Durante los años sesenta del pasado siglo y provocados por una ascendente estimación de lo urbano, hasta entonces insospechada, las ciudades españolas experimentaron una fuerte expansión, con la ocupación sistemática y generalizada de sus periferias, impulsada, por un lado, por los propios organismos oficiales, pero otras veces, a través de la adquisición individual de pequeños lotes de terreno, producto de la parcelación y urbanización de antiguas fincas desactivadas: en las regiones poblacionalmente más receptivas, incluso mediante la “parcelación ilegal” de algunas de aquellas fincas. Una modalidad, esta última, que la población inmigrante aprovechó para dar salida a su alojamiento, y una ilegalidad que ni el comprador ni el parcelador-vendedor ignoraban, pero que permitía una transacción menos onerosa en la adquisición de aquellas parcelas.
Como sea que dichas parcelaciones se producían “al margen” del planeamiento urbanístico, a los barrios producto de ese fenómeno, tan propio de las comunidades en desarrollo, se les llamó “urbanizaciones marginales”. Unos barrios que hoy se extienden por la corona urbana más reciente y que, aunque crecieron sin los mínimos servicios urbanos, su posterior formalización y su integración gradual en las tramas de la ciudades, los hace hoy, en muchos casos, casi imperceptibles.
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Joaquín Casariego Rámirez

