El bueno, el feo y el malo | Jorge Meijide

Clint Eastwood y Lee van Cleef con un guardia civil en la Sierra de la Demanda durante un descanso en el rodaje de El bueno, el feo y el malo, Sergio Leone, 1966.

El bueno, el feo y el malo

Thomas De Quincey, insólito pensador y escritor inglés del siglo XVIII, en su ensayo Del asesinato considerado como una de las bellas artes nos deja un famoso y agradable recordatorio que da que pensar, dice así “uno empieza por permitirse un asesinato, pronto no le dará importancia al robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente”. Si es que hay para todo, uno comienza matando y acaba por no dar los buenos días. Degradación pura…

Quincey, con su sutil y macabro humor, aúna la filosofía estética y la moral planteando por medio del relato de una sucesión de crímenes horripilantes, muy a la moda victoriana, la relación entre ambas. Subyace de fondo la conclusión de que el placer contemplativo es más estético que moral y que lo bello no ha de coincidir necesariamente con lo bueno.[1] La fascinación estética que conlleva la visión del horror, de lo feo, nos devuelve a la incómoda sensación moral sobre lo que está bien y lo que está mal. En Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary W. Shelley, joya gótica de la era victoriana, el monstruo convierte sus aparentemente bien intencionados y torpes actos en malos por su propia fealdad, su búsqueda de la pureza, o de la verdad, le lleva a un camino sin salida porque su imagen, a la vista de los que le rodean, no puede albergar bien alguno y no esperan de él otra cosa que no sea maldad, abocándole al fina a ella.

Partiendo del otro extremo estético, de lo bello, encontramos en el Banquete de Platón, a quien conviene recurrir de vez en cuando por aquello de ir al origen de las cosas, lo siguiente “la belleza es el esplendor de la verdad”. Belleza y verdad, y por extensión la justicia, son términos equiparables para los griegos, que en la búsqueda de la verdad de las cosas hallan en la belleza el camino. No debemos olvidarnos tampoco, hablando de la estética de lo bello al Hegel del tratado Estética, en el que asocia la belleza a la idea de lo bello, y continúa “…si decimos que la belleza es la idea, es porque belleza y verdad son idénticas”. Belleza y verdad parecen ir de la mano, de lo que entonces deducimos que lo feo es falso…

La fascinación estética, ya sea a través de lo feo o de lo bello, busca encontrar la verdad de las cosas, su verdad cruda y última y hace replantearse el camino moral para conseguirla. Mies halló en Santo Tomás de Aquino su búsqueda de la verdad de las cosas y la “redujo” constructiva y estructuralmente hasta hallar la expresión mínima, o básica, de las mismas, al igual que hizo con el espacio. Encontró la belleza de la arquitectura a través de la verdad. Más adelante llegaron otros y la banalizaron, la comercializaron y hasta la convirtieron en moda perseguida por los suplementos dominicales. Como antes dije, degradación pura…

La persecución de lo bello, y bellezas hay muchas pero verdades pocas, consume más tiempo del que debería en algunas labores arquitectónicas actuales, y aún consiguiéndola, aparentemente, la deja vacía en su interior, en su ser, quedando pues sin verdad. No puedo evitar pensar que son ocasiones perdidas. Pero no siendo la arquitectura la única actividad sufridora de tal mal, si es la más permanente y visible y por ello debería ser la más responsable de la calidad que ofrece, o debería decir cualidad. En cualquier caso la responsabilidad va en cada uno.

Ya no tendemos a asociar belleza y verdad y ya no hay canon de belleza patrón con el que contrastar nuestras creaciones, como ese metro de platino e iridio que tienen en París, la Ville Lumière, más luz… a lo mejor no hace falta y seguro que no hace falta, pero eso no significa que no se deba buscar alguna que otra verdad y encontrar en ella lo que nos hace falta. Hay que elegir el camino a seguir.

Quizás por asociación de ideas entre lo que está bien y lo que está mal, o sobre los caminos para conseguir ambos (pues ha de haber gente para todo), me acuerdo ahora de El malvado Carabel, novela del coruñés Wenceslao Fernández Flórez llevada al cine por un inmenso Fernando Fernán Gómez en estado de gracia, que la dirigió y protagonizó en 1956; Amaro Carabel, harto de ver como su vida de honestidad y bondad no le lleva a ningún sitio de provecho decide armarse de valor para hacerse malvado y dedicarse al crimen, pensando que así podrá al fin alcanzar sus sueños. Pero el camino del malo no es el que pensaba y, al contrario de lo que le ocurría al Frankenstein de Shelley, sus actos abocan siempre a un final frustrante para sus intenciones criminales y acaba por hacer más bien que mal. También los hay que empeñándose en hacer mal las cosas lo consiguen. Más degradación…

Desde Carabel hasta Mies, pasando por Platón y Hegel, Santo Tomás y Frankenstein y el bueno de Quincey (todo vía Paris), llegamos a la conclusión de que los caminos del Señor son inescrutables y quizás, solo quizás, pensamos con Machado que el camino se hace al andar, pero también es cierto que se dice que el hombre es el único animal que tropieza dos ves en la misma piedra. El arquitecto hasta tres…

jorge meijide . arquitecto
a coruña. febrero de 2013

Notas:
[1] Del asesinato considerado como una de las bellas artes, Thomas de Quincey, Ed. Valdemar, 2004.

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