El fenómeno cultural de la ‘customización’, el apropiarse de las cosas o “personalizarlas”, ha sido objeto de estudio durante muchos años. Lo vemos diariamente en objetos que transformamos y reciclamos, entre eficiencia y estética. Si lo extrapolamos al mundo de la arquitectura esta idea resulta aún más interesante, aunque de intensidad variable: del papel tapiz al piso extra pasando por diversos grados de apropiación. El planteamiento de la arquitectura moderna, como el de un espacio universal a principios del siglo 20 y de manera aún mas común en los años cincuenta en viviendas de Creig Elwood o Richard Neutra entre otros, se transforma hoy en día en la idea de un espacio neutral, vacío, listo para ser llenado. Hay también ejemplos curiosos como la casa electrodoméstica y la Villa Put-away de Peter y Alison Smithson.
En la primera, arquitectura y enseres son uno mismo, llevando al extremo la idea de que tan sólo estamos de paso por los espacios. Ideas como la comodidad son llevadas al extremo en la creciente publicidad de autos y electrodomésticos. De la arquitectura industrializada de aquellos espacios “había que extraer la estética concreta relacionada con la técnica de la prefabricación. Ha llegado el momento para que arquitectos y fabricantes aborden el problema desde el extremo opuesto de la escala y hagan que el edificio emane de hábitats vivos y de las necesidades de quienes los ocupan”, evitando así cualquier tipo de ocupación y por ende de modificación. En la segunda, algunos años más tarde y casi en oposición, la casa almacén, donde todos colectamos, y que da por resultado la necesidad de un depósito, que debe ocupar una tercera parte de la vivienda: el lugar de los objetos que-no-se-usan-ahora-y-que-quizás-nunca-se-vuelvan-a-usar. En última instancia, se trata sobre la domesticación de los espacios.
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Juan Carlos Tello

