La vida, instrucciones de uso | Jorge Rodríguez

“Abre bien los ojos, mira“1

No es fortuita la manera en que Georges Perec empieza la que a posteriori se convirtió en obra cumbre de la literatura de la segunda mitad del siglo XX. Como tampoco es fortuita la estructura formal compleja que la contiene, relacionando la vida de casi 200 personajes que compartieron inmueble a través de un mapa recorrido por el movimiento del caballo de ajedrez. Ni mucho menos es fortuito su título, “La vida: instrucciones de uso”.2

De hecho, puede resultar pretencioso e irresponsable sacar a la venta semejante manual. Y es que el oficio de vivir, que a todos nos ocupa, es una profesión harto exigente como para tratar de reducir su complejidad a unos pocos cientos de páginas. Sin embargo, como Perec, Julio Cortázar también se atrevió a redactar una serie de pequeños manuales de instrucciones para la vida cotidiana, sabedor de que hasta las tareas más nimias tienen su maestría. Desde llorar a entender pinturas famosas. Desde dar cuerda al reloj, a subir una escalera. Me parece especialmente atractivo este último, defecto profesional. “Las escaleras se suben de frente, pues, hacia atrás o de lado resultan particularmente incómodas”3.

Nadie habrá dejado de observar que, con frecuencia, la diferencia entre un simple manual, y la literatura más brillante de nuestro siglo pueden compartir editorial, nombre y tema, pero no debemos confundirlas. No debemos confundirlas porque estaríamos desnaturalizando un oficio, que volviendo a Bolaño, no consiste en escribir bien, ni siquiera en escribir maravillosamente bien, sino que tiene algo de acróbata. De salto hacia lo desconocido. No debemos confundirlas. Aunque a veces sucede.

Y desde hace un tiempo, en el campo de la arquitectura, viene sucediendo. Llevamos ya un tiempo inmersos en una realidad convulsa, que ha empujado al conjunto de la profesión a hacer un ejercicio de autocrítica necesario. A nadie se le escapa que el arquitecto, como autor intelectual del objeto derivado de la conducta que nos ha traído a esta situación, tiene una responsabilidad que asumir. Y la asume. Pero tratar de abrir el campo a nuevos ejecutores no es solución, según mi opinión de auténtico inexperto en la materia del objeto construido.

Quizás sean el tema y tono del discurso que el colectivo de arquitectos ha entonado a modo de mea culpa lo que ha fallado. Tratar de evangelizar con que la arquitectura es algo más que construcción, cuando ésta tiende a cero, suena oportunista para el ajeno, y denigrante para el propio, que se enfrenta en cada proyecto no a un problema inerte de solución única y cartesiana, sino que trata de lidiar, entre otros,  con un material tremendamente complejo, la persona. Porque es un oficio que trasciende su sentido etimológico. Escapa de la techné (arte, técnica, oficio, saber hacer algo) sin renunciar, ni mucho menos, a ella.

Pero no todo consiste en escribir bien. No podemos despreciar los aspectos experimentales de la arquitectura, la investigación formal, los estudios sobre la vivienda; se trata de un oficio que no puede quedar anquilosado en lo que se suponen soluciones definitivas, anacrónicas (si no, pregunten ustedes por Précis des lecons d’architecture4), debe avanzar en paralelo con los cambios sociales, con la realidad cercana de la que se sirve. Y para ello, es necesario tener en el horizonte, aunque sea lejano, la idea de materializarse. Es inherente a la arquitectura. Es lo que hace a los proyectos verdaderamente experimentales.

Quizás, la solución se encuentre en recapacitar sobre la figura que a los arquitectos se nos ha reservado, o hemos asumido sin demasiada oposición,  muchas veces ejecutores de planes, normativas o encargos disparatados. Se ha alienado la profesión despojándola del factor diferencial con cualquier otro técnico, la capacidad de reflexión y generación intelectual más allá de la construcción de un objeto. De ahí las recientes confusiones, tan peligrosas no solo para la profesión, sino para todos.

Al fin y al cabo, somos nuestros recuerdos. Decidir dónde y cómo almacenarlos, no es baladí. Confiemos en quien ha decidido dedicarse a imaginar. Como diría un buen amigo, herederos de Vitruvio5.

Jorge Rodríguez Seoane
Santander. Enero 2013

notas:
1.- Comienzo de “La vida: instrucciones de uso” de Georges Perec. Cita del personaje Miguel Strogoff, de la novela “Miguel Strogoff: el correo del Zar”, de Julio Verne.
2.- Perec, G: La vida: instrucciones de uso. Barcelona, Ed. Anagrama. 1992.
3.- Cortázar, J: Historias de Cronopios y de famas. pp 25-26.  Madrid, Ed. Alfaguara. 1984.
4.- Durand, J.N.L: Précis des lecons d’architecture.
5.- A la conclusión de éste artículo, leo el escrito por Santiago de Molina Sobre la necesidad de arquitectura. Me apropio de este precioso calificativo.

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