reducida. No se preocupe si no gana, a fuerza de ser convocado como jurado en esos mismos concursos, alguno acabará llegando.

    Le invito, por último, a realizar un ejercicio que en su día a mi me arrojó unos resultados sorprendentes:
    - Tome un papel en blanco, a ser posible A1, lo va a necesitar.
    - Escoja un catedrático universitario, en mi caso elegí uno de mi escuela de arquitectura por mayor conocimiento del asunto.
    - Escriba el nombre del catedrático en el centro y empiece la diversión.
    - Trace las conexiones entre este y el resto de miembros de su departamento: familiar, compañero de estudio, director de tesis, socio en no se sabe que startup, colegas del comité científico de ignotas revistas de investigación…
    - Trace las conexiones de cada uno de los niveles hasta un máximo de 3, recuerde que sólo tiene un A1.
    - Observe la maravillosa geometría de la endogamia y sorpréndase de la facilidad con la que la brillantez desaparece en aras de las líneas de relación. Compruebe las teorías de Mandelbrot en cuanto a autorreferencia.

    Gracias por su artículo señor Capitel.

  • Daniel Dávila

    Entre otras cosas, hay que decir que:
    Lo que se indica de los jueces es un insulto a la profesión de magistrado (o juez) y un manifiesto de la ignorancia que Antón Capitel tiene de las oposiciones de judicatura (especialmente en cuanto que comparadas a las de cátedra). Oposiciones éstas (las de judicatura), que siguen siendo nacionales, de tres exámenes con tribunal desconocido (algo que no existe desde hace décadas en las universidades). Más aun, el temario de las oposiciones de judicatura es extensísimo y muy preciso. La oposición consta de tres exámenes: un test (en que cae más de la mitad de opositores), un primer examen oral (en el que tienes que explicar en 15 minutos cada tema -son cuatro- aleatoriamente elegido entre más de 150) ante el tribunal y un segundo examen oral de características semejantes al anterior. En total más de 300 temas a saber perfectamente, en los que no sólo hay cuestiones a memorizar (leyes, artículos) sino complejos conceptos de la teoría del derecho (que existe y es mucho más sólida que la disciplina de la teoría de la arquitectura, pero esto todo es desconocido por muchos arquitectos: Kelsen, Ross, etc) a comprender y utilizar ante todo un despliegue de información.
    En cualquier caso, no es cuestión de defender a los jueces, que poco importa a quien escribe estas lineas (que es estudiante de arquitectura), sino de indicar un tema en el que el catedrático Antón Capitel se muestra desmedido en su opiniones, por otra parte absurdas (que es lo más importante: que lo que se dice es insostenible) e iracundas, que no hacen sino reflejar (aunque esto sea ya una interpretación de tinte psicologista) un ego desmedido por el cual se valora exclusivamente la posición de uno y se desprecia otras de semejante o mayor prestigio.
    Para terminar me gustaría que Antón Capitel, dado que defiende tanto el limpio sistema de oposiciones de cátedra (como los magistrados hacen de la limpieza de la suya y la importancia de la valía personal, el conocimiento, etc; frente a los amiguismos -vs.”como en la empresa privada”), me gustaría saber cómo asume Antón el hecho de que fuera incapaz de ganar una cátedra del departamento de composición arquitectónica y es que, desde las coordenadas que defiende, sólo hay una interpretación posible y es su escasa valía intelectual para este campo.