El soplido es gratis | José Ramón Hernández Correa

Relojero | Fotografía: José Ramón Hernández Correa

Hay un viejo chiste en el que uno va a una relojería con un reloj que no funciona. El relojero lo abre, lo examina, le pega un enérgico soplido y se lo devuelve a su dueño, ya funcionando.

-Son cinco pesetas –le dice. (Es un viejo chiste).
-¿Cinco pesetas? ¿Por un soplido?
-No. El soplido es gratis. Las cinco pesetas son por saber dónde soplar.

Bueno, pues ahora nos pasa eso a todos nosotros, y, en general, a todo aquél que ejerza una profesión que consista en tener unos conocimientos y en saber aplicarlos a un problema concreto: Los clientes sólo están dispuestos a pagar el soplido, y no el conocimiento que se necesita para saber dónde y cómo soplar. Porque, en realidad, el conocimiento importa poco.

Estamos en una sociedad de servicios, que, básicamente, se reduce a una sociedad de sopladores. Uno no cualificado sopla con fuerza en todas partes y acaba por arreglar el reloj. Sale mucho más barato que llamar a alguien que sepa soplar, porque el desperdicio de soplidos en falso se compensa con el bajísimo precio de cada uno.

Todo esto es sólo en el caso de que la avería del reloj se arreglase soplando. Si es algo de mayor gravedad se tira el reloj y se compra otro, que sale más barato que contratar a un súper genio que ya sepa incluso más que la técnica del soplo. Los grandes creadores están en otro sitio, en una burbuja de cristal, creando los relojes que vamos a usar todos. Y aquí, en nuestro pedestre entorno, sólo hacen falta sopladores de categoría media-baja. Con eso vamos que chutamos.

Por otra parte, los arquitectos siempre hemos intentado regalar arquitectura. Siempre hemos hecho diseños más allá de lo que nos había pedido el cliente, y, por la causa de la arquitectura, hemos empleado horas y horas que no sólo no cobrábamos, sino cuyo fruto mostrábamos al cliente con la vana ilusión de convencerle, para que nos permitiera llevarlo a cabo con más trabajo, pero también con más ilusión, y siempre con mucha más dificultad de la que suponía la resolución más típica y consabida del encargo.

El maestro Alejandro de la Sota dijo que el arquitecto siempre da liebre por gato. Incluso cuando el cliente quiere gato, el verdadero trabajo del arquitecto no es ya el de producir liebre, sino el de convencer a su cliente de que sabe mejor que el gato y de que le va a salir por el mismo precio o incluso más barata.

Pero, si esta operación siempre ha entrañado dificultad, ahora se torna imposible. Todo el mundo quiere gato.

Incluso cuando se dice despectivamente que este país nuestro está llamado a ser un país de camareros, no nos referimos a los camareros que saben su oficio, que seducen, que sirven discreta y sabiamente y que asesoran con la elegancia de un cónsul. No. Nos referimos a camareros de comida rápida que meten apresuradamente el condumio en cajitas de cartulina plastificada y tiran la cocacola a chorro sobre un vaso de plástico lleno de cubitos de hielo de máquina. Por un sueldo de vergüenza y con una nula cualificación profesional. (Y si la tienen han de esconderla y disimularla. El que sepa algo más que eso, ya lo puede ir olvidando).

Esta sociedad nos arrolla ahora con su pretensión de comer gato, con la de que lo matemos a soplidos y con la de que no los cobremos. Y encima lo llamarán gastronomía.

José Ramón Hernández Correa · Doctor Arquitecto
Toledo · abril 2013

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  • El hombre que cobró 10.000 dólares por trazar una raya de tiza · ABC

    Reza el dicho popular que las abultadas facturas que suelen
    cobrar los servicios técnicos por reparar aparatos tecnológicos no son
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    http://www.abc.es/tecnologia/redes/20130415/abci-hombre-cobro-millonada-trazar-201304150921.html

  • merxe

    el problema social es que nos acabamos creyendo que el pretender algo más que un gato es algo que está dentro de la pedantería y la soberbia.

  • emcarquitectura

    Buen artículo como siempre José Ramón. Totalmente de acuerdo con todo. Te sigo desde tu blog y en twitter y siempre me parecen interesante y didáctico todo lo que escribes, así que gracias por entretenernos.

  • José Ramón Hernández

    Tienes razón, pero creo que lo que quiere decir De La Sota es que trabajamos más de lo que nos exige el cliente, y que le damos mejor producto que el que esperaba. (A menudo esa mejora la sabemos nosotros, pero no le engañamos).

  • Tomas Marin

    Dar liebre por gato no es éticametne correcto, aunque no se cobre nada por el “engaño”.