¡Salid a vuestras terrazas! | andresmartinez

Nada es casual en la manera en que Sáenz de Oíza diseñó los apartamentos de la Ciudad Blanca de Alcudia (Mallorca, 1961). De hecho, y bien pensado, debemos reconocer que pocas cosas resultan fortuitas en lo que proyecte cualquiera de los grandes arquitectos que admiramos. Tampoco lo es, por supuesto, la manera en que dibujan. Si alguna vez habéis tenido acceso a la colección completa de planos originales de uno de sus proyectos, sabréis de lo que hablo. Nos provocan, primero, admiración: qué claridad, qué estilo gráfico a la vez preciso y original (divertido, diría incluso yo). Y luego, seguro, envidia: quién pudiera utilizar hoy en día esa economía de medios, tan pocos planos, donde eligen tan bien por dónde se corta, en los que no hay una línea de más… ni de menos.

Alzados laterales de la Ciudad Blanca, dibujada en negro por Oíza para su proyecto de ejecución (1961) | andresmartinez.es

En la Ciudad Blanca (colección en la que, paradójicamente, aparecen unos cuantos planos en total “negro”) todo está dirigido hacia un solo punto, que es el mar, y antes de él, la terraza. Queda por hacer (o yo no lo conozco) un estudio sobre cuánto ha contribuido la arquitectura vacacional, de costa, a una visión específicamente española del movimiento moderno. Explicaba Oíza, a raíz de su gran proyecto en Mallorca, que el verdadero reto del encargo había sido cómo construir una ciudad “intermitente” para una “masa nómada” que aparecería por ahí sólo unos meses al año, todos a la vez, y luego lo volverían a dejar desierto; y también, cómo tratar a todos ellos de forma igualitaria y darles lo que iban a buscar: el mar, el sol, las vistas, o el disfrute del buen clima. Esta cuestión de (y siento el término) “democratización arquitectónica” no es menor, y trae enseguida a la cabeza —para quien tenga algo de cultura— a lo mejor de la arquitectura utópica francesa de un par de siglos atrás: la de Boulée, la de Durand, y sobre todo, la de los falansterios de Fourier. También hay que reconocer lo valientes que eran los promotores de entonces (en este caso los hermanos Huarte) al confiar en arquitectos así, y al creer en ideas de este tipo. Juntos (arquitectos, promotores) supieron enlazar, desde el páramo que era nuestro país, con lo mejor de la cultura de fuera, presente y pasada: y eso que sólo trabajaron los franquistas, si lo hubieran hecho también los represaliados, ¡vaya generación!

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Andrés Martínez

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