Recuerdo mi breve estancia en el St. James College, en Maypole Green, Essex. En las tardes de lluvia, el repicar de las gotas contra el alféizar sonaba como el segundero de un reloj que parecía ir cada vez más lento, mientras un paisaje verde y gris se filtraba a través de la ventana ojival. Yo, a menudo, perdía el tiempo rebuscando en su biblioteca algún manuscrito; según me había confesado el decano Brown, el gran Chesterton había pasado allí largas temporadas charlando sobre teología y paradojas con su bisabuelo.
Jamás encontré allí rastro alguno del escritor, pero entre los miles – ¿o eran millones?- de libros acumulados en sus estanterías descubrí algo tal vez más extraordinario: el diario de Hiram Mallord Sinclair, séptimo duque de Connaught. Me tropecé con él sin pretenderlo, mientras dejaba que mi vista vagase entre las páginas de una edición original de El paraíso perdido de Milton. Las memorias de Sinclair dibujaban un personaje particular: iconoclasta, culto, refinado en sus gustos1, audaz en sus empresas y tenaz en sus propósitos. Vivió, según se desprende de sus escritos, como un respetable aristócrata dedicado a la administración de su fortuna hasta que en el verano de 1824, a la edad de 47 años y sin motivo explícito, abandonó la seguridad de su castillo para consagrar su vida a un propósito incierto: la búsqueda del grafiti más antiguo del mundo.
Tal vez exista entre la aristocracia inglesa una tradición de extravagancia capaz de conceder legitimidad a empresas de este género; quizá hubiera en el equipaje de Hiram Sinclair tanto esnobismo como curiosidad, tanta voluntad de embaucar a las damas en una conversación ligera como de desvelar los arcanos del arte, tanto deseo de impresionar a caballeros de potentadas familias como de arrojar luz sobre ancestrales comportamientos humanos. Sea como fuere, cuando subió al barco que debía trasladarlo desde Bristol hasta Nápoles, Sinclair fue consciente de que ‘nada en su vida, ni en la del resto de los hombres, volvería a ser igual’2.
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Borja López Cotelo

