José Mª Ezquiaga es considerado uno de los urbanistas más respetados y activos de España, responsable de decenas de proyectos urbanísticos en varios países. El principal objetivo de esta entrevista es analizar los fundamentos teóricos de las recientes transformaciones urbanas que se han producido en España y discutir las posibilidades de diseño urbano en el actual escenario global.
Leandro Medrano/Manoel Doval: En la ponencia del año 2009 “Luces y sombras. Bloque abierto versus manzana cerrada. Un ejemplo de viviendas bioclimáticas en Torrejón de Ardoz (Madrid), Flavio Celis D’amico, Fernando Casa Martín y Ernesto Echeverría valiente, apoyan sus argumentaciones en dos artículos tuyos, uno de 2006 «El porvenir de una ilusión. Elementos para una nueva cultura urbanística” y otro de 1987 «El proyecto de alojamiento: criterios de diseño». En ese escrito se hace una crítica de la tipología de manzana cerrada o semicerrada, implantadas mayoritariamente a partir de los desarrollos urbanos de los años 90 y 2000, y la crítica que se realiza no se hace por razones de calidad del espacio urbano público resultante, o por el espacio libre interior privado o semiprivado, sino por cuestiones relacionadas con la sostenibilidad, como el soleamiento o la ventilación de las viviendas, y parecen defender los bloques abiertos paralelos buscando la mejor orientación, al margen de la ciudad resultante. ¿Cómo se pueden compatibilizar en los nuevos desarrollos urbanos los criterios climáticos con la construcción de la ciudad?
Jose María Ezquiaga: El elemento clave es la tipología edificatoria. Creo que desde unas intenciones de naturaleza bioclimática hay un sustrato. Ese sustrato debe ser modificado justamente a partir de una lectura urbana según la cual no todos los puntos son idénticos. La ciudad nunca es isotrópica, nunca es uniforme, nunca tiene la misma cualidad en cada esquina. En la ciudad histórica cada esquina tiene un valor distinto, una formalidad distinta, no es una organización puramente basada en el factor climático, del sol, etc. El movimiento moderno más ortodoxo, resuelve bien uno de los requerimientos, pero hay que ver de qué manera resuelve también otros. Creo que es compatible combinar las dos cosas. Imaginemos que tenemos los bloques perpendiculares a la calle, buscando el sol, y que estos bloques están, sin embargo, atados en la planta baja por un zócalo comercial, lo cual le da al edificio una escala de calle. No es lo mismo que el espacio entre los bloques sea un espacio sin ninguna cualidad, tipo aparcamiento, a que esté conectado con un parque trasero, con un gran parque, por ejemplo, cuyos dedos se van incorporando, como el guante a la mano, en relación a los bloques. El sustrato bioclimático es el más esencial, pero tiene que modelarse, transformarse, a su vez, según los significados urbanos de cada sitio. Esto es lo que, desde que el mundo es mundo, han hecho los buenos urbanistas, incluso sin ser conscientes, cuando se han encontrado con la topografía. Por ejemplo, romanos y españoles exportaban modelos de cuadrícula en América Latina, en las ciudades de fundación o campamentos romanos, pero cuando se encontraban un obstáculo natural, este modificaba la cuadrícula, a la cual se adaptaba. Ese obstáculo podía ser un río, una colina, etc., y aportaba una cualidad distinta. Otro ejemplo: San Francisco no es una cuadrícula sórdida. La topografía le da una tercera dimensión y una cualidad interesante a la cuadrícula. Manhattan tampoco es la pura cuadrícula de una isla, pues tuvieron la inteligencia y la sensibilidad de mantener Broadway. Y de pronto salen muchas esquinas. Cada una de esas esquinas es un acontecimiento.
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Leandro Medrano+Manoel Doval

